jueves, 21 de junio de 2018

Ragged Glory cumple diez años (7). Las palabras de Guzz


A ver cómo narices me enfrento yo a un texto, y por breve —o no— se pretenda a priori, a fin de celebrar la década de existencia de este espacio sin caer en un carrusel de lisonjas en sesión continua Además, caray, que me resulta contra natura (soy fan acérrimo de la bilis y mi principal hobby es buscar llagas donde meter el dátil, esto es así). Sin embargo, más allá de la simpatía incondicional por el autor (que la hay) o el sincero reconocimiento a una prosa impoluta y deudora de alguien más de una vez editado (que también), queda lo más importante desde la perspectiva, egoísta si se quiere (por qué no), del seguidor: la simple y llana gratitud. Sin más. Y es que Gonzalo ha sabido hacer de su Ragged Glory un lugar balanceado para bien como muy, muy pocos. Y lo afirmo sin rubor medie ya que, en definitiva, compartimos promoción de estreno en "la bloguería", y uno ha visto pasar ya muchas cosas desde dicha y entrecomillada plataforma. Ragged Glory és, sigue siendo, un muro de coherencia con sus contenidos, con su estilo insobornable y con su cadencia tan fiable como constante. Un lugar que instruye sin pretenderlo y entretiene por el "cómo" más allá incluso de las complicidades que, por supuesto, genere desde esos mentados contenidos. Todo un logro al que conviene sumar, ya de un muy considerable tiempo a esta parte, el innegable punto de "apestismo" que hoy atesoramos los antaño superheroicos "bloggers" en contraste al inevitable alzamiento de "las redes" y su (infinitamente) más ramplona condición pero que, obvio, facilitan como nada el aquí y ahora en un mundo donde el tiempo está ya a un paso de generar tasas e impuestos. Felicidades todas, pues y faltaría, con fuerte abrazo al autor de éste tan invariablemente nutritivo lugar que, obvio, seguiremos y disfrutaremos sin falta, tanto tiempo como el ínclito tenga a bien mantenerlo en vuelo. Desde cuentas propias, directamente y a fuego ello, es que no va a quedar otra. 

NOTA: Guzz es el autor del blog, mil veces renombrado, In D. Guzz We Trust.

lunes, 18 de junio de 2018

Alive II


Si fuera por el primero de los dos elepés que le dan forma, Alive II (1977) estaría a la altura del primer, excepcional y ya legendario directo de Kiss. La potencia del cuarteto en vivo sigue intacta y se suma a una colección de canciones que en nada envidia a las interpretadas en Alive!, en especial las cinco que —demoledoras, altivas y sexuales— se sitúan en la primera cara. Así es. La energía superlativa que cobran Detroit Rock City, King Of The Night Time World, Ladies Room, Makin' Love y Love Gun al ser expuestas frente a los fans del grupo confirma a Kiss como una de las bandas más excitantes en el panorama hard de los años setenta, o, lo que es lo mismo, de todos los tiempos. Independientemente de alharacas escénicas y maquillajes inconfundibles (parte del espectáculo que no seré yo quien critique), Ace Frehley, Gene Simmons, Paul Stanley y Peter Criss poseen sus instrumentos con la fuerza de los dioses (del rock and roll). Ya en la siguiente cara, ni Calling Dr. Love, Christine Sixteen, Shock Me, Hard Luck Woman y Tomorrow And Tonight rebajan sustancialmente nivel e intenciones, guitarras, bajo, batería y voces roquendo sin contemplaciones sobre la base de composiciones infalibles.


¿Y qué pasa con el segundo plástico? ¿Es que se produce una debacle que lanza el conjunto del doble álbum al cajón de los trabajos prescindibles? ¡No, en absoluto! Si nos olvidamos de Beth, la balada, I Stole Your Love, God Of Thunder, I Want You y Shout It Out Loud siguen mostrando la destreza de Frehley a la guitarra solista, la percusión estentórea de Criss y la lascivia amplificada de Stanley & Simmons. ¿Entonces? Pues que hay una cuarta cara con material nuevo de estudio que, sin ser desdeñable, si supone una merma cualitativa y de intensidad. Independientemente de que Bob Kulick sustituya a Ace Frehley en tres de los cinco cortes, y aun disfrutando de ellos, ni All American Man, Rockin' In The USA, Larger Than Life, Rocket Ride y la versión del Any Way You Want It del Dave Clark Five están a la altura de lo que, salvaje y acerado, les ha precedido sobre las tablas. Ahí donde Kiss mordía, y más si las canciones a defender eran de lo mejor de su repertorio.

