lunes, 15 de julio de 2019

Miedo al zumbido de los mosquitos


Unos meses antes de publicar su segundo, doble y espléndido disco —Cajas de música difíciles de parar—, Nacho Vegas ponía en el mercado un epé de título aún más extraño: Miedo al zumbido de los mosquitos (2002). El primero de sus cortes, En La Sed Mortal, formará parte de dichas Cajas y anticipa el sonido que el ex manta ray va a promover a partir de entonces. No es que el cantautor de Actos inexplicables se haya ido, pero en los siete minutos y medio de la canción inicial la banda que acompaña a Vegas tiene un peso instrumental mayor sin que la importancia de la letra y su tono confesional se vea cuestionada. Añada de Ana la friolera confirma dicho aumento de la densidad del sonido mediante una balada de bellísimos arreglos y acabado perfecto "inspirada en una melodía tradicional asturiana". El Nacho Vegas más solemne se mueve entre el folk y el rock en Hay hombres algunos años más tristes que yo, magnífico título cuyo contenido estilístico lo definen en buena medida el banjo de Xel Pereda y la armónica de Diego Yturriaga. Al igual que la pedal steel de Paco Loco, encargado de la grabación, es parte imprescindible de Brujita, cierre hecho de guitarras eléctricas y ecos para "desde este agujero, decirte que muero por ti". Del Miedo a las Cajas: cuatro composiciones muy brillantes de Vegas que paliasen la espera de la que para bastantes iba a ser su obra maestra.

domingo, 30 de junio de 2019

La alegría


La línea que unía Una hora sin televisión y Museo de reproducciones —Malconsejo-Santi Campos-Santi Campos y Amigos Imaginarios-Amigos Imaginarios— la rompía el autor de Pequeños incendios en 2016 al volver a publicar en solitario Cojones. Se replanteaba Campos toda su carrera de una tacada con un elepé que se sumergía en sonoridades aparentemente ajenas a su credo estético. Y no es que el del músico nacido en Segovia hubiera sido uniforme o poco ambicioso, pero la vuelta de tuerca que suponía aquel álbum le situaba en otro nivel compositivo y sonoro. El resultado fue excelente, dejando muy altas las expectativas: ¿por dónde irían los tiros en el momento en que Santi Campos decidiera grabar una nueva colección de canciones?

Desde que a principios de 2019 se anunciara la campaña de mecenazgo múltiple para ayudar a que La alegría viera la luz supimos que no sería "exactamente un álbum doble, sino dos discos complementarios (…) con cuatro capítulos temáticos de cinco canciones cada uno", en palabras de Campos, "mi proyecto más suicida, la forma de dinamitar de una vez por todas la posibilidad de una salida comercial a mis desvaríos". No entraremos en lo de la salida comercial, pues es un asunto en el que prefiero ni pensar; sí lo haremos en la elegante y complementaria presentación de ambos volúmenes, en la significación de cada uno de los capítulos, en el análisis individualizado de las veinte composiciones y en la impresión global de un disco que no es solo de Santi Campos sino también de Herederos. Así es. A la voz, piano, otros teclados y guitarra de Campos se suman —sin contar invitados— la guitarra, sintetizadores, percusiones y coros de J.J. Extremera; los mismos instrumentos más el piano eléctrico de Joel García; la batería y percusiones de David Martínez; y el bajo, guitarra, teclados y percusiones de Alex Vivero.


Una educación católica —guiño explícito a Teenage Fanclub, influencia básica de Campos— es el título del capítulo 1. Cualquier oyente que haya ido a colegio de curas y tenga una mínima sensibilidad reconocerá muchas de las cosas que se nos cuentan. Cartas inicia el trayecto con unos versos que pasan por declaración de intenciones o introducción en positivo:

"Tengo cartas por abrir
que escribí desde el pasado
para que me recordaran
que siguiera intentando

Ser la mejor versión de mí".

