El folk pastoral, el rock progresivo y el free jazz en Formentera Lady. El free, el progresivo e incluso la música incidental de Sailor's Tale. La calma pop compartiendo protagonismo con el free jazz más salvaje en The Letters. El blues lo-fi que el saxo de Mel Collins inclina hacia el jazz coltraniano y la guitarra de Robert Fripp hacía el hard rock, si bien Ladies Of The Road huele a su vez a los Beatles de Abbey Road por los cuatro costados. La música de cámara de Prelude: Song Of The Gulls (una preciosidad, oigan) en la que el oboe de Robin Miller guía al resto de instrumentos orquestales. Y, para terminar, la paz de Islands, que también podríamos definir como música de cámara animada por el folk pastoral que abría este texto dedicado al cuarto disco de King Crimson, publicado a finales de 1971, titulado Islands y un mundo en sí mismo; al igual que cualquiera de los elepés de una banda en la que cambiaban las formaciones —Fripp como nexo único— y las maneras pero que nunca perdía un ápice de calidad. Y, sí, el tema oculto (que no es sino una orquesta afinando sus instrumentos distendidamente), la portada cósmica (la nebulosa Trífida en la constelación de Sagitario sin nombre alguno de referencia) y Boz Burrell aprendiendo a tocar el bajo, además de cantar, del que se encargará en Bad Company. Cierto.
jueves, 5 de mayo de 2022
miércoles, 3 de febrero de 2021
Lark's Tongues In Aspic
Quinto plástico de King Crimson y nueva vuelta de tuerca a sus planteamientos. Como es sabido, no hay álbum del grupo de Robert Fripp en el que coincidan las formaciones, pero en Lark's Tongues In Aspic (1973) el cambio es radical, pues solo el mencionado Fripp (guitarras, mellotron y "artefactos") sobrevive a Islands, Bill Bruford y John Wetton forman la espléndida base rítmica, David Cross trae violín, viola y mellotron y Jaime Muir se ocupa de la percusión.
La primera parte del corte que titula el elepé cruza en sus inmensos e instrumentales trece minutos y medio vanguardias europeas, rock pesado y funk electrónico con la intención de sorprender al oyente (hay pasajes de la suite que se manifiestan diametralmente opuestos a otros) y rehuir etiquetas (incluidas las que yo acabo de otorgar), buscando contrastes que van más allá del que obviamente producen el sonido de una guitarra eléctrica distorsionada y un violín. Book Of Saturday es una breve y preciosa balada cantada por Wettton, quien se va a ocupar de todas las partes vocales. Exiles empieza siendo una pieza experimental de naturaleza atonal hasta convertirse en una de esas bellísimas melodías tan características de King Crimson en la que se cuela un mínimo garabato disonante y a la que Wetton aporta piano y Cross, flauta y piano eléctrico. Huye Easy Money también de clasificaciones banales, moviéndose entre el rock progresivo y la psicodelia y destacando las seis cuerdas de Fripp y la batería de Brufford, pero manejando códigos intransferibles a otras bandas de ámbito similar al de los autores de In The Wake Of Poseidon. The Talking Drum es puro ritmo (ya avisa su título) a emparentar con Can y Neu!, si bien las maneras de Crimson (o su motorik) no se diluyen o se convierten al krautrock. La segunda mitad de Lark's Tongues In Aspic (no tan larga como la primera) clausura el disco más centrada en el rock (muy potentes los riffs de Robert Fripp) y manteniendo el sobresaliente que otorgamos a la función completa. Con unos u otros músicos, en cualquiera de sus periodos, siempre cargadas de ideas e interés las de King Crimson.
lunes, 19 de marzo de 2018
In The Court Of The Crimson King
La segunda mitad de los sesenta y los primeros años de la década siguiente no solo fueron el periodo de máxima creatividad de la historia del rock and roll, sino que convirtieron la música del diablo en un amplio cajón de sastre que la alejaba de su significado original y ampliaba sus planteamientos mezclándose con todo tipo de sonidos y vanguardias. La inquietud y la creatividad de muchos artistas hicieron que la psicodelia, el rock progresivo, el krautrock y otros subgéneros fulminaran el concepto de diversión juvenil e inmediatez que los jóvenes de Estados Unidos habían implementado a mediados del siglo XX mediante canciones cortas y enormemente pegadizas.
