domingo, 1 de marzo de 2009

Criterio limpio




Las vi ambas en enero de 1998. Las dos eran producciones de 1997. Una era la película más taquillera en todo el mundo en ese momento; la otra, quizá, la menos. Una representaba, sin ambages, los valores de Hollywood (comercialidad, simplicidad narrativa, etc.); la otra, era una película experimental, dura y radical (aburrida, dirían muchos). Durante la proyección de la primera, la sala estaba abarrotada; durante la de la segunda, había seis o siete personas, todas con gafas —incluido yo—, alguno con bufanda y la mayor parte con algún libro en las manos. Una la había dirigido un canadiense autor de algunos de los éxitos más sonados de los últimos veinte años; la otra, un catalán tímido y silencioso con sólo dos títulos minoritarios a sus espaldas en trece años. Una se titulaba Titanic (James Cameron); la otra, Tren de sombras (José Luis Guerin).

Recuerdo haber oído a Fernando Savater que estando reunido en París, si no recuerdo mal, con filósofos de diversos países, y mientras trataban y analizaban temas "serios" y "trascendentes", él dijo, no sé si en un ínterin o en un receso, que le gustaba mucho Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). Parece ser que se hizo un silencio incómodo entre aquellos pensadores, hasta que uno —ignoro quién— habló para decir que a él también. Aunque no puedo asegurar que esto no sea producto de mi imaginación (don Fernando debería corregirme), creo que en ese momento se abrió la veda y de la boca de estas personas cultivadas —como si durante años hubieran estado reprimidos y vomitasen de golpe todo lo cohibido por aquella autorrepresión— empezaron a brotar títulos tabú en cualquier congreso de sabios.

Pues, sí. A mí me gustaron —y me gustan— Titanic y Tren de sombras. "¿Cómo te puede gustar Titanic? Es un basura", me decían mis amigos intelectuales sin haberla visto, claro está. ¿Cómo se van a dignar a ver una basura? No vaya a ser que abran el cubo y que descubran que está vacío. (Aunque, ahora que lo pienso, nunca lo admitirían. Ya se ocuparían de llenarlo ellos a posteriori.) "No te pega", me decían —y saco esto a colación en concomitancia con lo de Savater— amigos y conocidos menos intelectuales. Reconozco que incluso a mí —podrido, como tantos, de prejuicios contra los que intento luchar— me causaba cierto recelo. Rodeado de admiradores de Tarkovski, Wim Wenders, Eric Rohmer, Woody Allen o quien sea, decir que Titanic te gusta (no sólo eso; incluso que es una película excelente y que James Cameron, al menos en esta ocasión, es un digno heredero de la tradición que representan, por ejemplo, ¡sacrilegio!, Raoul Walsh o Michael Curtiz) te produce cierta vergüenza, en mi caso difícil de disimular, pues soy muy tímido y los colores se me suben rápidamente.

Pero ¿por qué cuesta tanto defender lo mayoritario, siquiera muy de vez en cuando? Sí que es evidente que defender lo que fue mayoritario hace cincuenta años no está tan mal visto. La pátina del tiempo juega a favor del prestigio al que sumarse en el presente, entre otras cosas, claro, porque lo antaño mayoritario no suele serlo hoy o, al menos, no está tan presente como el éxito de actualidad (más en esta sociedad en que la "rabiosa" actualidad lo es todo). Así que si ensalzas una obra "comercial" en un círculo "superior" te miran como a enajenado, lo cual no deja de tener bastante gracia cuando ellos sí que viven en un enajenamiento colectivo de un autismo feroz que hace de sus opiniones sentencias pedantes alejadas de la realidad que, presuntamente, analizan desde su pedestal. Ya decía Ernesto Sábato, con elocuente simplicidad (a veces tan necesaria), que un libro puede vender cientos de miles de ejemplares y ser muy bueno y otro, vender cien y ser muy malo. (Y viceversa.)

No excluye lo anteriormente expuesto la crítica de la actual tendencia destructiva del cine de Hollywood (los efectos especiales están haciendo un daño irreparable al cine) o de la pérdida a marchas forzadas de creatividad literaria que sacude al best seller. Pero sí creo que es bueno hacer hincapié en que una obra no es mala por gustar a mucha gente, por mucho que duela a ciertos gurús del buen gusto.

2 comentarios:

  1. No puedo estar más de acuerdo con tu postura. Hace un par de años, un amigo me dijo, y él por entonces tendría 32 tacos, que durante todos los jueves desde su adolescencia había acudido al cine a ver las obras recomendadas por no me acuerdo qué revista intelectual(oide), películas que en muchas ocasiones no sólo le aburrían soberanamente, sino que además no le transmitían nada, pero que él se veía obligado a halagar a la salida de la sala, y con él todos sus amigos, debido a que la revista en cuestión áfirmaba que era excelente...es sin duda un caso extremo de enajenación, pero hay algo de cierto en todo esto.

    Del post hay algo que no comparto del todo, o más bien que matizaría, es esta frase: "Pero ¿por qué cuesta tanto defender lo mayoritario, siquiera muy de vez en cuando?". Yo creo que lo que cuesta defender, siempre, es lo minoritario. Lo que pasa es que "mayoría" y "minoría" son cosas que dependen del contexto. Si te mueves en un ambiente "de gafas, libros y bufandas", entonces la mayoría es una cosa, y decir que te gusta Titanic es anatema; si te mueves en un ambiente "más habitual", entonces la mayoría es otra cosa, y no pasa nada por decir que te gusta Titanic.
    Pero es cierto que el criterio intelectual, incluso dentro de un "contexto habitual", está bien visto, tiene un toque de exoterismo, rareza y altura estética...Es decir, que para un intelectual lo que se vende es basura, pero para un no-intelectual lo intelectual - que jamás ha visto, oído o leído - es elevado y superior...La cosa es un poco asimétrica...¿no?

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  2. Estooo, quería decir "esoterismo" (seguro que los intelectuales ya estarían afilando sus puñales...)

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