viernes, 27 de marzo de 2009

Paranoid y Master Of Reality

Aunque suscribamos que sólo se puede confiar en los seis primeros álbumes de Black Sabbath, hiperbólica, pero comprensible, afirmación de Henry Rollins, la cumbre de la obra del grupo inglés la conforman los dos discos que publicaron, respectivamente, en 1970 y 1971: Paranoid y Master Of Reality. Los riffs pesados, densos y oscuros de War Pigs, Iron Man, Sweet Leaf o Into The Void, los pequeños cortes instrumentales o maravillas psicodélicas como Solitude o Planet Caravan (en mi opinión, el más bello tema que jamás grabaron) constituyen el sonido definitivo de Black Sabbath, legado del que han mamado cientos de grupos metálicos y de otros muchos estilos. Tanto Paranoid como Master Of Reality fueron producidos por Rodger Bain (que ya no estaría en Vol. 4), dando forma a ese rock and roll teatral —banda sonora de una hipotética película de terror o ciencia-ficción— lleno de magos, demonios y políticos corruptos; la parafernalia propia del grupo. Un sonido único e intransferible, muestra de un esplendor que ni Ozzy Osbourne ni Black Sabbath sin él conocerían.

domingo, 22 de marzo de 2009

Red Clay y Straight Life



Si en el año 1970, Freddie Hubbard no hubiese grabado para CTI los espléndidos Red Clay y Straight Life, su figura dentro de la historia del jazz habría tenido exactamente la misma importancia, pues su trompeta había sonado ya en el Free Jazz, de Ornette Coleman; Out To Lunch, de Eric Dolphy; Ascension, de John Coltrane; e East Broadway Ran Down, de Sonny Rollins. Es decir las más radicales, revolucionarias e innovadoras obras del jazz de los años sesenta, con la excepción de las grabaciones de Miles Davis.

Grabado el primero (Red Clay) con un quinteto en enero de 1970, el hard bop clásico va de la mano del funk de la época para lograr una vibrante y absorbente combinación. Repite fórmula y sello Freddie Hubbard en noviembre del mismo año, aunque esta vez añada dos percusionistas y la guitarra de George Benson al quinteto original, que se mantiene incólume salvo la sustitución de Lenny White por Jack DeJohnette a las baquetas. El resultado, Straight Life, se mantiene, sin duda, a la altura de su predecesor.

Dentro del conjunto de gran belleza que constituyen ambos álbumes destacan el mano a mano que mantienen Hubbard y Benson en Here's That Rainy Day, la balada que cierra Straight Life; el enorme saxo de Joe Henderson en el tema que da título a este disco; y el piano de Herbie Hancock en la soberbia pieza que también da título y abre Red Clay.

jueves, 12 de marzo de 2009

Never Mind The Bollocks

"En 1972, y no 1975 o el 1977, el punk irrumpe en el Reino Unido. Ese año tienen lugar allí el concierto que los New York Dolls protagonizan en el Wembley Arena y la grabación del tercer álbum de los de los Stooges", afirma Jaime Gonzalo en su espléndida, y recién publicada, biografía sobre el grupo de Iggy Pop. No resta dicha afirmación validez al movimiento musical que arrasó con todo en la Gran Bretaña de 1977, pero sí deja claro que Damned, Clash o Sex Pistols no surgen de la nada. Incluso Dictators y Ramones ya dan cera punk en Nueva York para ser esa especie de eslabón (o correa de transmisión) entre Muñecas y Chiflados y la metralla británica.

Ataque frontal al rock sinfónico y al heavy rock de excesivo virtuosismo (en lo musical) y al sistema capitalista (en lo político), la incidencia del movimiento punk, a treinta años vista, es clave en el posterior devenir del rock and roll, pero más débil parece su influencia en otros campos. Sí cabe decir a su favor que los discos que produjo siguen sonando a gloria bendita, tan frescos y cercanos como las mejores grabaciones de Chuck Berry o Little Richard. Porque hacia allí es adonde apuntaban, hacia la recuperación de la pureza y sencillez del primitivo rock and roll, más que hacia la (hipotética) debilitación de la Europa del bienestar.

Never Mind The Bollocks ha quedado como la más significativa y representativa obra de aquel movimiento, más allá de la manipulación publicitaria que de los Sex Pistols hicera Malcolm McLaren. Versión nihilista del punk, frente a la fuertemente politizada y comprometida de los Clash, el clásico por antonomasia de esta música es un tratado de malas maneras y agresividad condensadas en doce temas que rondan los tres minutos cada uno de ellos. Ataques a todo dios y mala baba por doquier parecen camuflar un disco extraordinario en lo musical, rock and roll de primer orden que suena como una unidad compacta (con una producción de Chris Thomas no demasiado punk, por cierto), difícil de dividir, pero de la que me gustaría destacar No Feelings, God Save The Queen y Pretty Vacant, tres gemas inmortales que representan a la perfección lo que fue un época, para bien o para mal, imposible de repetir.

