lunes, 8 de julio de 2024

Pequeño

No conozco la obra de Enrique Bunbury más allá de este disco que hoy comento, el doble que comparte con Nacho Vegas (El tiempo de las cerezas) y su etapa con Héroes del Silencio, de la que tengo en alta estima su último y contundente álbum, Avalancha. Obviamente, Bunbury es una de las figuras más importantes del mainstream español y he escuchado canciones sueltas de varios de sus trabajos sin que nunca haya captado en exceso mi atención. Pero su segundo disco (Pequeño, 1999) me parece un artefacto sonoro que, por extensión, composiciones y múltiples y variados arreglos instrumentales, se despliega y articula en contraposición a su título a niveles musical y cualitativo; es decir, grande y nada pequeño lo que tenemos entre las manos a punto de analizar, contrastar y valorar artísticamente. Veamos canción por canción.

  1. Algo en común: amalgama de folk, rock y pop.
  2. Infinito: fanfarria circense e intimista, si es que tal (o tales) oxímoron es posible.
  3. El extranjero: folk, pop, ska y el influjo de Tom Waits.
  4. Solo si me perdonas: pop, lounge, funk, flamenco y arabescos.
  5. El viento a favor: pop, canción mediterránea en la que caben Joan Manuel Serrat y Nino Bravo, orquestación y matices electrónicos.
  6. Lejos de la tristeza: pop orquestado, lounge y tango.
  7. ¿Dudar?, quizás: música árabe popular y ritmos pop.
  8. Demasiado tarde: rock, pop y calipso.
  9. De mayor: más fanfarria circense intimista, algo de cabaret y de Tom Waits de nuevo y el porqué del título del plástico. "De pequeño me enseñaron a querer ser mayor / De mayor voy a aprender a ser pequeño."
  10. Bailando con el enemigo: o el Bunbury crooner. La balada que faltaba.
  11. Robinson: de estrofa suave y puente y estribillo de potente guitarra eléctrica, tema de intensos contrastes, pues "Solo tres cosas llevaría a una isla desierta / En mil naufragios intentaría perderlas".
  12. Contradictorio: colosal colofón de siete minutos largos cuyo pop progresivo lo corona una fragmento instrumental enardecedor tras declararse el cantante aragonés "en el mismo centro de la contradicción". Guitarra, sintetizador, cuerdas, vientos, bajo y batería se descuelgan con unos minutos musicales espléndidos que cierran una hora corta y gozosa.

Completa el multiforme y arriesgado apartado sonoro unas letras más sencillas y acertadas que las forzadas de juventud barroca y arrogante a las que otorgaba su falsete en tiempos del grupo que le dio fama. Pecados pasados (todos los tenemos) que en nada afectan a este Pequeño que, una vez repasado lo escrito, me hace pensar por qué no habré dado yo más oportunidades a Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy. O Bunbury. 

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