El esencial debut de King Crimson (In The Court Of The Crimson King. An Observation By King Crimson, 1969) es uno de los ejemplos definitivos de lo contado en el primer párrafo. Su contenido —cinco cortes mayoritariamente subtitulados cuya duración en ningún caso baja de los seis minutos— poco o nada tiene que ver con aquellos himnos que Chuck Berry, Elvis Presley, Gene Vincent o Little Richard lanzaran contra una sociedad mojigata y conservadora. 21st Century Schizoid Man (conteniendo Mirrors) lo deja claro desde el principio con su cruce de rock épico con free jazz. La guitarra de Robert Fripp, el saxo de Ian McDonald, el bajo de Greg Lake y la batería de Michael Giles navegan en aguas experimentales y técnicamente complejas, personales y emocionantes por igual. El quinto Crimson, Peter Sinfield, es el responsable de la letra de la exquisita balada I Talk To The Wind, cuyos subyugantes teclados, flauta y melodía se los debemos a McDonald, aunque el trabajo de las baquetas de Giles sea igual de soberbio y delicado. Epitaph (conteniendo March For No Reason y Tomorrow And Tomorrow) se mueve en terrenos similares a los de su antecesora, si bien la composición es de todo el grupo. Tremendamente atmosférica, la canción vuelve a contar con un texto poético de Sinfield y es asimismo cantada por Lake.Conteniendo The Dream y The Illusion, Moonchild es uno de los dos temas que conforman la segunda mitad del álbum. Si su comienzo augura que King Crimson va a repetir fórmula, su ruptura a los dos minutos y pico rechaza tajantemente dicho aserto. La música concreta y atonal se apodera del elepé durante un vasto y muy logrado pasaje que renuncia a rescatar el motivo melódico que abría el corte y parece imposible asociar, siquiera remotamente, a Johnny B. Goode o Tutti Frutti. Escrita, al igual que I Talk To The Wind por el tándem McDonald/Sinfield, The Court Of The Crimson King (conteniendo The Return Of The Fire Witch y The Dance Of The Puppets) comparte lirismo con aquélla y con Epitaph y constituye el cierre perfecto para la función, grand finale lleno de matices instrumentales y compositivos que corona una obra maestra absoluta.
Desde la portada y los títulos de las canciones hasta la última de las notas tocadas, In The Court Of The Crimson King sigue manteniendo su capacidad de sorpresa y un sentimiento de misterio y aflicción que lo hace siempre moderno y universal. Pero es, además, la primera pieza de una carrera única, intermitente e insobornable que no cederá a tentaciones comerciales aunque tampoco se anquilosará, adaptándos a diferentes épocas y constantes mutaciones sin perder personalidad ni ánimo investigador. Culpable, si se quiere, de decir adiós al beat primigenio; coherente, sin embargo, con su manera de ver las cosas y poniendo su arte por encima de acusaciones necias de los puristas de los tres acordes.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Discipline
Discipline (1981) no iba a ser el título del disco con el que King Crimson retornaba a la actividad siete años después de publicar Red, sino el nombre que Robert Fripp había elegido para el grupo que había formado reclutando a quien fuera batería de Crimson en sus tres anteriores elepés —Bill Bruford—, al cantante y guitarrista Andrew Belew y al bajista Tony Levin. Sin embargo, Fripp y su cuarteto deciden que Discipline pase a ser King Crimson, en una reencarnación que poco tendrá que ver musicalmente con la banda que responde a la misma denominación entre 1969 y 1974, salvo en un detalle esencial: la calidad.