Su solemnidad, marcada por el piano, contrasta con la virulencia del Ruido de fondo que dejan para siempre las "Personas estrechas y llenas de mierda" contra las que Campos carga nada más comenzar el tema. Rock, funk y ramalazos de techno sirven para acusar a quienes te han hecho la vida imposible y, a pesar de haberles perdido de vista, siguen ahí, en el camerino de tu psique, bien sean "Niños crueles en colegio de pago" o la eterna sombra de

"Todos tus antepasados
el niño Jesús, el apóstol Santiago,
tu abuelo Jacobo y Francisco Franco".

El giro final, en el que Campos se queda solo al piano para cantarnos:

"Perdona padre, no creo en ti,
buscaré la salida
y no volveré a venir por aquí",

enlaza con la tristeza de Los torpes, balada en plural mayestático sobre los diferentes, los que "No somos como los demás". Tatuaje es delicioso y muy elaborado pop que encierra una magnífica descripción del depresivo ahogado en su sufrimiento:

"Nunca te faltó ningún ser querido
pero sufres como quien ha vivido
una guerra que solo ocurrió en tu mente
y actúas como si fueras un superviviente".

Breve y fantasmagórica, Enid Blyton clausura Una educación católica con el retorno a la casa paterna por Navidad, al cuarto donde "Todo permanece intacto", entre otras cosas los libros de la escritora inglesa.

Podría llover, magnífica composición que tiene mucho de Beck y bastante de los Black Keys, navega entre el escepticismo, la esperanza y el conformismo y encabeza el segundo capítulo, El viaje, en el que se pasa a la edad adulta y al movimiento. Un ángel es la visión idealizada y poética de un indigente que supuestamente se suicida y

"Entonces fue cuando
pareció contento
entonces estuvo, al fin,
en paz y satisfecho".

Su exquisita instrumentación y sus hermosas armonías son confrontadas por la desnudez de Pueblo fantasma, o el cantautor que recuerda a aquéllos que

"Salieron buscando la gloria
menospreciando toda su historia,
no se percataron de que años después
no habría hogar al que volver".

El funk posmoderno y progresivo de la espléndida Barcelona es "tan solo es una canción de amor" y no "una declaración de guerra" a la ciudad condal. Las emociones se desbordan en Sismo, crónica de la supervivencia tras el terremoto que sirve para decir adiós a El viaje con otra canción inapelable. (Que no se nos olvide destacar los coros de la amiga imaginaria Ester Rodríguez, presente en el 80% del capítulo.)


El capítulo número 3 —Polizones— habla del amor (y el desamor) y me parece tanto musical como líricamente superlativo. Vino y diazepam es una pieza inmaculada soberbiamente ejecutada que habla de las cosas "Antes de cambiar el sexo / Por vino y diazepam", "Antes del apagón". Ecos de Nick Cave y Kim Salmon y un sentido del humor que se echaba en falta es lo que hay en Adosados, que se ocupa de mantener la altura creativa. Sentido del humor que desaparece en la escalofriante Dos mujeres, soul y pop cocinados a la manera de Santi Campos y Herederos (¡joder, qué personalidad tienen!) cuyo estribillo envuelve la melodía en lágrimas:

"Hay dos mujeres
que siempre vienen a mi habitación,
una no me quiere
y a la otra no la quiero yo".

¡Y cómo se yuxtapone el funk rock progresivo de Pasajeros! Qué pedazo de canción, qué habilidad la de los intérpretes en su complejo desarrollo instrumental adoptado del lenguaje jazzístico. ¿Santi Campos & Herederos o la Allman Brothers Band? Casa de arena y niebla es la culminación de Polizones mediante una balada perfecta a la que no faltan, de nuevo, ni los coros de Ester Rodríguez.