miércoles, 13 de junio de 2018

In This Perfect Hell


Nunca hubiera imaginado yo —ignorante uno de las leyes del azar— que un agradable paseo vespertino por las calles de Lisboa más cercanas al Tajo terminara con un vinilo en mis manos de un grupo anglo-japonés de garage rock adquirido en la tienda del sello portugués que lo publicaba. Es así como entraba en contacto con The Routes, banda liderada por Chris Jack y factótum de In This Perfect Hell (2017, Groovie Records), pues, salvo la batería y las percusiones de Jonathan Hillhouse, la producción, la composición y todos los instrumentos corren de cuenta del prolífico músico inglés residente en la localidad nipona de Hita. Sin conocer nada del resto de la obra de la banda, me ciño a lo que los surcos del vinilo me dicen. Primero, lo obvio (o la primera escucha): garage psicodélico que puede sonar, entre otros, a Pretty Things, Sonics, Link Wray, Kinks, Yardbirds, Downliners Sect, Cramps, Cynics, Lyres o Fuzztones. Segundo, lo no tan obvio (o tras varias escuchas): el aroma a  protopunk stooge y space rock de la inicial y majestuosa Thousand Forgotten Dreams; el pop progresivo y no menos expansivo de Something Slipped Through My Window; la tremenda guitarra de Jack en No Permanence, punteando con nitidez y potencia al mismo tiempo en este salvaje rock and roll; el beat naíf de los primeros Stones en su vertiente pop o In Years Gone By; o la cadencia solemne de Perfect Hell, donde Chris Jack saca brillo a su pedal fuzz por última vez. Fuzz de primera categoría inyectado a canciones fenomenalmente construidas por su autor en un disco, en definitiva, excelente, que no inventa nada pero que tampoco pide perdón por mirar al pasado ni se desvive por celebrarlo. Y, sí, la fotografía de la portada es de una tal Yoko Ono. ¿La que ustedes piensan? Ni lo sé, ni me interesa.

lunes, 11 de junio de 2018

'Round About Midnight


Primer álbum grabado por Miles Davis para Columbia, 'Round About Midnight es el comienzo de una relación contractual de la que saldrá una treintena de discos que convertirá al artista norteamericano en el Pablo Picasso de la música jazz, un genio único de imaginación y libertad desbordantes que, como el creador malacitano, no buscaba, encontraba.

Considerado un clásico del primer hard bop, el elepé se debe a tres sesiones desperdigadas entre 1955 y 1956 y es, para mi gusto, el más hermoso de los paridos por el famoso primer gran quinteto de Davis. La extraordinaria versión del 'Round Midnight de Thelonious Monk es de aquéllas que dan valor a todo un trabajo, interpretación de elegancia extrema que trae forjas de cool y bebop pero que ya apunta hacia el jazz modal. La trompeta del autor de Cookin' y el saxo tenor de John Coltrane ejecutan nítidos solos cuyas notas transmiten el misterio y la sensualidad de la noche amparados en una base rítmica sometida a idénticos patrones: Red Garland (piano), Paul Chambers (contrabajo) y Philly Joe Jones (batería). Bebop ortodoxo lleva consigo la excelente lectura del Ah-Leu-Cha de Charlie Parker, uno de los espejos y acicates básicos de Davis durante los años de aprendizaje neoyorquinos. El All Of You de Cole Porter es, en manos de nuestro quinteto, una delicia de aromas hard bop y cool de la que quiero destacar las improvisaciones de Trane y Garland, viento y teclas que dejan rastro del viejo blues en cada una de sus notas. Bye Bye Blackbird, la canción escrita en los años veinte por Mort Dixon y Ray Henderson, es llevada hasta los ocho minutos por la banda de Davis, dando lugar a consecutivos, extensos y espléndidos solos del trompetista, Coltrane y Garland. En contraste, el explosivo y breve swing vestido de bop de Tadd's Delight, composición de Tadd Dameron que se adapta estupendamente al sonido del quinteto. El tradicional tema sueco Dear Old Stockholm, siguiendo el arreglo de Stan Getz, enlaza por duración con Bye Bye Blackbird, pero edifica una estructura muy diferente, hard bop libérrimo marcado (como si se quisiera pedir perdón al contrabajista por haber tenido escaso protagonismo individual) por una larga intervención de Chambers en su primera mitad y una explosiva improvisación de John Coltrane. El cierre de una celebración del buen gusto (bueno, no, exquisito) a cargo de uno de los grupos más brillantes de su tiempo. 'Round About Midnight: la enésima prueba diacrónica para afirmar que es posible, musicalmente al menos, alimentarse solo de Miles Davis.

jueves, 7 de junio de 2018

The Golden Years Of Louis Armstrong

 