Poco más tendrían ya que decir los Sex Pistols en lo estrictamente musical. Eran un producto, y como tal producto murieron; no es óbice ello para hacerse eco una y mil veces de la magnificencia de un álbum por el que no parecen pasar los años y que seguirá llevando a jóvenes en todo el mundo a empuñar una guitarra eléctrica para expresar con sencillez y sin pretensiones y pelos en la lengua aquello que tengan que expresar.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Live Killers

Ahora que se cumplen treinta años de su publicación, merece la pena echar la vista atrás para recordar el doble disco en directo publicado por Queen, Live Killers, recopilatorio de una época que aquí se daba por cerrada. La anfetamínica versión de We Will Rock You que abre el álbum es el latigazo de salida a una carrera llena de energía y entrega (la misma que puede desprender el espléndido, y también doble, directo de UFO Strangers In The Night, asimismo publicado en 1979), con un Brian May sonando a gloria en cortes como Now I'm Here, Keep Yourself Alive, Tie Your Mother Down o Sheer Heart Attack. Son Queen registrados en su mejor momento, momento previo a la degenaración en la que entraría su rock operístico y que les llevaría a grabar títulos tan mediocres como A Kind Of Magic o Innuendo antes de la muerte del carismático Freddie Mercury.

domingo, 1 de marzo de 2009

Criterio limpio




Las vi ambas en enero de 1998. Las dos eran producciones de 1997. Una era la película más taquillera en todo el mundo en ese momento; la otra, quizá, la menos. Una representaba, sin ambages, los valores de Hollywood (comercialidad, simplicidad narrativa, etc.); la otra, era una película experimental, dura y radical (aburrida, dirían muchos). Durante la proyección de la primera, la sala estaba abarrotada; durante la de la segunda, había seis o siete personas, todas con gafas —incluido yo—, alguno con bufanda y la mayor parte con algún libro en las manos. Una la había dirigido un canadiense autor de algunos de los éxitos más sonados de los últimos veinte años; la otra, un catalán tímido y silencioso con sólo dos títulos minoritarios a sus espaldas en trece años. Una se titulaba Titanic (James Cameron); la otra, Tren de sombras (José Luis Guerin).

Recuerdo haber oído a Fernando Savater que estando reunido en París, si no recuerdo mal, con filósofos de diversos países, y mientras trataban y analizaban temas "serios" y "trascendentes", él dijo, no sé si en un ínterin o en un receso, que le gustaba mucho Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). Parece ser que se hizo un silencio incómodo entre aquellos pensadores, hasta que uno —ignoro quién— habló para decir que a él también. Aunque no puedo asegurar que esto no sea producto de mi imaginación (don Fernando debería corregirme), creo que en ese momento se abrió la veda y de la boca de estas personas cultivadas —como si durante años hubieran estado reprimidos y vomitasen de golpe todo lo cohibido por aquella autorrepresión— empezaron a brotar títulos tabú en cualquier congreso de sabios.

Pues, sí. A mí me gustaron —y me gustan— Titanic y Tren de sombras. "¿Cómo te puede gustar Titanic? Es un basura", me decían mis amigos intelectuales sin haberla visto, claro está. ¿Cómo se van a dignar a ver una basura? No vaya a ser que abran el cubo y que descubran que está vacío. (Aunque, ahora que lo pienso, nunca lo admitirían. Ya se ocuparían de llenarlo ellos a posteriori.) "No te pega", me decían —y saco esto a colación en concomitancia con lo de Savater— amigos y conocidos menos intelectuales. Reconozco que incluso a mí —podrido, como tantos, de prejuicios contra los que intento luchar— me causaba cierto recelo. Rodeado de admiradores de Tarkovski, Wim Wenders, Eric Rohmer, Woody Allen o quien sea, decir que Titanic te gusta (no sólo eso; incluso que es una película excelente y que James Cameron, al menos en esta ocasión, es un digno heredero de la tradición que representan, por ejemplo, ¡sacrilegio!, Raoul Walsh o Michael Curtiz) te produce cierta vergüenza, en mi caso difícil de disimular, pues soy muy tímido y los colores se me suben rápidamente.

Pero ¿por qué cuesta tanto defender lo mayoritario, siquiera muy de vez en cuando? Sí que es evidente que defender lo que fue mayoritario hace cincuenta años no está tan mal visto. La pátina del tiempo juega a favor del prestigio al que sumarse en el presente, entre otras cosas, claro, porque lo antaño mayoritario no suele serlo hoy o, al menos, no está tan presente como el éxito de actualidad (más en esta sociedad en que la "rabiosa" actualidad lo es todo). Así que si ensalzas una obra "comercial" en un círculo "superior" te miran como a enajenado, lo cual no deja de tener bastante gracia cuando ellos sí que viven en un enajenamiento colectivo de un autismo feroz que hace de sus opiniones sentencias pedantes alejadas de la realidad que, presuntamente, analizan desde su pedestal. Ya decía Ernesto Sábato, con elocuente simplicidad (a veces tan necesaria), que un libro puede vender cientos de miles de ejemplares y ser muy bueno y otro, vender cien y ser muy malo. (Y viceversa.)

No excluye lo anteriormente expuesto la crítica de la actual tendencia destructiva del cine de Hollywood (los efectos especiales están haciendo un daño irreparable al cine) o de la pérdida a marchas forzadas de creatividad literaria que sacude al best seller. Pero sí creo que es bueno hacer hincapié en que una obra no es mala por gustar a mucha gente, por mucho que duela a ciertos gurús del buen gusto.