lunes, 22 de mayo de 2017

Shakin' Street


Un grupo llamado como una canción de MC5… Un disco producido por Sandy Pearlman… Una guitarra solista tocada por Ross The Boss… Así es; el segundo y homónimo elepé de Shakin' Street —publicado en 1980— puede hace salivar, así de entrada, a cualquier amante del high energy, el hard rock y el punk, aunque sepa que encontrar algo a la altura de los autores de High Time, Blue Öyster Cult, los Dictators o los Clash vaya a ser altamente improbable, por no decir que imposible.


Grabado en Estados Unidos, concretamente en los estudios Automatt de San Francisco, Shakin' Street —asimismo conocido como Solid As A Rock— es un buen disco de la banda encabezada por Fabienne Shine, si bien queda lejos —termina aquí el cruel cotejo— de obras maestras como Tyranny And Mutation, Bloodbrothers o Give 'Em Enough Rope. Ancladas en los estilos citados más arriba, las canciones no escapan de los tics metálicos de la época, ya sean ciertos modismos halfordianos de Shine, algún que otro riff o el sonido buscado por su productor. Sin embargo, No Compromise, Solid As A Rock y No Time To Loose (relectura del tema aparecido en Vampire Rock) —pegadizo tridente que abre el elepé— evidencian que los franceses eran a la sazón un quinteto de rock and roll con todos los calificativos que le queramos poner, pero rock and roll. Soul Dealer bien podría ser el cruce definitivo entre Judas Priest (hablando de Rob Halford) y Blondie, mientras que Susie Wong se acerca al grupo neoyorquino y el power pop mediante un tema de delicioso, irresistible estribillo que recreano me quiero equivocaral personaje imaginado por Richard Mason y filmado por Richard Quine. En Every Man, Every Woman Is A Star y Generation X la balanza se inclina hacia el heavy metal, destacando en la segunda de ellas las potentes notas solistas de quien en breve iba a formar Manowar con Joey DeMaio. So Fine es un corte pachanguero y vulgar cuyo sintetizador me trae a la cabeza ese engendro de Dire Straits titulado Walk Of Life. Alarde de rock duro discotequero (que también flirtea con los creadores de Heart Of Glass), I Want To Box You pone fin al álbum con el más largo de sus cortes, en el que por encima de su cadencia bailable brillan lo solos que nos regala Ross The Boss: magníficos.


El año siguiente —1981— sería testigo del fin de Shakin' Street, que ya no volvería a reunirse hasta el siglo XXI. Quedan como pruebas de su actividad su debut (el mencionado Vampire Rock) y su segundo plástico, aquí hoy comentado. Que no cambiaron el rumbo del rock es evidente, que son trabajos estimables también lo es. Escuchen este Shakin' Street al que hemos dedicado unas líneas y seguramente nos darán la razón.

jueves, 18 de mayo de 2017

Dos


De las múltiples ramificaciones (o mutaciones) del stoner rock y Kyuss nacidas en Palm Desert, Caliornia, Orquesta Del Desierto fue una de las más efímeras y curiosas. Su existencia se limitó a los primeros años de siglo y su producción a dos discos, uno homónimo y otro llamado Dos, el que hoy nos interesa. Publicado en 2003, el segundo y último álbum de esta agrupación desértica de fundamento psicodélico-acústico contiene nueve canciones de magnífica factura y de sonido potente ajeno a cualquier tipo de afectación. Sobrevuela el álbum el carácter esotérico, mágico y litúrgico siempre ligado al desierto. Es así que sugieren sus composiciones imágenes de espacios abiertos (Above The Big Wide, Someday, Over Here); evanescentes y sentidas esperanzas estivales (Summer); o rituales folk rock aprendidos de Love, Led Zeppelin y Jeff Buckley (Life Without Color, Quick To Disperse, Sleeping The Dream); aunque no se haga ascos al rock and roll más festivo de aroma a honky tonk (What In The World) o al más oscuro y grunge (El diablo un patrono). En resumen, un manjar variado y muy rico de una banda difícil de encuadrar. A destacar, si acaso, la tarea de Pete Stahl y su cuerdas vocales y los enriquecedores arreglos, cuando tocan, de piano, órgano, saxo y trompeta. Todo ello parte de un conjunto notable: la de un redondo titulado Dos, bastante olvidado y que me ha parecido interesante recuperar.

