miércoles, 17 de octubre de 2018

Yo no quiero matar a nadie (en la España franquista)


Luis García Berlanga ya había ironizado sobre la España cateta y atrasada en la que le había tocado vivir al rodar títulos como Bienvenido, Mister Marshall (1953) o Los jueves, milagro (1957), pero Plácido (1961) y El verdugo (1963) convirtieron el sainete en esperpento al acentuar el humor negro de los argumentos y aumentar la sátira y el absurdo con el uso de sus famosos planos secuencia en los que se agolpan los personajes. La realidad grotesca y agobiante de un país gobernado por la ignorancia y el sectarismo fue perfectamente retratada por la técnica cinematográfica de Berlanga en dos cintas antológicas que, partiendo de guiones del director y el impagable Rafael Azcona, multiplican con su puesta en escena las posibilidades del texto escrito mientras hacen comedia del drama más profundo.


El verdugo es en mi opinión la creación más redonda del autor de Calabuch (1956), a la altura de las obras maestras de Billy Wilder o Federico Fellini, bien por su implacable estructura narrativa, la riqueza inagotable de sus imágenes o el surrealismo injertado en la realidad castiza del Madrid de entonces. La historia de un tipo que no quiere ser verdugo pero que se ve arrastrado a serlo es, al mismo tiempo, un retrato de las mezquindades e hipocresías de la sociedad española bajo la dictadura, un alegato contra la pena de muerte y una descripción universal del monigote que, al no saber defender o imponer su criterio, acaba convertido en la más vil de las personas. Constantemente, el no de José Luis (Nino Manfredi) se convierte en un sí, mezcla de debilidad y estulticia que puede ser delirante (la escena en la que va con su yerno Amadeo —Pepe Isbert— a la firma de libros de un escritor para conseguir una recomendación) o aterradora (el momento perentorio, rodado en un impresionante plano general, en que es conducido a regañadientes a ajusticiar al condenado).


Sin embargo, la brillantez absoluta de la película se debe a que ninguno de sus fragmentos tiene desperdicio. Secuencias como la de la Guardia Civil buscando a José Luis en las cuevas del Drach, donde asiste a un espectáculo musical con su mujer Carmen (Emma Penella), o la visita de estos dos en compañía de Amadeo al piso en construcción que van a adquirir, amén de las mencionadas arriba, pueden quedar especialmente grabadas en la retina del espectador, pero es en el perfecto acabado de cada una de las partes, en la coherencia de la ilación de todas ellas y en la información que tácitamente dan las elipsis que produce dicha trabazón donde reside el secreto de uno de los mejores largometrajes españoles de todos los tiempos. La fotografía de Tonino Delli Colli y el reparto que completan secundarios de lujo como José Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Lola Gaos, Chus Lampreave, Saza o Agustín González ponen la guinda a El verdugo, a la que no faltan la habitual mención al Imperio austrohúngaro de Berlanga y la pelea, no menos corriente, con la censura franquista. Censura que nada pudo con la maestría del realizador valenciano y sus colaboradores.

lunes, 15 de octubre de 2018

Black Milk


Nunca perdieron los Beasts Of Bourbon su condición de grupo paralelo y secundario, cual bote a punto de ir a la deriva en cualquier momento al que un golpe de viento afortunado o un hábil giro de timón salvan de la zozobra. A merced de bandas como los Scientists o los Johnnys, el quinteto australiano encontró a finales de los ochenta y principios de los noventa el espacio suficiente para desarrollar el grueso de su obra. Hurgando en el mismo agujero cavado por su segundo, anterior y excelente elepé Sour Mash, Black Milk (1990) es un trabajo largo y sinuoso en el que siguen vivas la marca de Tom Waits (escuchen Finger Lickin' o las consecutivas A Fate Much Worse Than Life y El Beasto) y la intención constante de la banda de retorcer blues, garage rock, gospel, country y lo que se tercie para adaptarlo a la perdición (iba a decir negatividad, pero no) de su universo lírico. Las guitarras de Kim Salmon y Spencer P. Jones gimen procaces y adictivas, pero manejan con gusto la suavidad cuando hace falta (Cool Fire, Blue Stranger o I've Let You Down Again); Tex Perkins canta como el chuloputas refinado que es o interpreta ser; y Boris Sujdovic y James Baker son (por última vez) la buena base rítmica que necesita el grupo. Alguna voz, algún piano y algún acordeón prestados completan los sonidos —miento: Jones también toca ese instrumento que cruza banjo y mandolina— que dan vida a un disco variado, brillante en todo momento y que cuando se aplica al rock con origen en Keith Richards y Lou Reed de barrica (noise) aussie da con dos clásicos como Bad Revisited y Execution Day. Completen la panorámica con una lectura salvaje del Let's Get Funky de Hound Dog Taylor y la foto del quinteto que acompaña este texto y viene como póster en la funda del álbum, y sabrán que si son ustedes amantes de la buena música y el mejor rock and roll, Black Milk les espera. Prometido.

jueves, 11 de octubre de 2018

Ragged Glory cumple diez años (12). Las palabras de Luther Blues


Cuando comencé a desandar este camino blogueril, uno de mis pasatiempos preferidos era leer lo que mi columna derecha me ofertaba (como añoro esos tiempos en que uno se hacia el tiempo para ojear lo que los colegas posteaban) a pesar de no tener muchos amigos involucrados para tal fin.

