jueves, 22 de septiembre de 2016

Obstáculo

Ella apareció
cuando nadie la esperaba.
No hay nada que temer,
todos se han ido,
dije.

Me miró
como si no dijera la verdad,
o como si dijera una verdad a medias.

Aparté la vista de ella
y miré al parque.
El viento movía los columpios,
imitando torpemente
a los niños que los habían impulsado
por la mañana.

Supe que solo el amor
podría solucionar aquello,
aquello que él mismo había provocado
y que lucharía por mantener
resquebrajado.

La noche volvía
antes de marcharse del todo.
La luz artificial ensuciaba su cara.
No, no es una batalla entre
la libertad y el compromiso,
pareció responder.

El silencio terminó por distorsionar
la realidad.
Ella se fue,
como yo esperaba,
como yo ya sabía.

Y la imaginación
no tuvo nada que ver.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Aullido existencial

Son las seis de la mañana,
y suena el aullido existencial
una hora antes que el despertador,
que ahora es un teléfono móvil.

Pero caes en la cuenta de que es sábado
y de que la excusa de la rutina laboral
no vale.

Buscas y rebuscas. Respuestas
no para encontrar solución
—rara vez caes en ese viejo error—,
sino para saber las causas.

Te aferras a la primordial hostilidad
freudiana y hobbesiana,
que creías que el fin de semana borraba.

El weekend es una mera división cultural,
fugaz opiáceo que con el uso
pierde efectividad.

Es la conciencia del autoengaño,
el principio del fin
que ya no se demorará.

Pensamientos tremendistas que cruzan
tu mente
hasta que el sueño, el olvido,
los arrastra, a la espera de que
el miedo latente
vuelva a llamarlos con más violencia si cabe.
No hace falta que apagues el despertador.
Duerme.


jueves, 15 de septiembre de 2016

Haiku globalizador


Una camiseta por tres euros en España,
una fábrica textil en Camboya:
imagen nítida de la globalización.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Sweetheart Of The Rodeo


Como bien recordaba David Fricke en las notas para la reedición de 1997 de Sweetheart Of The Rodeo, en 1968 la música rock y la música country eran compartimentos estancos artística, cultural y políticamente: la América urbana, joven y progresista frente a la América rural, creyente y conservadora. Es en este contexto donde hay que situarse para comprender en toda su dimensión lo que una simple escucha avanza. Los Byrds han construido en un par de años un mundo psicodélico y experimental que ha dado como resultado tres elepés imprescindibles —Fifth Dimension, Younger Than Yesterday y The Notorious Byrd Brothers— en los que puede haber (y de hecho hay) trazas de country, pero de ahí a deducir o pensar que el grupo de Roger McGuinn pueda grabar un disco completo de dicho estilo hay un abismo. La marcha de David Crosby y Michael Clarke y la llegada de Gram Parsons, sin embargo, harán viable lo imposible, y en marzo de 1968 encontramos a los Byrds en Nashville (aunque volverán a California para completar el trabajo) comenzando la grabación de un álbum muy, muy alejado del que acaban de publicar en enero, el mencionado The Notorious Byrd Brothers. La polémica estará servida para cuando vea la luz meses después: ni los amantes del country quieren a unas estrellas del pop metiéndose donde no les llaman, ni los seguidores de los Byrds quieren oír hablar de algo tan rancio y reaccionario. El tiempo y la distancia, que ahuyentan factores exógenos que distorsionan las valoraciones estéticas y niegan un juicio pausado, hacen que, por fortuna, olvidemos disputas coyunturales y podamos centrarnos en el objeto artístico a valorar, excelente a todas luces que no sean las del sectarismo si aquél es Sweetheart Of The Rodeo.


Dos temas espléndidos traídos por Parsons (el mítico Hickory Wind y One Hundred Years From Now, curiosamente el que suena más byrd de los once) y nueve versiones (dos de ellas, You Ain't Going Nowhere y Nothing Was Delivered, de las Basement Tapes de Dylan, a la sazón grabadas pero no difundidas oficialmente hasta 1975) conforman un álbum musicalmente intachable que justifica plenamente el cambio de rumbo de la banda. Comprendo de sobra la incredulidad de muchos al oír a los Byrds celebrar The Christian Life mientras volvían a observar atónitos la portada vaquera del plástico, pero son pecados perdonables cuando las deliciosas voces y armonías vocales, las guitarras (steel, eléctricas, acústicas), el órgano, el piano, el banjo, la mandolina, el violín, el bajo, el contrabajo y la batería nos sumergen en su cabalgar convencida y brillantemente country. Intérpretes como Lloyd Green, Clarence White, JayDee Maness, John Hartford o Earl P. Ball completan y enriquecen la labor de McGuinn, Parsons, Chris Hillman y Kevin Kelley, redondeando un cuadro sobresaliente a lo largo de su media hora larga.


