miércoles, 3 de marzo de 2021

Vol. 4

Todavía en su máxima expresión, el cuarto elepé de Black Sabbath es una obra maestra más de la banda de Birmingham, rock pesado seminal y de arrebatadora personalidad cuyas características influirán tremendamente en el heavy metal, el hardcore, el sleaze rock o el grunge, pero sin el mismo éxito u originalidad. Como había sucedido en Paranoid, el título no fue aceptado para el álbum, pues el mensaje favorable (o permisivo) a las drogas que lanzaba Snowblind hería la sensibilidad de aquéllos que no iban a comprar el plástico ni a permitir una apología pública de lo que consumían (o no) en privado.

Vol. 4 (1972) no solo muestra al grupo en pleno estado de forma, sino con ganas de dar un paso adelante. Wheels Of Confusion parte de un típico riff made in Iommi para expandirse a terrenos progresivos en sus ocho minutos largos. Mucho más breve, Tomorrow's Dream es un tema agresivo que antecede a la gran sorpresa del disco. Con letra de Geezer Butler sobre la ruptura de Bill Ward (curiosamente el único miembro del cuarteto ausente en esta canción) y melodía de Tony Iommi que es interpretada por Ozzy Osbourne en compañía de piano, mellotron y bajo, Changes es una preciosa balada sentimental que amplía la paleta de los autores de Sabotage. No menos sorprendente es esa miniatura instrumental llamada FX, experimento electroacústico de la guitarra de Iommi a emparentar con la tradición vanguardista europea aunque ni él ni sus compañeros se lo tomaran muy en serio. Pero no, no ha perdido Black Sabbath el oremus rocker que siempre le ha guiado. Tríada consecutiva, Supersnaut, Snowblind y Cornucopia lanzan sus granadas metálicas de tempos moderados pero enorme potencia sónica. Las guitarras acústicas y el mellotron guían el segundo instrumental con el que nos topamos, Laguna Sunrise, y St. Vitus Dance retoma el acero, no obstante con mayor brevedad. Under The Sun echa el cierre sonando a puro Sabbath y trayendo acordes y ritmos de War Pigs y Electric Funeral, adiós hecho de reminiscencias a un fantástico cuarto volumen. El quinto y el sexto mantendrán asimismo viva una llama, como en Ragged Glory ya hemos contado, que hasta 1975 escribió con distorsión, magia diabólica y mucho talento una de las páginas sagradas del rock and roll.

lunes, 1 de marzo de 2021

How My Heart Sings!

Grabado en paralelo a Moon Beams en mayo y junio de 1962, pero publicado más tarde que el álbum de Nico como reclamo, How My Heart Sings es ejemplo de que sin Scott LaFaro el trío de Bill Evans sigue facturando música excelente pero no cum laude. Chuck Israels sustituye a LaFaro con enorme solvencia, Paul Motian toca su batería tan bien como siempre y Evans nos sumerge en la melancolía de su teclado calándonos hondo con ciertas figuras de belleza sobresaliente. Con menos baladas de lo habitual, destacan en el elepé las versiones del Summertime de George Gershwin, el Ev'rything I Love de Cole Porter y el In Your Own Sweet Way de Dave Brubeck, delicioso diálogo diacrónico entre los dos pianistas blancos más importantes de la historia del jazz, al menos de la segunda mitad del siglo XX; pero entre esas apropiaciones la del aria de Porgy And Bess es, en mi opinión, la cumbre del trabajo. La interpretación de los tres protagonistas es sublime y su manera de abordar el tema muy original, si bien considero de justica resaltar la labor inmensamente delicada de Israels y su contrabajo, que también brilla especialmente en la mejor de la tres composiciones que aporta Evans, 34 Skidoo. Sin embargo, las cuerdas de su instrumento, garantía de (mucha) calidad, no hacen olvidar completamente la sombra de Scott LaFaro, pues Portrait In Jazz, Explorations y los dos directos en el Village Vanguard neoyorquino registrados días antes de su muerte son demasiado argumento incluso para un disco tan recomendable como How My Heart Sings!