Pero una cosa llevo a la otra y fui a dar con el Ragged Glory del camarada Gonzalo.

Primero como absoluto incógnito, husmeaba lo que este tío acercaba con su sabiduría a cuestas y que se palpaba de antemano, dejando en claro que sus horas de "escucha" no fueron en vano.

Aprendía como en otros tantos lugares, lo que el rock y sus derivados tenía para ofrendar a un ajeno al ambiente pero cuando se trataba de blues y jazz me prendía fuerte, disfrutando y discrepando siempre en mi impuesta clandestinidad.

Hasta que la vena jazzística del mandamás del sitio comenzó a meterse con subestimadas obras de grandes del género como la recordada "Duke Ellington Meets Coleman Hawkins", de las que se me vienen a la memoria, o la de "My Spanish Heart" de un tal Corea. Y así, muchas que recomiendo encarecidamente si sos afín a esta bitácora que en el trascurso del año cumplirá nada más y nada menos que una década; la primera de su seguro extenso derrotero.

Vaya mis cordiales felicitaciones don Gonzalo Aróstegui Lasarte por este logro y muchas gracias por tal honorable convite.

Un abrazo desde Bs As!!!

NOTA: Luther Blues es el autor del blog 101BluesLlegar II.

lunes, 8 de octubre de 2018

Screamin' The Blues


Por su título, su sonido, sus intérpretes y su perfecto acabado, el nombre de Oliver Nelson ha quedado unido eternamente al mayestático The Blues And The Abstract Truth. Sin embargo, el polifacético músico norteamericano tiene en su haber, en solitario o colaborando con otros, como intérprete o como director y arreglista, un montón de grabaciones de interés. Screamin' The Blues está registrado un año antes de su obra maestra, el 27 de mayo de 1960, y en él Nelson lidera un sexteto dedicado a lo que su título alerta —gemir el blues— de manera espléndida. De los cinco intérpretes que acompañan al autor de Straight Ahead y sus saxos tenor y alto son sin duda los más conocidos por el aficionado el genial Eric Dolphy (clarinete bajo y saxo alto) y el baterista Roy Haynes (ambos en The Blues…), pero el contrabajista George Duvivier, el pianista Richard Wyands y el trompetista Richard Williams, los tres de contrastada carrera, tratan a sus instrumentos con similar autoridad y temperamento.


"La primera cosa que captas en el corte de apertura es la plenitud del sonido, casi como el de una big band, incluso aunque el grupo sea solo un sexteto. Éste es uno de los sellos distintivos del Nelson arreglista." Lo escribía Joe Goldberg en las notas para la reedición que New Jazz hiciera del álbum en 2006, y así es. Remasterizado por el propio Rudy Van Gelder —ingeniero de la sesión—, Screamin' The Blues tiene en la pieza que lo inicia y nombra todo lo que el resto del elepé nos va a ofrecer. Sus once minutos de blues hecho jazz suponen un viaje a Nueva Orleans, pasando por el St. Louis natal de Oliver Nelson, para recoger la tradición y regurgitarla en forma de hard bop de primerísima categoría, cuya abundancia acústica, como señala Goldberg, hace pasar por orquesta lo que es un grupo. Esta sensación se traslada a los cinco temas que, más breves y comedidos, completan el trabajo. Las improvisaciones de Nelson y Dolphy gobiernan por su calidad, aunque el tercer viento en discordia, la trompeta de Williams, enfrente el caudal de saxos y clarinete con una potencia y una claridad incontestables. Wyands, Duvivier y Haynes son la base rítmica perfecta para defender y hacer crecer lo que la otra mitad sopla por sus boquillas, consiguiendo entre unos y otros cuarenta minutos de música magnífica a la que pone fin Alto-Itis homenajeando al bebop y al swing de una sola tacada. No será el mencionado y alabado The Blues And The Abstract Truth, pero Screamin' The Blues dignifica igualmente los ancestros de los que, cual semillas en lugar de cadáveres, crecerá —infinito y exquisito— el jazz durante el siglo XX.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Financially Dissatisfied Philosophically Trying