Por si fuera poca la controversia que el giro estilístico iba a generar, la sustitución a última hora de la voz ya registrada de Gram Parsons en tres de los cortes por la de Roger McGuinn (junto con la de Hillman en One Hundred Years From Now) —asuntos legales, motivos creativos o egos tocados no sentará nada bien al futuro flying burrito, aunque dicha alteración no significará merma ninguna en el perfecto acabado y equilibrio del álbum. (Afortunadamente, de todos modos, le oímos cantar en You're Still On My Mind, Hickory Wind y Life In Prison.) Casi medio siglo después de su publicación, los factores desestabilizadores que rodearon a Sweetheart Of The Rodeo han quedado en elementos históricos a analizar y considerar, pero cuando uno se sienta a escucharlo solo sabe de belleza rotunda cuyas ondas sonoras te envuelven y fascinan sin remedio.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Demolition Preaching


"Es nuestra obligación dejarnos el pellejo por los que lo merecen sean 1 o 1000", podemos leer en el cuadernillo que encontramos en el primer disco de Muletrain. Y vaya que se lo dejan. Prolongación de Aerobith una vez disuelto, el quinteto madrileño se transforma en (bestial) cuarteto con la marcha de la cantante Laura Bitch y la entrada de Servando Rocha a la batería en lugar de Txetxar Bitch. Endureciendo la propuesta ya de por sí contundente de su antecesor, Muletrain debuta en largo con Demolition Preaching (2004), soberbia andanada hardcore atravesada por la violencia y el mal rollo y consecuente con la mezcla de arrogancia y amor por el trabajo bien hecho que desprenden las palabras entrecomilladas al principio. Poison Idea, Zeke, Stooges, Venom, Hard-Ons o Turbonegro son algunos de los referentes que pueden orientar al lector, pero la furia sonora de la banda es solamente suya, y no sería justo o exacto sustentarla en influencias musicales incapaces de explicar el contenido que sostiene el continente. El mencionado cuadernillo que acompaña al álbum, además de traer las letras (en inglés) de canciones tremendas como Black Zodiac, Fist Magnet, Fucked Up Karma, Torn, Demolition Preaching o Born Again, incorpora textos en castellano que hablan de "grotescos experimentos con sujetos humanos" de la CIA; nos recuerdan a David Noebel y sus teorías según las cuales "el Rock n Roll fue creado por conspiradores comunistas"; nos hacen saber de dónde viene y cuándo comienza "la exaltación abierta de la idea de sabotaje consciente"; autoafirman al grupo: "Es nuestro derecho decidir. Es nuestro derecho permanecer ruidosos. Es nuestro derecho prescindir de sus normas y alejarnos de ellos. Es nuestro derecho mantenerlo crudo"; o se alzan como simples apotegmas de la negatividad: "Amarás la demolición sobre todas las cosas". Pistas escritas que complementan la acción del sonido y ayudan a comprender el origen de una música —un sistema podrido e hipócrita atacado por la energía malsana y el odio que genera— tan brutal como la que hallamos en Demolition Preaching, cuya intensidad y rabia se ampliará a todas las grabaciones de Muletrain hasta desaparecer a finales de 2009. Una pena que siga siendo un secreto y seamos tan pocos quienes continuemos reivindicando su entereza, calidad y "el pellejo" que se dejaron sus miembros ahora que ya no existe.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Mingus Ah Um


