La historia de la grabación del colosal Spiritual Unity de Albert Ayler —su A Love Supreme antes de A Love Supreme— es famosa por su precariedad y por el error del ingeniero de sonido, que registró en mono una sesión que debía haber sido en estéreo. Sin embargo, y a pesar de la desazón coyuntural de Bernard Stollman —fundador de ESP-Disk, sello que prácticamente arrancaba aquí su trayectoria en defensa de la extensión de la vanguardia—, la escasa media hora salida del estudio neoyorquino el 10 de julio de 1964 sigue desafiando al oyente sesenta años después de su parto. Y lo hace, no por una complejidad sinfónica hecha de docenas de instrumentos de diferentes familias que ejecutan una partitura intrincada, sino por los sonidos improvisados por un saxofonista (Ayler), un contrabajista (Gary Peacock) y un baterista (Sunny Murray) entregados al free jazz más abstracto y elaborado partiendo de ideas musicales muy sencillas. Al igual que otros maestros del saxo que apostaron por la música más extrema en los años sesenta (Ornette Coleman y John Coltrane, para ser tajantes), Ayler está interesado en el sonido por encima de las melodías (sin que éstas desaparezcan o se soslayen, ojo), tradición que parte del bebop como ensanchamiento de la tradición negra y popular al añadir sin miedo ni excesivo respeto (admiración, sí; sometimiento, no) secuencias y estructuras del atonalismo culto y demás y similares (al menos en el espíritu) vanguardias blancas y europeas. No por ello, de todos modos, pierde el hiriente instrumento de Ayler su primitivo aullido heredero del blues; tanto él como Peacock y Murray se expresan con una pureza inigualable en un lenguaje que es el de la calle y del gueto, aunque su formalización devenga una suma de detalles constantes —ese repentino ataque del saxo, esos platos que se apropian unos segundos de la función, esos dedos de Peacock recorriendo el mástil o tocándolo con el arco— que lo hacen profundamente sofisticado. Escuchado en 2024, y sin cebarnos en la dejadez del ingeniero, como afirma Martin Schray, "los tres instrumentos están increíblemente bien equilibrados, los tres músicos disfrutaban del gran ambiente, y el resultado es que el sonido en mono es —incluso hoy— inusualmente tenso y fresco". Tres instrumentos, tres músicos, cuatro temas y un elepé sin concesiones —Spiritual Unity— que por mucho que escuche no termino de agotar ni deja de sugerirme cosas nuevas.
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jueves, 6 de junio de 2024
lunes, 13 de abril de 2020
Love Cry
Última de las grabaciones en que Donald Ayler colabora con su hermano Albert, podríamos decir que Love Cry es un disco de free jazz canónico en el sentido estricto del término. Albert Ayler se siente libre de hacer lo que le dé la gana, de construir su jazz en un espacio situado entre Charles Mingus y Ornette Coleman con los ecos continuos de John Coltrane. La fanfarria disonante que en torno al reclamo del amor fabrican el saxo y voz puntual de Albert, la trompeta de Donald, el contrabajo de Alan Silva, la batería de Milford Graves y (en la mitad de los temas) el clavecín de Call Cobbs se expresa en su más honda radicalidad y trascendencia en los casi diez minutos finales de Universal Indians, pieza perfecta por su duración para forzar y extender —no conocen la paz o el descanso Albert Ayler y sus acólitos— todas las tensiones acumuladas durante los siete cortes anteriores. Grabado el 31 de agosto de 1967 y el 13 de febrero del año siguiente, lo que no trabaja en contra de su coherencia, no es Love Cry el mejor elepé del autor de Spiritual Unity, y el clavecín asoma como elemento discutible, pero tiene momentos (en cabeza la mencionada composición que lo cierra y la que lo inicia y pone título, no por casualidad sin Cobbs en ellas) que sin duda pueden hacer disfrutar al oyente interesado en el subgénero más extremo nacido de las ubres de Louis Armstrong, Count Basie y Duke Ellington.
lunes, 12 de noviembre de 2018
The Last Album
Construido con la sobras de Music Is The Healing Force Of The Universe, grabado a finales de agosto de 1969, The Last Album se iba a publicar en 1971, meses más tarde del trágico final que significó el suicidio de Albert Ayler con solo treinta y cuatro años. Tajante, seco y realista, el título del álbum informa de un hecho objetivo contra el que nada se puede hacer, así que, sabiendo que la resurrección carnal no es posible, se rescatan los sonidos aparcados para recordar al artista irredento y extremista que fue el autor de Spiritual Unity. Que la descripción científica no nos impida ver, de todos modos, el grito de socorro poético que hay detrás de las interpretaciones de Ayler, a sabiendas de que —probablemente— nadie iba a responder y de que, si lo hiciera, él mismo rechazaría la oferta de ayuda incapaz de asimilarla.
Piobaireachd, free jazz y blues eléctrico convergen en el magnífico y radical Untitled Duet, apertura implacable que corre a cargo de la gaita de Ayler y la guitarra de Henry Vestine, que venía de participar en el mítico festival de Woodstock con su grupo, Canned Heat. Mary Parks, pareja de Ayler que firma la composición de todos los temas (cinco en solitario, dos en compañía), canta en Again Comes The Rising Of The Sun, en compañía de un Ayler que cambia gaita por saxo tenor para asfixiarlo respaldado por la base rítmica y el piano. All Love mantiene el pulso free durante nueve minutos, aunque sin Parks y con Stafford James tocando su contrabajo con el arco. Toiling recupera a Vestine, y el grupo nos regala un delicioso blues en el que Bill Follwell se hace con el bajo. Desert Blood, Birth Of Mirth y Water Music completan el trabajo incidiendo en el discurso del segundo y el tercer corte, si bien en el primero de los tres Ayler añade su voz al saxo tenor, y en el tercero Muhammad Ali no nos obsequia con su frenético baqueteo, lo que da mayor prominencia al piano de Bobby Few.
Aun hecho de descartes, The Last Album informa igual y póstumamente de la creatividad feroz de un músico que no debió morir tan pronto, pues hubiera podido aportar mucho al lenguaje jazzístico de los años setenta. Sin embargo, el dolor y el ahogo de los que nacía su arte hicieron que la vida necesaria para desarrollarlo fuera tristemente segada por quien era su único valedor. El genial Albert Ayler.
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