El nivel compositivo y energético de su debut, In The Air Tonite, ponía difíciles las cosas al segundo plástico de Union Carbide Productions, pero Financially Dissatisfied Philosophically Trying (1989) iba a probar —cual martillo escandinavo en misión regeneradora— que el quinteto sueco había tomado el relevo de los Stooges con todas las consecuencias. Rock and roll extremadamente agresivo —en la senda de su predecesor— aprendido de escuchas compulsivas de Fun House, Raw Power y epígonos, y vomitado con la facilidad de quien se entrega a la causa en cuerpo y alma, aunque en las extensas Down On The Farm y Career Opportunities asome por primera vez —dramática y muy hermosa— la sensibilidad pop que el quinteto desarrollará algo más en siguientes entregas y de la que surgirá —brillando en su pureza— The Soundtrack Of Our Lives. Guitarras, bajo, batería y la voz de cazalla de Ebbot Lundberg rugen guiados por la distorsión made in Detroit, uniéndose puntualmente sitar, piano, violín y tumbadoras al discurso high energy de UCP. El elepé es excelente de arriba abajo, ya sea por la calidad de las composiciones o la intensidad de unas interpretaciones completamente dignas del grupo de Iggy Pop, sin que ello signifique copia pueril o inútil. Modelo admirado pero no anulatorio, el de los Stooges para UCP es estímulo creativo y no pereza mental, como unas cuantas escuchas de Financially Dissatisfied Philosophically Trying establecen sin duda alguna. From Influence To Ignorance y Swing permitirán que la banda siga creciendo hasta convertirse en una de las mejores de su tiempo, si bien parte de la potencia de sus dos primeros álbumes se perderá en el camino. Sea como fuere, cualquiera de los cuatro que publicó Union Carbide Productions se me antoja imprescindible y perfecto para huir de esas ñoñerías que tantas veces hacen pasar por música rock.



lunes, 1 de octubre de 2018

Les sables magiques


Aunque el arte y las matemáticas no casen bien en principio, los números pueden alertar de un cambio en la orientación de la obra de un creador. Si un director pasa de hacer películas de ochenta minutos a largometrajes de tres horas; si un pintor deja las miniaturas que realizaba y se atreve con lienzos de dos metros de alto y tres de ancho; si un escritor que publicaba novelas de cien páginas, edita una de quinientas; o sí —es nuestro caso— un grupo de rock and roll dobla la duración de su anterior disco ¡con una canción menos en su interior! no es demasiado arriesgado afirmar, antes incluso de haber catado el producto ofrecido, que nos vamos a encontrar con un giro importante en la carrera del artista en cuestión.


Así es. Tricky Woo, la banda canadiense, había noqueado en 1999 al oyente que a él se hubiera acercado con Sometimes I Cry, soberbio ejemplar de rock salvaje e inmediato que bebía de garage, high energy y hard para articular sus maneras amplificadas. Sin embargo, dos años más tarde, las doce canciones flamígeras culpables de que su receptor deflagrara se convertían en once loas al blues rock progresivo y psicodélico, siete de ellas por encima de los cinco minutos, que escenificaban una nueva forma de asumir influencias y sonidos pretéritos que no habían variado sustancialmente. Nombres como el de Cream, Jimi Hendrix, Fleetwood Mac, Led Zeppelin, Ten Years After, ZZ Top, Black Crowes u otros de galaxias comunes asaltarán al escuchador instruido en la materia, pero, aun siendo a veces obvias estas influencias (véase, verbigracia, la estupenda 6 Cats And A Podium y la música del mencionado Hendrix), no hay en el grupo de Andrew Jackson afán de imitación gratuita, sino la utilización de un legado universal e insuperable para forjar un camino particular. Es por ello que a lo largo de su hora de duración, hallamos en Les sables magiques (Tricky Woo es de Montreal) hermosas melodías, riffs y punteos regocijadores, oníricos instrumentales y magníficas percusiones que hablan de cosas hechas con pasión y personalidad, nunca rutinaria o espuriamente. A pesar de que no considero que el álbum tenga la fuerza y perfección de Sometimes I Cry, sí que me parece un trabajo muy notable que mantiene íntegra su dignidad si lo cotejamos con los discos tan espectaculares que aquel 2001 dio a conocer: Grand Fury, Readin' Between The Lines, The No. 6 Dance, Behind The Music, Make Yer Own Fun, Rodeo Tandem Beat Specter, Lions, Death Alley, Hallelujah Rock'n'rollah, Shadows On The Sun, No Mört, Speedkings, Up-Tight, Scarred For Life, Lend You A Hand, D.F.F.D., Chasin' The Onagro, The Cherry Valence o Soft Porn Engine. Lo cual no es leve argumento, además del riesgo asumido por sus hacedores, para defender Les sables magiques. Den una oportunidad al cambio.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

25 & Alive. "Boneshaker"

"En caso de que os hayáis equivocado de concierto por error, somos Motörhead." Siempre irónico y desmitificador, con estas palabras da Lemmy Kilmister el pistoletazo de salida al bestial concierto que en octubre de 2000 ofrecía el trío británico en el Brixton Academy londinense para celebrar en casa sus veinticinco años rompiendo tímpanos y alegrando vidas. Inmortalizado un año más tarde bajo el título de 25 & Alive. "Boneshaker", el DVD muestra a una banda pletórica e insuperable interpretando canciones de todas sus épocas y dejando que en alguna de ellas se suban al escenario familiares, amigos y exmiembros del grupo, invitados entre los que hay que destacar sí o sí a Brian May y Eddie Clarke. Lemmy, Phil Campbell y Mikkey Dee dan una aplastante lección de rock and roll, tres personas contra el mundo haciendo más ruido y provocando más emociones que una orquesta de cien músicos. Técnicamente impecables sin perder una gota de salvajismo por el camino de los acordes tocados con precisión, el tempo exacto y el ritmo ajustado al milímetro, los autores de Overnight Sensation corroboran aquí su capacidad hercúlea en directo (quien les ha visto sobre las tablas lo sabe), informan de la importancia de su legado histórico y se dan un merecido homenaje tras cinco lustros jugando a ser los tipos más duros del planeta. El DVD añade extras que enriquecen el producto, además de un CD con la mayoría de los temas del show, pero es en la hora y cuarenta y cinco minutos de filmación en el Brixton Academy donde está el meollo —allí donde observamos, escuchamos, sentimos, somos Motörhead— de este posavasos audiovisual que certifica para siempre la enormidad de la banda.