Casi un milagro es el cuarto y último capítulo de La alegría. Campos y sus compañeros se van a encargar de completar sin deslustrarlo un cuadro extraordinario. Afrancesado y su aire circense es el primer tema con que nos encontramos, dominado por el clavicordio de Víctor Valiente y el clarinete de Víctor Rodríguez. Pop de cadencia lenta, el de Espejos es arrebatador por igual en sus estrofas y su estribillo, despliegue diáfano de talento durante sus cinco minutos. Cobarde injerta trazas de bossa nova y flamenco en el imaginario de Chris Bell y Alex Chilton, poniendo música a las cavilaciones de quien no sabe "si es un cobarde o solo un hombre viejo". Los teclados dominan completamente la brevedad impactante de Casi un milagro, que se resume en estos dos versos:

"Todo un logro, casi un milagro
vivir sin que te duela y sin hacer daño",

y plantea la pregunta del millón, ¿qué pasa

"Cuando no quieres ser dueño
Ni tampoco ser esclavo"?,

duda ontológica, política y ética que a muchos nos asalta. Además de poner título a todo el trabajo, La alegría echa el telón con un mensaje positivo que entronca con el de Cartas y cierra un círculo de —ciertamente— dolor y miedos pero también de anhelos e ilusiones. El de dos discos (uno en realidad, contradiciendo a sus autores) de bella portada y acertado diseño gráfico, idéntica duración (37 minutos y pico cada uno), interpretaciones mayúsculas de composiciones enormes y coherencia e intensidad absolutas. Estamos en el año 2019 y te has salido, Santi. Y Herederos, por supuesto.

miércoles, 26 de junio de 2019

Bad Magic


La muerte de Lemmy evitó incidir en lo ya sabido. Podía haber habido nuevos Bad Magic (2015), pero nada iban a aportar a la gloria eterna de Motörhead. La banda, eso sí, seguía sonando como un cañón, y discos como Inferno, Motörizer o Aftershock demostraban su demoledora categoría en pleno siglo XXI. No es óbice ser fedatario de ella para plantear un análisis frío de la cuestión: la música de los autores de Overkill era reiterativa y su fórmula, estiramiento infatigable de lo perfectamente plasmado con anterioridad. Así que la desaparición de su líder zanjó un problema complejo para quienes les adoramos sin límite. Expuesto lo cual nos quedan trece canciones y cerca de tres cuartos de hora durante los cuales la apisonadora británica vuelve a hacerlo. Escuchen barbaridades de hardcore metalizado como Thunder & Lightning, Electricity, Evil Eye y Teach Them How To Bleed; sientan la autenticidad del rock and roll acorazado de Fire Storm Hotel; disfruten de la visita de Brian May en The Devil; recuerden con Till The End lo que es una power ballad cargada de fatalismo; dejen que me olvide de unos cuantos temazos más (Victory Or Die, When The Sky Comes Looking For You…); y respiren el homenaje a los Stones que cierra un álbum, una carrera y toda una vida entregada a la música de quien es halagado en la versión del clásico de Mick Jagger y Keith Richards. Simpathy For Devil y se acabó.

lunes, 24 de junio de 2019

Frank's Wild Years


De las joyas del año 1987 a las que aludíamos en nuestra anterior entrada, Frank's Wild Years es sin duda una de ellas. Tercera parte de la trilogía para Island con la que Tom Waits da un giro extremo a su carrera, y que le convertirá en uno de los nombres clave y más personales de los ochenta junto con los de Sonic Youth, Prince o los Cramps, el disco lleva el subtítulo de Un Operachi Romantico In Two Acts y contiene canciones escritas para una obra de teatro homónima estrenada en junio de 1986, tal y como se establece en su contraportada.

Tomando su título de un tema de la primera parte de dicha trilogía (el extraordinario Swordfishtrombones), Frank's Wild Years mantiene el equilibrio formal de aquél y Rain Dogs entre música tonal y atonal, que no entre melodía y ruido, viaja igualmente por muchos de los géneros de caligrafía popular (del rock al tango pasando por el jazz sin salir del cabaret) y entrega diecisiete composiciones estupendas que, acercando el elepé a la hora de duración, solo podrían salir de la cabeza del creador norteamericano. Recordar sus influencias para denigrar su estatus o incluso nombrar una vez más a Captain Beefheart y Howlin' Wolf como referencias objetivas resulta cansino y ridículo. Si en los setenta ya había quedado certificada ante notario su categoría con trabajos como Closing Time o Small Change, en la década siguiente viene a sumar riesgo e investigación sin que la melancolía deje de impregnar sus canciones. Las de Frank's Wild Years son todas insustituibles, pero es imposible no destacar, por un lado, Way Down In The Hole y Telephone Call From Istambul (con la guitarra y el banjo, respectivamente, del genial Marc Ribot), y, por otro, las dos maravillas que el Jean-Claude Lauzon se llevó para su inolvidable Léolo. Temptation y Cold Cold Ground parecen escritas con antelación columbrando las imágenes a la sazón inexistentes del largometraje canadiense, dependiendo la cadencia de la primera de las seis cuerdas de Ribot y entregándose la soberbia balada al acordeón de David Hidalgo.