Garantizada por los sesenta cortes perfectamente datados que guardan sus tres discos, las notas interiores, las fotos de su libreto y los pocos euros que cuesta adquirirlo, la relación calidad-precio de The Golden Years Of Louis Armstrong hace de este recopilatorio publicado por Soho en 2003 —dentro de una colección que compila a otras grandes figuras del jazz— uno de los más recomendables para adentrarse con un mínimo de rigor en el mundo de Louis Armstrong. Recogiendo grabaciones de los años veinte, treinta y cuarenta con sus diferentes grupos y orquestas, este triple CD resume muy notablemente el poder de la música del maestro de Nueva Orleans, la felicidad melódica de un estilo que quedará dibujado y orientado para siempre en la década de 1920 con bandas pequeñas como los Hot Five y los Hot Seven o diferentes big bands. Su capacidad improvisadora como trompetista será la llave de estilos que Armstrong no verá con buenos ojos (o no comprenderá), pero ni el bebop ni el free jazz hubiesen sido iguales sin las puertas primitivamente abiertas por nuestro hombre. La calidez de su inconfundible voz es la otra mitad del arte de Satchmo, swing y dixieland hechos principalmente para el baile y la diversión pero anticipadores de libertades creativas que, aun yendo demasiado lejos para Armstrong, anclarán su espíritu disruptivo e investigador en las formas alegres y desprejuiciadas de él. Por estos años dorados se pasean joyas como When It's Sleepy Time Down South, West End Blues, Rockin' Chair, When The Saints Go Marching In, St. James Infirmary, Wolverine Blues o St. Louis Blues, deliciosas piezas (son solo un ejemplo) que invitan a la sonrisa y la relajación sin que la gravedad artística se vea disminuida, precisamente al contrario. La de un intérprete clave e inmortal —maestro de ceremonias del entretenimiento— cuyos sonidos siguen dejando en evidencia a aquéllos que, metidos en su conservatorio, no entienden que el acervo popular puede ser igual de clásico que el culto. Iluminado el universo desde el sur de los Estados Unidos, Louis Armstrong y sus acompañantes nos lo dejan claro.

lunes, 4 de junio de 2018

Ragged Glory cumple diez años (6). Las palabras de Alejandro Zambudio


Es muy difícil que hoy en día un blog cumpla diez años. En primer lugar por el desgaste que conlleva actualizarlo y, en segundo, por la paulatina decadencia de Blogspot. Que Gonzalo Aróstegui siga actualizando y deleitándonos con su vasto conocimiento musical, manteniendo la pasión del aficionado, y el análisis del crítico, es un lujo para los que buscamos en la Red una forma de huir del exceso de servilismo de los medios de comunicación, en ocasiones.

Dejando de lado su erudición –lean, si no, sus entradas sobre Dizzy Gillespie, Enrique Morente o Frank Zappa para corroborarlo–, la virtud de Gonzalo es la de decir más con menos; y eso, en una época en la que escasean el rigor, la brillantez y el análisis se agradece. Diez años de un blog, «Ragged Glory», que tiene que ser de lectura obligada para todo aquel que se considere un melómano empedernido como Gonzalo. Esperemos que entienda que algunos de nosotros crecimos musicalmente con su blog y lo prolongue otros diez años más. Felicidades, compañero.

NOTA: Alejandro Zambudio fue autor del ya desaparecido blog Our Gods Are Dead y colabora con varios medios, eldiario.es, sección de Murcia, entre ellos.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Blackstar


Cuando ya parecía alejado definitivamente de la música, David Bowie sorprendía a sus aficionados con la publicación en 2013 de The Next Day, álbum que le mostraba inquieto y en forma. Pero el manotazo definitivo encima de la mesa lo iba a dar dos días antes de su muerte haciendo público el que sería su último elepé, Blackstar. El 8 de enero de 2016 veía la luz el testamento artístico del autor de Ziggy Stardust, siete temas que arrostraban el final insoslayable con la categoría máxima de un creador que no rendía sus capacidades al desánimo o la parálisis que de la asunción de la parca se pueden deducir. Su cuerpo se desintegraba, su mente nos hablaba libre y lúcida.


Blackstar, o la estrella negra dibujada de la canción y la portada, es la pieza más radical del disco, y al ser la que lo inicia infecta esa radicalidad a todo su concepto. Electrónica, rock, jazz y pop orquestado se citan en los diez minutos de vanguardia que conforman un tema que arroja corsés por la ventana para volar sobre el oyente diciendo adiós a cualquier prejuicio que le impida sumergirse en la belleza trascendental de sus sonidos. 'Tis A Pity She Was A Whore mantiene muchos de los elementos estilísticos de su predecesora, pero utilizados en una canción más pegadiza y convencional que, sin embargo, no renuncia a la experimentación ni es menos excelente. Anunciadora del colapso que llega, Lazarus es una composición sobrecogedora en la que Bowie nos habla desde el más allá antes de marcharse. "Mirad aquí arriba, estoy en el cielo" canta en su primer verso, desencadenante del escalofrío que recorre de arriba abajo una pieza de orfebrería musical magistralmente ejecutada. Sue (Or In A Season Of Crime) y Girl Loves Me son rock electrónico y ambiental que habría encajado en Earthling o en 1. Outside, el Bowie industrial de los noventa descendiente de Low. En contraposición, el más melancólico e introvertido da rienda suelta a su faceta de crooner posmoderno en Dollar Days y I Can't Give Eveything Away, los dos cortes que cierran Blackstar. Fantásticamente arreglados e interpretados, ambos dan por concluido un trabajo magnífico y el misterio que el artista inglés se llevaba a la tumba nada más aparecer en las tiendas físicas y virtuales. El de un genio irrepetible que como tal se mantuvo hasta el último de sus días.