lunes, 24 de septiembre de 2018

We Insist! Max Roach's Freedom Now Suite


Reclamar la libertad y el respeto por sus derechos civiles es algo que los negros de Estados Unidos han venido haciendo desde que los blancos esclavistas les llevaron de África al que sería su nuevo país de manera forzada. La toma de conciencia fue gradual antes y después de que Abraham Lincoln —la alargada sombra del síndrome de Estocolmo— aboliera la horrenda lacra por la cual los seres humanos de piel oscura eran utilizados como objetos por los de piel clara, pero en el amanecer de los años sesenta del siglo XX las bases políticas y morales eran ya fortísimas y la lucha se hallaba en su apogeo. Es en este contexto que Max Roach va a grabar el sensacional We Insist!, con el explícito subtítulo de Freedom Now Suite. La música de Roach y las letras de Oscar Brown Jr. son escenificadas por un total de diez intérpretes que el 31 de agosto y el 6 de septiembre de 1960 grababan una pieza de vanguardia que probaba que el esencial baterista seguía tan atento como en los años del primer bebop.

La primera cara del elepé, dedicada a asuntos patrios y a la crítica de la represión sufrida por "toda gente oprimida de cualquier color o combinación de colores" (palabras del productor, Nat Hentoff, en referencia al tríptico que completa la primera mitad), la abre Driva' Man, en la que Abbey Lincoln canta sobre las agresiones sexuales en la época de la esclavitud. Los vientos suenan cuando Lincoln calla durante la extensa parte central, liderados por el saxo tenor de Coleman Hawkins. Freedom Day, en torno a la declaración por la cual los esclavos negros fueron emancipados en 1863, es bebop veloz comandado por las baquetas maestras de Roach y ricamente condimentado por los solos de Booker Little (trompeta), Walter Benton (saxo tenor), Julian Priester (trombón) y el propio Roach. Mencionado al principio de este párrafo, Triptych: Prayer/Protest/Peace es quizá el punto álgido del trabajo. Construido solamente por Max Roach y Abbey Lincoln, la calma de la oración y la paz es horadada por los tremendos alaridos de la vocalista que protagonizan la protesta central.

All Africa y Tears For Johannesburg son los temas que encontramos en la cara B. Los títulos son explícitos a la hora de trasladarnos al continente africano, así como lo va a ser la música. La percusión de Ray Mantilla, Tomás DuVall y Michael Olantuji es la gran protagonista del primero de los cortes, aunque las voces de Lincoln y el nigeriano Olantuji (éste en su idioma nativo) tengan también su peso específico. No abandona Tears For Johannesburg la percusión y la cadencia de All Africa, pero el elemento jazzístico entra de nuevo en juego para que, en el mismo orden que en Freedom Day, Little, Benton, Priester y Roach nos obsequien con sus magníficas improvisaciones. Un final impecable para clausurar un ejemplo perfecto de que el arte puede aliarse con la reivindicación y la proclama sin perder un ápice de belleza. O dicho con otras palabras: el buen hacer estético no tiene por qué ser enemigo de la confrontación ideológica y la toma de posición pública. Max Roach lo tenía claro al registrar We Insist!

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Ragged Glory cumple diez años (11). Las palabras de Nikochan



Gloria Desgarrada!

Podría ser cerca de medianoche, tal vez la una de la madrugada. No creo recordarlo muy bien. Sí recuerdo que comenzaba a tener frío en el patio del castillo de Frías. Seguía charlando con Jesús (nuestro querido amigo y musicólogo del Cierzo), Johnny JJ y el carismático Savoy Truffle sobre básicamente rocanrol. Acabábamos de conocernos, blogs mediante, pero nadie lo diría puesto que todo fluía bajo una atmósfera de amistad que nunca antes había sentido. La blogosfera y las locuras de Joserra Rodrigo nos habían llevado hasta la ciudad medieval de Frías para celebrar lo grande que es Tito Neil. Allí conocí a infinidad de buena gente entre ellos a la cabeza pensante de ese lugar indispensable que es el blog "Ragged Glory". En seguida noté que aquel tipo era especial. La primera vez que le vi saltaba como un loco tocando su guitarra imaginaria los riffs de "Over and Over", tarareando a pecho palomo su estribillo, arrodillándose con las gafas medio torcidas disfrutando con un tema que te marca a fuego. Pensé: ¡qué tipo más loco, qué tipo más majo! Y sí, claro que lo es. Un loco majísimo. Creo haberle conocido poco a poco, incluso antes de conocerle, y creo haber profundizado en esa extraña relación a distancia leyendo dos de sus libros: "Madrid 3" y "En los antípodas del día". Gonzalo Aróstegui te hace sentir como si le conocieses de toda la vida. Te seduce con ese acento norteño, te hace sentir cómodo. Así es también su espacio en la blogosfera. Un lugar seductor, confortable y lleno de sabiduría. Sin duda es gloria desgarrada. Su "Ragged Glory" está lleno de textos indispensables que en mi opinión superan muchas veces los textos o críticas de cualquier crítico musical. Sin dar casi concesiones a las novedades, uno siempre encuentra algo que descubrir, o en cualquier caso de redescubrir o enfrentarse de otra manera una vez leída su opinión o su enfoque particular. Un blog en el que el nivel está por las nubes y en el que en comparación me siento casi de parvulario. Todavía soy un aprendiz y siempre da gusto leer al maestro. "Ragged Glory" cumple una década y eso hay que celebrarlo, pero también hay que desear que siga otros diez años más. Al ritmo que le apetezca y hablando de lo que le venga en gana. Aquí siempre habrá un extraterrestre dispuesto a leerle, una y otra vez.