lunes, 15 de mayo de 2017

Fire And Water


Más que un aumento de la calidad lo que hubo fue un aumento de las ventas. Fire And Water, tercer elepé de Free de 1970, iba a encumbrar al grupo londinense gracias al éxito de All Right Now, single radiado una y mil veces que ha quedado como canción fetiche de los autores de Tons Of Sobs. El rock de cadencia lenta de Free, a veces blues, a veces hard, a veces soul, sigue desarrollándose sobrio y admirable en los siete cortes del disco hasta desembocar en el mencionado All Right Now, no necesariamente el mejor de ellos, pero desde luego el más pegadizo, funky y bailable del lote. La guitarra de Paul Kossoff, el bajo (y piano) de Andy Fraser y la batería de Simon Kirke tocan acordes, notas y ritmos sencillos y diáfanos para escenificar unas composiciones magníficas que la voz de Paul Rodgers convierte en únicas. La música se edifica austera en su forma, aunque de dicha austeridad nazcan emociones enormes; sobre la frugalidad y la contención del gesto estético del cuarteto —nada sobra o es forzado, ningún instrumento busca el exceso crece una complejidad artística indiscutible y sello definitivo de Free. El último de sus temas dio fama universal al álbum y a la banda británica, pero sin los que lo preceden y completan, Fire And Water no sería el excelente trabajo que es, ni sin su discografía íntegra Free sería el grupo indispensable que fue. Atado a una época y un estilo concreto, sí, mas poseedor de un sonido y una clase que le da una personalidad evidente. En su tercera referencia, en todo su esplendor.

jueves, 11 de mayo de 2017

!!Destroy-Oh-Boy!!


Cuando uno escucha el incendiario debut de los New Bomb Turks —!!Destroy-Oh-Boy!! (1993)—, y tras haber asimilado la bofetada sonora que hemos recibido, salen a la palestra nombres clásicos del hardcore y el punk (y similares) como Circle Jerks, Black Flag, Dead Boys, Damned, Ramones, Motörhead o Cramps. Obviamente son muchas más las bandas que podríamos mencionar (incluida Wire, de la que se versiona Mr. Suit), pero parecen suficientes las citadas para que el hipotético lector desconocedor del grupo norteamericano se haga una idea de lo que le espera bajo el destructivo título y la inefable foto —¡¿quién coño es el quinto elemento situado a la derecha y que mira a la cámara apoyado en la pared?!de la contraportada del elepé. Punk y hardcore de primera categoría servidos en catorce canciones avasalladoras que se imponen al oyente y le arrastran mediante riffs impecables y asesinos, bases rítmicas hiperbólicas y, en el terreno lírico, humor negro, nihilismo rabioso e individualismo feroz. Veloz, implacable y fulminante, !!Destroy-Oh-Boy!! se ha convertido en una obra maestra de su género, infinitamente superior —por sonido, por composiciones, por actitud— a otros trabajos de punk rock que coparon las listas en los años noventa, y comienzo de una carrera sobresaliente a equiparar —cronológica y cualitativamente— en Estados Unidos con Zeke y en Europa con Nuevo Catecismo Católico y Turbonegro, aunque la energía fervorosa del primer álbum de los New Bomb Turks sea difícil de igualar. Un consejo: no lo pinchen delante de personas excesivamente sensibles, no vaya a ser que se desmayen y tengan que llevarlas al hospital.

lunes, 8 de mayo de 2017

Beck-Ola


Si excepcional había sido el primer disco del Jeff Beck Group —Truth—, no menos espléndido iba a ser su segundo elepé, último con Rod Stewart y Ron Wood a bordo (los Faces esperaban a la vuelta de la esquina). A su vez, Tony Newman se hacía con las baquetas de Mick Waller y Nicky Hopkins ampliaba el grupo a quinteto. El resultado de lo grabado por aquella formación en abril de 1969 es un álbum de rock aún más pesado que su antecesor, padre del heavy metal —heavy metal directamente si hablamos de Plynth (Water Down The Drain)— al dar otra vuelta de tuerca al endurecimiento del blues que Jimi Hendrix, Cream, Blue Cheer, Led Zeppelin o el propio Jeff Beck Group están y vienen proponiendo. Prefigurando las técnicas que Eddie Van Halen o Randy Rhoads implementarán a finales de los setenta y principios de los ochenta, Jeff Beck fuerza digitación y distorsión en cuatro cortes escritos por su banda y dos versiones de clásicos de Elvis (All Shook Up y Jailhouse Rock) transformados para ajustarse al sonido que domina el plástico. Pero no solo la guitarra de Beck es responsable del mismo, claro, y la base rítmica que conforman Newman y Wood, la voz de Stewart y las teclas de Hopkins navegan en la dirección conveniente para que el cemento compositivo se convierta en fragua hard rocker de primer y agresivo orden. Rice Pudding pone fin extenso e instrumental a la función, corroborando y agrandando el festín que le ha precedido durante cerca de siete minutos y medio que cuentan con un considerable y bellísimo interludio protagonizado principalmente por un Hopkins muy imaginativo. El mismo Hopkins que ha compuesto Girl From Mill Valley, tema igualmente instrumental que funciona como bucólica excepción y completa los siete que contiene Beck-Ola, habiéndolo nosotros omitido ex profeso para servirnos de sus notas como cierre de este texto. El dedicado a un elepé adelantado a su tiempo que sigue reventando tímpanos en sus fragmentos, que son la mayoría, más aguerridos.