No me olvido, claro, de la espectacular apertura de Hang On St. Christopher (¡esos vientos de Ralph Carney y Greg Cohen!), de la doble versión de Innocent When You Dream o de la reivindicación, primero, y deconstrucción, segundo, del crooner que llevan a cabo —yuxtaponiéndose— Straight To The Top (Vegas) y I'll Take New York. Dar preferencia a unos cortes por encima de otros no hace que eche a un lado el resto del álbum: es en su conjunto obsesivo y surrealista donde reside su fortaleza, en la bondad y coherencia de todas sus partes, sin que la experimentación se imponga a la estructura o cuerpo individual de cada canción ni que éstas renuncien a los elementos disruptivos o disonantes que les otorgan su originalidad y encanto. Tercera obra maestra consecutiva, en fin, de un Tom Waits que todavía guardaba mucha creatividad encima (escuchen, verbigracia, Mule Variations) pero que en la década de 1980 dejó constancia de su mayor parte.

miércoles, 19 de junio de 2019

Mother Juno


A la sombra de su primera etapa y de tres discos como Fire Of Love, Miami y The Last Vegas Story, el segundo periodo de vida de The Gun Club dejará dos elepés consecutivos de menor agresividad sonora aunque igualmente necesarios, Mother Juno y Pastoral Hide & Seek, en especial el publicado en 1987. En compañía del gran Kid Congo Powers, Romi Mori y Nick Sanderson, Jeffrey Lee Pierce trae una colección de canciones espectacular ejecutada con sensibilidad pop y garra eléctrica, argumentos musicales que se funden o alternan pero que son evidentes. Que sea Robin Guthrie quien produce no es una anécdota, como no lo era que Chris Stein estuviera detrás de los controles en el mencionado Miami. Las palpitaciones góticas y post punk de Cocteau Twins se sienten en un material cuya textura, sin embargo, remite a Pierce y su grupo. Si es cierto que hay momentos como The Breaking Hands o Yellow Eyes que flirtean con el dream pop y el pop de raigambre soul, pero la energía power pop de la inicial Bill Baley y de Hearts, el asalto psychobilly de las tremendas Thunderhead y My Cousin Kim (imagino a Josetxo Ezponda escuchándolas mientras barruntaba el Color Hits de Los Bichos), la arrogancia de Lupita Screams y el rockabilly de adornos pop de Araby nos recuerdan y acercan a la distorsión y la potencia fundacionales de los autores de Lucky Jim. Port Of Souls pone fin solemne a Mother Juno como epítome (o como uno de los posibles epítomes) de lo que ha sido, imbricación de Yellow Eyes y Thunderhead, por ejemplo, o las tendencias dispares que ambas representan. Sea como fuere, parte de uno de los mejores y más olvidados álbumes de un año plagado de joyas.

lunes, 17 de junio de 2019

The One Before The Last


Encajonado entre Minor Chords And Major Themes y Pacific Ocean Blues, The One Before The Last (2000) es el álbum español de Gigolo Aunts por haber sido publicado a través del sello madrileño Bittersweet y por abrir con su mágica versión de Chica de ayer. Así es. The Girl From Yesterday traslada al inglés el original castellano de Nacha Pop —clásico incontestable del rock patrio—, manteniendo sus propiedades nostálgicas y románticas en el luminoso tratamiento power pop al que lo somete el grupo norteamericano. Los siguientes cinco cortes se nutren de material previamente grabado que no había visto la luz (a no ser que yo me equivoque). Kay And Michael vive entre MC5 y Big Star y The Shit To Superoverdrive mantiene inflamada la llama high energy con adornos pop. To Whoever echa el freno pero se aferra a la distorsión y la potencia mediante un espléndido trabajo de las guitarras de Dave Gibbs y Jon Skibic y la batería de Fred Eltringham. Sulk With Me es otro medio tiempo energético, si bien su estribillo ahorra en electricidad dejando el rock hueco para el soul. Como alt-country podemos definir lo que esconde Hey Lucky, una canción muy diferente al resto que ya solo por eso destaca.