NOTA: Nikochan es el autor del blog Nikochan Island, aunque también esté detrás del Exile Subterranean Homesick Blues.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Vavoom!


Que Brian Setzer hubiera montado un grupo de trash metal al principio de los años noventa habría sorprendido a todos sus seguidores, pero que fuera una orquesta en la que el swing y el jump blues mandaran no podía extrañar a nadie. Vavoom! (2000) es el cuarto disco de la Brian Setzer Orchestra, mezcla de originales del stray cat con versiones de clásicos archifamosos (Pennsylvania 6-500, Americano, In The Mood, Mack The Knife, Caravan). Jazz y rockabilly se cruzan y yuxtaponen ostentosos, aportando trompetas, saxos y trombones la potente sazón de viento a la guitarra y la voz de Setzer y la base rítmica. Personalmente, disfruto más de las canciones de éste que de las lecturas ajenas, pues lo son de temas mil veces escuchados, aunque ver el Caravan de Tizol y Ellington convertido en algo cercano al surf instrumental gracias a la exhibición de Setzer y sus seis cuerdas no esté exento de placer. Pero vibro más con If You Can't Rock Me, Drive Like Lightning (Crash Like Thunder), That's The Kind Of Sugar Papa Likes o '49 Mercury Blues, es decir, cuando nuestro hombre se acerca al rock and roll con partituras propias en las que no faltan, asimismo, acordes y sonidos venidos de la primera mitad del siglo XX. Sea como fuere, y preferencias aparte, un buen antídoto contra el aburrimiento este Vavoom! de la Brian Setzer Orchestra. Cualquier día de la semana y en cualquier estación del año.

jueves, 13 de septiembre de 2018

For Your Pleasure


El segundo elepé de Roxy Music, y último con Brian Eno, mantiene el milagroso equilibrio del debut del grupo inglés entre el pop más exquisito y la vanguardia experimental. For Your Pleasure (1973) viene a corroborar y ensanchar un universo musical extraordinariamente peculiar que busca la conexión entre realidades estéticas que en apariencia no pueden concurrir por responder a intenciones —artísticas y comerciales— antitéticas e irreconciliables. Sin embargo, desde bien pequeños todos sabemos que las apariencias engañan. Y, si no fuera así, ahí está el creador arriesgado para hacer caso omiso de ellas e investigar las sinapsis desapercibidas que el conservador —por miedo, por limitaciones o por pura mediocridad— jamás podría intuir.

Aunque sea Brian Ferry el autor de los ocho temas del álbum, las aportaciones de cada uno de los miembros de la banda a la hora de ponerlos en pie son las que dan con un sonido que requiere de serios esfuerzos, que no pasarán de orientativos, si quiere ser clasificado. Do The Strand es una suerte de boogie-woogie robotizado que inicia eufórica la función. Beauty Queen tiene aires de balada que es partida en dos a medio camino por una aceleración roquera. El Ferry crooner no nos abandona en Strictly Confidential, corte que va creciendo en intensidad al sumarse a la voz y el mellotron de aquél y el oboe de Andy Mackay la batería de Paul Thompson, el bajo de John Porter y la guitarra de Phil Manzanera. Editions Of You es un balazo de glam y high energy rock and roll en el que conviven y se apoyan —magníficos— la base rítmica, el piano eléctrico y la voz de Ferry, el saxo de Mackay, las seis cuerdas de Manzanera y el sintetizador de Eno. Los cinco minutos y medio de In Every Drean Home A Heartache van de la inquietud surreal de su primera mitad al rock ácido de la segunda, que huele a la Experience, Cream o Traffic en sus versiones más aguerridas.


The Bogus Man lleva por encima de los nueve minutos su cadencia kraut que trae inmediatamente a la cabeza a Can: una base rítmica repetitiva y obsesiva sobre la que Mackay, Eno y Manzanera fabrican texturas psicodélicas que modelan los momentos más extremos del trabajo. En la línea de Beauty Queen (incluida la mencionada aceleración, aquí mucho más extensa), Grey Lagoons sirve como contraste a tanto desparrame sensorial antes de que la canción que pone título a For Your Pleasure eche el cierre. El misticismo carnal de sus notas se desarrolla misterioso, ganando en atonalidad conforme avanza en busca del placer anunciado y deshaciéndose, rompiéndose como si éste no fuera sino una mera entelequia que nada más ser nombrada se enturbia o desaparece.