jueves, 25 de febrero de 2021

Sister

Paso previo al del apabullante Daydream Nation, Sister (1987) es otra obra maestra de Sonic Youth y el rock alternativo de los años ochenta, con Steve Shelley ya asentado como baterista de la banda y parte esencial de un sonido que, sin perder la pasión por el ruido (que diría Barricada) ni la actitud punk, apuesta por una vertebración más tradicional de las canciones, si es que el vocablo tradicional puede utilizarse al hablar de los autores de Evol. En efecto, cualquiera que acuda aquí buscando melodías a lo Platters o The Mamas And The Papas, por ejemplo, puede llevarse tal chasco y salir tan asustado que capaz será de acuchillar a quien se haya atrevido a afirmar, como servidor, lo que recoge la primera frase de este texto. Controlar el caos eléctrico y el ritmo desbocado y hacer de la pulsión disonante composición pop; tratar de que el hardcore atonal torne himno callejero y dejar espacio para la improvisación hija del free jazz y del krautrock: estas tres podrían ser las consignas de un grupo que se resiste a abandonar la inmediatez o a rendirse a su prurito avant-garde, tal y como hará en la década de 1990 con Washing Machine, A Thousand Leaves o la inauguración de la serie SYR. Ejemplo de lo comentado serían —yuxtaponiéndose y contrastando— la versión del Hot Wire My Heart de Crime y los cinco minutos de Cotton Crown, la pieza más larga del trabajo, aunque también valdría la pareja (I Got A) Catholic Blood (tremendamente creativas las baquetas de Shelley) y Beuty Lies In The Eye. El resto, la influencia de Philip K. Dick en el concepto del elepé, la censura de la portada al aparecer en su esquina superior izquierda una menor y el tema extra en la versión digital (el espléndido Master=Dik del homónimo epé), poco aportan a la valoración global de Sister, grabado por una banda en plenitud de facultades, con las cosas muy claras y que al año siguiente multiplicaría por dos la apuesta.



lunes, 22 de febrero de 2021

On Fyre

Pocos discos tan aclamados por los fans del renacer del garage rock de los ochenta como la puesta de largo de los Lyres, On Fyre. Publicado en 1984, el elepé lo tiene todo para caer rendidos ante él, empezando por uno de los himnos definitivos del grupo y del movimiento: Don't Give It Up Now, que parte del Lucifer Sam de Syd Barrett y Pink Floyd para virar a otros terrenos y convertirse en una irresistible delicia pop liderada por la voz y el órgano de Jeff Conolly. Cuatro composiciones suyas más completan las cinco originales de la banda de Boston, que se codean sin problema alguno con las cinco versiones que contiene el plástico, mérito que aumenta el que dos sean de los Kinks (Love Me Till The Sun Shines y Tired Of Waiting For You, recortadas las dos últimas palabras del título aquí), influencia que se refleja asimismo en I'm Tellin' You Girl, breve pieza cuyo riff está fusilado del de You Really Got Me. Música, la de On Fyre, sencilla e inmediata pero cargada de un inmenso encanto, que, además de los instrumentos tocados por Conolly, cuenta con la guitarra de Danny McCormack, el bajo y los coros de Rick Coraccio y la batería de Paul Murphy. El soul, la psicodelia y el high energy enriquecerán la propuesta del segundo álbum de los Lyres, un Lyres Lyres que no abandona en ningún caso el garage, aunque su (relativa) expansión estilística lo convierta en mi favorito del grupo hoy por hoy, siempre muy cerca de este espléndido debut que hemos glosado.


 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Pequeñas puertas que se abren y pequeñas puertas que se cierran

Tras los trabajos compartidos con Diabologum y Corcobado, Manta Ray registraba su segundo y excelente álbum (Pequeñas puertas que se abren y pequeñas puertas que se cierran, 1998), paso adelante de la banda asturiana y último con Nacho Vegas como miembro de la misma, acontecimiento que en nada perjudicará a los autores de Torres de electricidad y que sumará una gran carrera en solitario.

La gravedad, el dramatismo y el misterio conducen un disco en el que la osamenta básica del rock (guitarra, bajo, batería) se ve superada por la presencia de caja de ritmos, theremin, metalófono o samples (Maria Callas, Jacques Brel, Moonshake, Astor Piazzola, Einstürzende Neubaten y Marianne Faithfull) en la línea vanguardista que Manta Ray había heredado de los movimientos experimentales agrupados bajo etiquetas como psicodelia, krautrock y —posteriormente— post-rock. Cual ensimismada banda sonora de una película de David Lynch atravesada por la herencia de Kraftwerk, Neu!, David Bowie y Brian Eno, Pequeñas puertas… desarrolla una musicalidad exquisita, esmero instrumental que refulge especialmente en "X" Track, Sandun, Wide-o Blues y Sad Eyed Evil, que con su magnífico crescendo se encarga de completar las once canciones del conjunto.