La media docena de temas que completa el álbum es en realidad un epé de 1997 titulado Learn To Play Guitar y que tuvo escasa repercusión. Kinda Girl es una pieza de canónico power pop a la que se yuxtapone Wishing You The Worst (¡la revancha al poder!), donde el pop convive con el rock and roll de riff primigenio y sonido glam. Sway pasa de los cuatro minutos y medio convirtiéndose en la canción más larga del trabajo. Titulada en principio Slow Grunge, como nos recuerda el bajista Steve Hurley en las notas, Sloe podría pasar por lectura de un tema lento de Nirvana, viola de Jennifer Abel incluida, suavizado y embellecido por los Gigolo Aunts. Rockin' Chair se desarrolla en la línea de Kinda Girl a la espera de que The Sun Will Rise Again cierre en forma de balada para recordarnos una obviedad que a los depresivos cuesta ver: a los malos momentos suelen suceder los buenos. Que dicho aforismo tenga su reverso no es menos evidente, pero The One Before The Last concluye su recorrido abogando por la esperanza, así que con ella nos quedamos.

miércoles, 12 de junio de 2019

Coda


No fue un grupo que se anduviera por las ramas. Poco dejó fuera Led Zeppelin de sus elepés de estudio, pero alguna cosa había, como demostraba Coda, publicación póstuma de 1982. La explosiva versión del We're Gonna Groove de Ben E. King que inicia el álbum es un híbrido de la registrada en directo en enero de 1970 en el Robert Albert Hall —apertura de un impresionante concierto que se puede ver entero en el doble Led Zeppelin DVD— y los posteriores retoques a los que la guitarra de Jimmy Page, regrabada totalmente, será sometida. Los créditos del disco aseguraban que la canción correspondía a una sesión londinense del 25 de junio de 1969, un día después de que el cuarteto inglés hubiera grabado su mítica lectura del Travelling Riverside Blues de Robert Johnson, pero aquellos datos no se ajustaban a la realidad. Poor Toom es un descarte de Led Zeppelin III que tiene el aire folk de aquel trabajo y es un buen tema, aunque se comprende que quedara fuera pues no hubiera estado a la altura del soberbio material que conformaba el tercer paso del dirigible. De la misma función de la que sale We're Gonna Groove es un magnífico I Can't Quit You Baby que se asegura en los créditos procede de los ensayos previos, si bien, podado por delante y por detrás, el blues que escribiera Willie Dixon recoge a la banda en vivo sobre las tablas eliminado el sonido ambiente. Walter's Walk no entró en Houses Of The Holy a pesar de que hubiera encajado muy bien —funk rock pesado— en la quinta obra maestra consecutiva de Led Zeppelin.


La segunda cara de Coda la componen tres cortes salidos de las sesiones de su último y peor elepé, In Through The Out Door, y un instrumental escrito y grabado en Suiza en 1976 por John Bonhamn. Sin ocultar que cualquier comparación con el pasado puede causar sonrojo, Ozone Baby y Darlene son composiciones que no están mal, lo que no es suficiente para los autores de Physical Graffiti. Bonzo's Montreux es una especie de segunda parte de Moby Dick (con añadidos electrónicos de Page) que a mí no me dice nada. Intento del grupo de sonar tan agresivo como los punk rockers que de él habían hecho carne de cañón, Wearing And Tearing demuestra que Led Zeppelín no perdió nunca el orgullo ni el brío que hicieron de Page, Plant, Bonham y Jones nombres básicos en la historia del rock and roll. Que Coda no brille como sus extraordinarios logros del periodo 1969-1975 no les quita un ápice de mérito e importancia. Al fin y al cabo, hablamos de un remate para hacer caja.