Las carreras de Roxy Music y Brian Eno se bifurcarán inevitablemente tras publicarse el segundo disco del grupo, pero escuchados Stranded y Here Comes The Warm Jets (tercer plástico de los ingleses y debut de Eno, respectivamente) queda claro que la categoría sobresaliente de For Your Pleasure se había quedado en ambas partes y que la influencia de Ferry y compañía en el autor de Another Green World era de ida y vuelta. Imagen especular sostenida por dos elepés imprescindibles que sirvieron de arranque para una banda sin igual.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Works For Prepared Piano


En enero y julio de 1998 Markus Hinterhäuser grabó para la discográfica col legno muchos de los trabajos para piano preparado que un joven John Cage escribió en la primera mitad de los años cuarenta (es decir, en plena Segunda Guerra Mundial), además de alguno posterior como Music For Marcel Duchamp (1947) o las soberbias Two Pastorales (1951-52). Manipulando las cuerdas y otras piezas del piano, éste se convierte en un instrumento de percusión que vulnera ex profeso —dependiendo del grado de preparación— las motivaciones y finalidades melódicas y armónicas que cualquier partitura pudiera tener. El resultado de la música pensada por Cage e interpretada por Hinterhäuser es fascinante, desde la Bacchanale que aquél empezó y completó en 1940 hasta las dos mencionadas pastorales, que guardan en su interior prolongados silencios que son antecedentes de los cuatro minutos y treinta y tres segundos de obstinada, radical mudez que a continuación llevarán el arte de John Cage al extremo. La enorme belleza de los sonidos producidos por tan peculiar piano tiene, asimismo, espacio para el sobrecogedor horror de las atrocidades nazis, un emocionante In The Name Of The Holocaust de 1942 que trae a la cabeza —por vinculaciones bélicas e intenciones estéticas— el Cuarteto para el fin de los tiempos de Olivier Messiaen, estrenado un año antes en un campo de concentración alemán. Un doble álbum, en definitiva, para disfrutar y conocer los Works For Prepared Piano de uno de los creadores más personales e insobornables del siglo XX.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Exit Planet Dust


Si la música electrónica mandaba en la segunda mitad de los años noventa, los Chemical Brothers eran quienes la dominaban en aquel periodo. Los tres discos publicados por el dúo inglés entre 1995 y 1999 corroboran una afirmación que el paso del tiempo no ha hecho sino acrecentar. Cargadas de energía, samples y funk psicodélico, las canciones de Exit Planet Dust —primer álbum de Tom Rowlands y Ed Simons— son una apisonadora de sonidos digna y heredera de New Order, Public Enemy, Primal Scream y Kraftwerk que demuestra una madurez y una categoría impropias de un debut. El trabajo con elementos prefabricados —suerte de reciclaje aprendido de su gusto por el hip-hop— y su desarrollo como pinchadiscos en una serie de clubs hicieron que los Dust Brothers —nombre que tuvieron que cambiar por el definitivo The Chemical Brothers— abordaran la producción de su primer elepé con una experiencia importante, las ideas rítmicas y melódicas muy claras y un concepto estético perfectamente definido. Música instrumental tan bella como contundente que solo incumple este axioma (el de instrumental, no el de su hermosura) en Life Is Sweet y Alive Alone, con la presencia de Tim Burgess en la primera y la de Beth Orton en la segunda. Dig Your Own Hole y Surrender ampliarán con coherencia la brillantez e intensidad del grupo británico, y ambos se me antojan igual de imprescindibles, pero los cimientos puestos en Exit Planet Dust se valen por sí solos para demostrar una sensibilidad y un poderío que siguen impresionando al oyente atento y abierto de miras.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Obvious And Bleeding


El hard rock psicodélico de The Truth Is Out There había supuesto un avance enorme en la carrera de una banda —RIP KC— que nada tenía que ver ya con el punk calimochero de sus inicios. Tres años después, Obvious And Bleeding (2005) confirmaba que dicho viraje era firme, a la caza de sonidos y sensaciones alejados de las convenciones. Durante más de una hora el grupo vallecano desarrolla un rock progresivo y espacial impregnado de jazz y flamenco donde caben por igual Black Sabbath, Triana, Led Zeppelin, Alice In Chains, los Doors o El Lebrijano. Sin renegar de las letras, el disco apuesta por los pasajes instrumentales —voces y coros incluidos— para implementar melodías y armonías cargadas de misterio, acordes, notas y ritmos que parecen provenir de algún lugar oscuro donde la luz está vedada. Situado al final del trabajo, Cuenca, el tema que lleva por nombre la ciudad donde se grabó el álbum, bien pudiera ser solemne epítome y coda de lo explicado, arcano medieval levantado alrededor de la ciudad manchega. Solo quedan la brevísima Past Rud Mod Ending y el extenso corte oculto, tan de moda en los CDs en su momento, para culminar Obvious And Bleeding, un paso más hacia lo diferente (que no desconocido) en una trayectoria que Spinguölf se encargaría de corroborar, ensanchar y finiquitar.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Ragged Glory cumple diez años (10). Las palabras de Juanjo Mestre, Johnny JJ