Unidos ambos por haber colaborado con David Bowie y Talking Heads, tanto Belew (que también lo ha hecho con Franz Zappa) como Fripp trasladan su experiencia a un disco que quiere sonar (y lo consigue) a puro presente, renovando de arriba abajo la arquitectura crimsoniana —asimismo variable— que había dado lugar a obras maestras de la talla de In The Court Of The Crimson King o Lark's Tongues In Aspic. En Discipline hay ecos del pasado progresivo (la duración media de los siete cortes que contiene el trabajo es de seis minutos), de los sonidos kraut filtrados por el autor de Low y Scary Monsters o de la nueva ola étnica y vanguardista acuñada por David Byrne; pero ninguna de las influencias (del acervo propio o ajeno) define el resultado de la grabación: desconcertante al principio, apasionante según se suman escuchas, bellísimo en nuestro diagnóstico final. Esculpidos por tan magníficos instrumentistas como los que forman el grupo, los temas pasean extraños ante nosotros —pues su apuesta formal es ciertamente arriesgada y diferente—, pero dotados de una firmeza melódica y rítmica apabullante que se alza como bastión principal e inexpugnable del álbum.
Situado en algún e hipotético lugar entre Islands y Zenyatta Mondatta (sí, sí), Discipline ha quedado como el mejor elepé de King Crimson sin tener en cuenta su etapa clásica, a la que por otro lado mira de igual a igual. Antes de desaparecer de nuevo durante un década entera, el cuarteto liderado por Robert Fripp publicará dos discos más (Beat y Three Of A Perfect Pair) que, a pesar de su interés, no lograrán la perfección del primero pero mantendrán viva la ambiciosa y constante búsqueda del excepcional guitarrista y sus no menos excepcionales acompañantes. La del artista que ni se vende ni se rinde, y que nos recuerda detrás de la carátula que "La disciplina nunca es un fin en sí misma, solo un medio para lograr un fin". No lo olviden.
jueves, 29 de abril de 2010
Red
No creo que la clasificación sea mala per se, pero sí que es cierto que, aun siendo necesaria para orientar el comentario, puede resultar restrictiva. De la clasificación al encasillamiento a veces hay un paso, más corto si cabe en el camino que lleva al prejuicio. Y si hay un grupo que huye de las clasificaciones, pero que al entrar en ellas es encasillado y prejuzgado —sin llegar a ser escuchado— es King Crimson. Dentro del bote del rock sinfónico, veo más paralelismos entre su obra y la de Miles Davis, Soft Machine (y Robert Wyatt) o Can (y el kraut rock) que la de Genesis o Yes, verbigracia. Sin embargo, más que paralelismos o similitudes, lo que hay en King Crimson, aparte de un constante cambio de miembros de los que Robert Fripp es el único fijo, es libertad creativa y cientos de detalles en una música de gran belleza.Último trabajo en estudio de la primera etapa del grupo —ésa que tiene como punto de partida 1969 y el soberbio In The Court Of The Crimson King—, Red (1974) es un disco espléndido que se abre con un homónimo instrumental compuesto por Fripp. Un tremendo riff de guitarra guía seis minutos de algo que si no es hard rock, por la intensidad del tema más que por su estructura, se le parece. Fallen Angel es una hermosísima balada made in King Crimson, con una de esas melodías tan propias del grupo. One More Red Nightmare fluctúa entre el pop, el rock y el jazz, mientras que Providence, con el violín de David Cross, se acerca a la música clásica de cámara, en la introducción, y a la concreta y atonal en el resto del tema. Starless hace compendio de todo lo anterior durante los doce minutos que dan por finalizado el álbum.
Pero, como decíamos, la música de King Crimson huye de fáciles definiciones y los caminos por los que transita son demasiado particulares como para que las palabras puedan dar más que una ligera aproximación, si no caen, por desgracia, en la contradicción de incidir en el problema clasificación/encasillamiento/prejuicio comentado. Pesa a ello, sí que afirmamos que la extraordinaria labor de Bill Bruford a la batería, la guitarra y el mellotron de Robert Fripp y la intervencián de vientos agudos (oboe, corneta, saxos alto y soprano que colorean arreglos exquisitos) confieren una importancia definitiva a la interpretación, enriqueciendo y dando una personalidad a cada una de las composiciones, que —gracias a los matices que aporta la diversidad instrumental— suenan únicas y diferentes a las de sus contemporáneos sin dejar de representar —no hay paradoja en ello— fielmente a su época. Composiciones de un disco, Red, que ponía punto y final a cinco años de grandes hallazgos que no serían retomados —con nueva formación y orientación, pero excelentes resultados— hasta 1981 en Discipline.








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