 

viernes, 5 de mayo de 2017

Flock, Colibri, Oil


Hoy es un clásico del rock español (en el ámbito underground si se quiere), pero en su momento Hunted By The Snake lo escucharon cuatro gatos. Cancer Moon creaba tensión ahí por donde pasaba, su música —hija de los Stooges, la Velvet y sus epígonos— no era fácil ni se rendía al dictado de las modas, y además las letras eran en inglés. Lógico entonces que su primer elepé fuera una fracaso comercial inversamente proporcional a la belleza prensada en sus surcos. Siendo esto así, Flock, Colibri, Oil iba a insistir en la fórmula de su predecesor, pues Josetxo Anitua y Jon Zamarripa no eran de los que se bajaban del burro a cambio de unas miles de copias de discos. El segundo trabajo del grupo vasco veía la luz en 1992 de la mano de Munster —mano a la que tanto debemos—, y venía a confirmar la excelencia del debut gracias a unos temas contundentes a la vez que misteriosos y arrogantes. Eliminado inevitablemente el factor sorpresa quedaban los de la calidad, la exigencia y la determinación; es decir, los más importantes. Las guitarras abonadas al wah-wah de Zamarripaespléndidas en cortes como Ink, Have You Seen It? o White Sky; absolutamente subyugantes en el más largo de todos, Stocks, la voz insondable de Anitua, el bajo de Álvaro Irizar y la batería de Arturo García ponen en escena las sobresalientes canciones escritas por los dos primeros, tratados de high energy, psicodelia o punk que lo mismo remiten a clásicos como MC5, Dictators o Bo Diddley que a contemporáneos (o cercanos en el tiempo) tales que Jane's Addiction, Jesus And Mary Chain o Screaming Trees. La melodías ideadas por Zamarripa exudan lirismo hipnótico, mareas de acordes y sonidos eléctricos serigrafiados por su guitarra, confirmados y agrandados por las letras y las cuerdas vocales de Anitua y completados por la base rítmica. La edición en CD, por último, ampliaba la de vinilo con dos versiones de Suicide y Scientists, bandas asimismo cercanas al espíritu de Cancer Moon, que con Flock, Colibri, Oil no solo corroboraba su clase sino que miraba cara a cara a Nirvana, Pixies o Teenage Fanclub, nombres sagrados del rock alternativo cuyos seguidores poco o nada sabían a la sazón, ni saben ahora, de un grupo vizcaíno que fabricó algunos de los mejores discos de los años noventa. Ellos se lo pierden. 


 

martes, 2 de mayo de 2017

Dirty Sanchez


Antes de añadir el heavy metal a sus influencias y grabar el inmortal Death Alley —uno de los mejores discos de rock and roll del siglo XXI—, Zeke daba la misma cera con idénticas violencia, brevedad y rapidez. Dirty Sanchez, el plástico inmediatamente anterior, publicado en 2000, es una muestra perfecta del arte histriónico del grupo de Seattle, punk y hardcore lanzado contra el oyente con la intención de noquearle. Títulos memorables para canciones exactas y asesinas —dieciséis en poco más de veintiún minutos— que a un servidor le llenan de vida y optimismo, a pesar de que su enunciado no lo parezca: Let's Get Drugs, Rip & Destroy, Now You Die, Out Of Love, I Don't Give A Fuck, Fucked Up City… Un tema dedicado a los Murder City Devils (Liar), otro a los Dwarves (Razorblade) y uno inspirado en H.P. Lovecraft (Horror At Red Hook) amplían las pistas de lo que encontramos en el álbum, pero no nos preparan para la impresionante versión de Rhiannon que —oculta en su contraportada— lo cierra. El soft rock de Fleetwood Mac es convertido en tres minutos al límite de distorsión e intensidad que transforman tajantemente el original de Stevie Nicks y doblan o triplican en duración a la mayoa de los temas de Dirty Sanchez. Culminación sorprendente, pues, de un trabajo ejemplar —como si el John Coltrane de Om tocara el Never Mind The Bollocks— que el cuarteto iba a ser capaz de superar con su siguiente referencia, el ya mencionado Death Alley. Un milagro.