Hay lugares en la red de redes que son como un santuario, una especie de lugar sagrado donde hallar refugio y cultivarse. Si tuviera que elegir uno a nivel musical me decantaría por la “Ragged Glory” de mi amigo Gonzalo porque es una fuente incesante de conocimientos nuevos sobre cultura musical de calidad, porque es un admirable ejemplo como crítico musical, porque va a su puta bola, mantiene su línea y se muestra ajeno a modas, debates o chorradas de redes sociales tipo Facebook, Twitter…, porque es amable y siempre sabe utilizar las palabras exactas y, sobre todo, porque le tengo en gran estima a nivel personal como buen íntimo. Gonzalo nunca me falla y eso no lo puedo decir de mucha gente. Gracias a ese espacio que regenta con tanta actitud y dignidad me vienen a la cabeza textos gloriosos que me emocionaron profundamente, como de Stooges, de Lou Reed…, o descubrimientos como el cuarto de Can, como la banda sueca The Soundtrack of Our Lives… Por todo eso y por mucho más le di un sí inmediato a la posibilidad de escribir unas líneas sobre el décimo aniversario de tan magno lugar. Es un honor. Gracias por tanto, Grandmaster.

NOTA: Juanjo Mestre, o Johnny JJ, es el creador y gestor de la web Espacio Woody/Jagger y colabora en diferentes publicaciones.

lunes, 27 de agosto de 2018

The Montgomery Brothers In Canada


Presentado como un falso directo con ruidos de público añadidos a posteriori —vivas y aplausos de pegolete eliminados en la edición digital que yo tengo—, The Montgomery Brothers In Canada es en realidad un disco grabado en el escenario del Cellar de Vancouver sin espectador alguno por los hermanos Montgomery. Es el año 1961, y uno puede apostarse un dedo por la excelencia del álbum sin miedo a perderlo casi, casi sin haberlo escuchado. Ocho temas que equivalen a ocho interpretaciones deliciosas de una música que se mueve entre el cool jazz y el hard bop, sin eludir alguna breve incursión en el bebop vía Charlie Parker (Barbados). La guitarra de Wes, el vibráfono de Buddy, el contrabajo de Monk y la batería de Paul Humphrey nos obsequian con su elegancia a lo largo del álbum, elegancia que en las versiones de Snowfall, Angel Eyes y You Don't Know What Love Is toma forma de delicadeza embriagadora, y en la de On Green Dolphin Street de magia susurrante dirigida por Monk. En Canadá y simulando estar frente a una audiencia, toda una lección musical de los hermanos Montgomery y el amigo Paul Humphrey.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Jazz Impressions Of The U.S.A.


La serie de Jazz Impressions que el cuarteto de Dave Brubeck realizará en los años cincuenta y sesenta —cuatro en total si no me equivoco— tiene su origen en las impresiones causadas en el pianista y su grupo por su país de origen. Grabadas en noviembre de 1956, las Jazz Impressions Of The U.S.A., divididas en ocho piezas, son la base escogida para crear un buen álbum de cool jazz de Brubeck que, sin ser lo mejor de su extensa producción, se oye con mucho gusto. La segunda cara del elepé es, en mi opinión, de mayor interés que su opuesta, ya sea por el traqueteo juguetón de Plain Song, "escrita durante un viaje en autobús"* entre Dakota del Sur y Iowa y marcada por el contrabajo de Norman Bates; Curtain Time, o el "boceto a lápiz de Broadway, un mero indicio de lo que sería el cuadro a todo color con cuerdas, vientos y la totalidad de una orquesta del teatro"; los siete minutos y medio del tema más largo del trabajo, Sounds Of The Loop, que, aun contando con solos amables de Brubeck y el saxo alto de Paul Desmond, está protagonizado por la extensa improvisación de las baquetas de Joe Morello; y la "paz interior" de Brubeck, solo al piano, al encontrarse de nuevo —Home At Last— con los "paisajes familiares" tras una "larga ausencia". Que nadie deduzca de esto, por favor, que los mencionados Brubeck, Desmond, Bates y Morello hacen una labor menor en Ode To A Cowboy, Summer Song, Yonder For Two y History Of A Boy Scout, pues los cuatro cortes que conforman la primera mitad tienen intervenciones de mérito de todos ellos, pero en conjunto no me parecen composiciones tan llamativas. Sea como fuere, si ven por ahí una copia de Jazz Impressions Of The U.S.A., sigan mi recomendación y háganse con ella. Que el Dave Brubeck Quartet tenga álbumes de importancia superior no les impedirá disfrutar de su siempre agradable sonido.