No nos dejamos en el tintero las colaboraciones de Chris Brokaw en esa desconstrucción country que plantea Smoke y de Thalia Zedek en la nana sui géneris Stars In Your Eyes; es decir, de la columna vertebral de Come. Dos nombres que siempre aportan y que sirven para dar aún más prestancia a unas puertas tras las que se esconderá —solo habrá que esperar dos años— la obra maestra de los de Gijón: Esperanza.



lunes, 15 de febrero de 2021

AC/DC Live

A pesar de haberse grabado en la gira del que probablemente sea su peor disco, The Razors Edge, y no contar con Phil Rudd a la batería (Chris Slade tiene un estilo y un tempo que no me cuadran con los australianos), siempre es un placer escuchar en vivo a AC/DC. En la edición doble, AC/DC Live (1992) trae 23 temas que sirven para comprobar que la banda, con los matices rítmicos comentados, se come el escenario pero no puede evitar la comparación entre las canciones nuevas y las clásicas. Thunderstruck se hunde al sonar tras ella Shoot To Thrill; The Razors Edge y Moneytalks son boicoteadas por la clase inmarcesible de Dirty Deeds Done Dirt Cheap, situada entre ambas; y Are You Ready es respuesta impropia a Hells Bells. Solo Fire Your Guns conserva el tipo antes de la pantagruélica versión de Jailbreak con las correspondientes exhibiciones de Angus Young al principio y en mitad del corte. Cualquier desliz es perdonado por la traca final, que explica por qué los autores de Powerage no tienen rival en esto del rock and roll. High Voltage, You Shook Me All Night Long, Whole Lotta Rosie, Let There Be Rock, Bonny, Highway To Hell, T.N.T. y For Those About To Rock (We Salute You) son descargas del olimpo en el que moran guitarra eléctrica, bajo y batería, goce absoluto que nosotros, súbditos mortales de la música del diablo, recibimos con los brazos abiertos y la garganta preparada para aullar. Que se haga la luz… digo el rock.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Fatalidad, desasosiego y muerte


Durante el visionado de El demonio de las armas (Jospeh H. Lewis, 1950) asaltarán al espectador medianamente avezado fragmentos de El último refugio (Raoul Walsh, 1941) y Bonny And Clyde (Arthur Penn, 1967), películas de violento y morboso romanticismo, destino trágico y similar argumento. Pero más allá de similitudes e influencias que recibe y otorga, la cinta de Lewis es un ejemplo de concisión narrativa y un clásico del cine negro que no ha perdido nada de efectividad o vigencia. El camino de destrucción de la pareja protagonista es puesto en escena con una pericia y exactitud que tienen su máxima expresión en el atraco rodado en un solo plano con la cámara colocada en la parte de atrás de un coche. El guion bien construido por un Dalton Trumbo que no aparece en los créditos —víctima perenne de Joseph McCarthy— es sublimado por unas imágenes dramáticas de principio a fin y destiladas de elementos superfluos que no aporten un avance en la narración o un elemento expresivo de importancia. Desde el comienzo en que conocemos la pasión de Bart  (John Dall) por las armas hasta el desgarrador, bellísimo e ineluctable final de Annie (Peggy Cummins) y él —rodado entre brumas de perdición—, la mirada de Lewis busca la verdad de sus personajes sin el ánimo de emitir juicios o comprenderles excesivamente. Lo que vemos durante la hora y media escasa del largometraje es lo que hay, una carretera hacia la desolación sin desvío alguno a la esperanza de la que podríamos extraer la moraleja obvia de que quien juega con fuego se quema o la bofetada de realidad de que el ser humano no puede luchar contra su naturaleza. Como en toda buena y compleja obra de arte, será el receptor quien tenga que razonar al respecto y decidir en qué manera se siente reflejado. O sencillamente pasar un buen rato con un pedazo de celuloide inmortal.