El arte de Charles Mingus y su posicionamiento en la vanguardia no excluyen los constantes homenajes y miradas al pasado que explícitamente contiene su música, siendo ahí precisamente donde reside una heterodoxia no iconoclasta que no admite injerencias a la hora de expresarse, pero que tampoco reniega de quienes han sido sus maestros. Honrando al pasado y absorbiendo el presente, pues, pero, sobre todo, fabricando imperturbable un discurso ad libitum, discurre Mingus Ah Um, primer elepé del autor de Pithecanthropus Erectus para Columbia, extraído de un par de sesiones grabadas en mayo de 1959 que darán lugar a uno de sus trabajos más celebrados. Con una accesibilidad y una inmediatez mayores que las de otras de las piezas maestras de Mingus —pienso en The Clown, Oh Yeah o The Black Saint And The Sinner Lady—, Mingus Ah Um goza de una musicalidad excepcional, de ésas que te envuelven desde el primer instante con un sonido puro y esencial compatible con las disonancias y estructuras complejas cuando éstas asoman. Bebop, hard bop, swing, blues, gospel y el continuo aire de fanfarria tan típico del contrabajista y sus grupos se dejan sentir durante la escucha del disco en el vibrar y frasear de unos intérpretes magníficos y apasionados. Sobre la base que forman Mingus, Dannie Richmond (batería), Horace Parlan (piano) y Booker Ervin (saxo tenor) se alternan Willie Dennis y Jimmy Knepper al trombón, pasa del saxo alto al tenor Shafi Hadi y maneja ambos saxos y el clarinete en determinados temas John Candy. Guarda el álbum —además— tres tributos a figuras insoslayables del jazz e inspiración fija de Charles Mingus (Lester Young, Duke Ellington y Jelly Roll Morton), y un cuarto que no lo es según su creador pero que por su título y hechuras bien podría homenajear a Charlie Parker, Bird Calls. Una portada de S. Neil Fujita, autor también de la del Time Out de Dave Brubeck (que veía la luz ese mismo 1959), da aún más lustre a Mingus Ah Um, si bien los sonidos que guarda se valen por sí solos para conseguir una excelencia que en nada envidia a la de los modelos mencionados y celebrados. Ahí es nada.

 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Jazz Impressions Of Eurasia


Si a finales de 1956 el cuarteto de Dave Brubeck había dejado registradas sus impresiones jazzísticas de los Estados Unidos, en el verano de 1958 serán las de Eurasia las que animarán al pianista y sus compañeros, quedando reflejadas en un excelente elepé titulado Jazz Impressions Of Eurasia. El grupo venía de una larga gira por Asia y Europa en la que había ofrecido conciertos en diferentes países, y Brubeck quería que aquella experiencia diera forma al álbum. Es así cómo cada una de las seis piezas que contiene se relaciona con uno de los lugares visitados, aunque no todos tengan su sitio.


Nomad está basada en "uno de los más fascinantes países" que, en palabras de Brubeck, pisó su cuarteto: Afganistán. El motivo que desarrollan el saxo alto de Paul Desmond, la percusión de Joe Morello y el contrabajo de Joe Benjamin al principio del tema lleva ecos de esas tierras, pero se transforma rápidamente en feliz cool para que Desmond y Brubeck realicen sus elegantes improvisaciones. El refinamiento de la famosa Brandenburg Gate tiene su origen en Bach y Alemania, magnífico homenaje al imprescindible compositor germano en el que la música barroca se hace jazz. The Golden Horn es el nombre del estuario situado en el Bósforo, luego es Turquía el país al que le toca el turno. Corte veloz, en él destacan los timbales de Morello abriendo y cerrándolo y el vívido solo de Brubeck. Breve acercamiento a Chopin, Thank You (Dziekuje) surge en Polonia y tiene a Brubeck como protagonista absoluto que utiliza "algunos recursos característicos de Chopin al piano", según el propio artífice de Dave Digs Disney. Las emanaciones de la capital del Reino Unido son las que dan vida a las notas de Marble Arch, hermosa descripción costumbrista de Londres que sirve además para que Benjamin y Morello luzcan sus habilidades individuales. Como postre, viajamos a la India de la mano de Calcutta Blues, diez minutos de mágico recogimiento surgidos del contacto con intérpretes tales que Abdul Halim Haffer Khan que en su parte central son ocupados por un largo y llamativo solo de percusión de Joe Morello.


Culminaban de este modo las reflexiones musicales euroasiáticas del cuarteto de Dave Brubeck, puestas a la venta aquel año bajo la simpática portada que preside el texto. Exactamente once meses más tarde de esta grabación, ya con Eugene Wright al contrabajo, entrarán Brubeck y sus acompañantes en el estudio para regalarnos Time Out, obra maestra absoluta que situará a sus autores allí donde solo caben Miles Davis o Duke Ellington. Sin embargo, Jazz Impressions Of Eurasia demuestra que ya antes hacían las cosas estupendamente. Que no se olvide.