*Las palabras entrecomilladas están escritas por Dave Brubek para las notas originales del disco.

lunes, 20 de agosto de 2018

Electric Mud



América estaba en ácido y Muddy Waters se iba a subir al carro. El resultado de ello, un álbum llamado Electric Mud, que en 1968 espantó a los puristas del blues y que tampoco gustó al maestro Morganfield. Escuchado cincuenta años después, creo innegable que nos hallamos ante una obra maestra del rock pesado y psicodélico que sigue siendo capaz de descolocar y asustar a buen número de oyentes. Por mucho que las intenciones de Chess fueran crematísticas, buscando que Waters estuviera a la última y vendiese miles de discos (cosa que así fue), la conjunción del blues eléctrico de Chicago con el rock hendrixiano y la improvisación del jazz (incluso free) dio con un elepé sumamente vanguardista y adictivo. Guitarras rendidas al fuzz y al wah-wah (entre ellas las de Phil Upchurch y Pete Cosey, que estará en la grabación del extraordinario homenaje de Miles Davis a Duke Ellington tras su muerte en 1974: He Loved Him Madly), una batería nerviosa que no para de generar figuras, un bajo lleno de funk, órgano, teclado y saxo tenor acompañan al vozarrón del autor de Hard Again en un viaje tenso y denso que no es de extrañar que Chuck D reivindique, pues las capas de sonido de Public Enemy y su protesta vociferante conectan perfectamente con la amplificación de Electric Mud. Tres composiciones de Willie Dixon (I Just Want To Make Love To You, I'm Your Hoochie Coochie Man y Same Thing), dos del propio Morganfield (She's All Right, que termina convertido en el My Girl de los Temptations, y I'm A Man (Mannish Boy), una de los Stones (la sorprendente lectura de Let's Spend The Night Together), una de Sidney Barnes y Robert Thurston (Herbert Harper's Free Press) y otra de Charles Williams (Tom Cat) sirven de base al caudal lisérgico que sale de los instrumentos, encargados de modificar, distorsionar y, en última instancia, rasar temas nuevos y antiguos mediante su apabullante apuesta por la psicodelia más corrosiva. Un discurso musical coherente de principio a fin que sigue generando controversia hoy en día, pero cuya cruda belleza es una de las cimas, aun apareciéndosenos aislada, de la obra de Muddy Waters. Es lo que tienen las bombas de relojería, que ni sus mismos creadores son capaces —a veces— de valorarlas o defenderlas.

jueves, 16 de agosto de 2018

Good God's Urge


Lejos de la magia y la creatividad de Jane's Addiction, Porno For Pyros fue el proyecto escogido por Perry Farrell y Stephen Perkins para seguir adelante tras la ruptura de una de las bandas más tremendas nacidas en los años ochenta. Ninguno de sus dos discos aguantaba el cotejo con Nothing's Shocking o Ritual de lo Habitual, ni incluso con el único álbum que publicaría la otra mitad del grupo bajo el nombre de Deconstruction, pero una escucha calmada del segundo plástico de Porno For Pyros (Good God's Urge, 1996) permite disfrutar de una música ecléctica que, en su conjunto, supera la de su homónimo debut.


A pesar de no contar con un single tan especial como Pets —canción que destacaba sobremanera en Porno For Pyros—, hay en Good God's Urge un intento de abarcar terrenos diferentes y de no ser una prolongación innecesaria y algo fofa de lo que con tanta originalidad y potencia había desarrollado Jane's Addiction. Con la presencia de Daniel Ash, David J. y Kevin Haskins (Bauhaus y Love And Rockets), Porpoise Head inaugura el álbum cual soul industrial de fin de siglo. 100 Ways cruza rock, música electrónica y folclore fronterizo mexicano, conviviendo el violín y la trompeta con los samples, los teclados, la guitarra, el bajo y la percusión. En Tahitian Moon la psicodelia eléctrica y desbocada se alterna con la acústica y pausada, mixtura extraña pero atractiva que antecede a la desnudez de Kimberly Austin, en la línea de la gloriosa Jane Says y con solo de armónica de Farrell. Sigue atado a la guitarra acústica Peter DiStefano en Thick Of It All, prolongado mantra que es a su vez la pieza más extensa del trabajo. Good God's://Urge! es un tema dividido en dos: Good God's, de emocionantes acordes y suaves sonidos entre los que sobresale el bajo de Mike Watt jugando a ser Eric Avery, y Urge!, balazo rocker que busca el contraste ex profeso. También lo hace Wishing Well, cuya calma inicial no impide que la furia se apodere en determinados momentos de la canción, aquellos en los que Leo Chelyapov colabora con su clarinete. Comandado por la imponente batería de Perkins, Dogs Rule The Night es el corte más salvaje de los diez que nos encontramos, allí donde DiStefano desata una tormenta guitarrera digna de Dave Navarro. Es precisamente el antiguo compañero de Farrell y Perkins —visita obligada— quien se encarga de las seis cuerdas en la introducción de Freeway, aunque los verdaderos protagonistas sean Flea y las filigranas de su bajo. El miembro de Red Hot Chili Peppers, que se había hecho con el instrumento de Martyn Le Noble, se lo devuelve para que lo toque en Bali Eyes, final relajado y hermoso de un trabajo digamos que notable que cerraba una carrera corta y digna. Aunque siempre a la sombra de la de la banda madre, quizá hagamos mejor en olvidarnos de tan injusta comparación y disfrutar en la intimidad de las virtudes de Porno For Pyros y su Good God's Urge.