lunes, 20 de agosto de 2018

Electric Mud



América estaba en ácido y Muddy Waters se iba a subir al carro. El resultado de ello, un álbum llamado Electric Mud, que en 1968 espantó a los puristas del blues y que tampoco gustó al maestro Morganfield. Escuchado cincuenta años después, creo innegable que nos hallamos ante una obra maestra del rock pesado y psicodélico que sigue siendo capaz de descolocar y asustar a buen número de oyentes. Por mucho que las intenciones de Chess fueran crematísticas, buscando que Waters estuviera a la última y vendiese miles de discos (cosa que así fue), la conjunción del blues eléctrico de Chicago con el rock hendrixiano y la improvisación del jazz (incluso free) dio con un elepé sumamente vanguardista y adictivo. Guitarras rendidas al fuzz y al wah-wah (entre ellas las de Phil Upchurch y Pete Cosey, que estará en la grabación del extraordinario homenaje de Miles Davis a Duke Ellington tras su muerte en 1974: He Loved Him Madly), una batería nerviosa que no para de generar figuras, un bajo lleno de funk, órgano, teclado y saxo tenor acompañan al vozarrón del autor de Hard Again en un viaje tenso y denso que no es de extrañar que Chuck D reivindique, pues las capas de sonido de Public Enemy y su protesta vociferante conectan perfectamente con la amplificación de Electric Mud. Tres composiciones de Willie Dixon (I Just Want To Make Love To You, I'm Your Hoochie Coochie Man y Same Thing), dos del propio Morganfield (She's All Right, que termina convertido en el My Girl de los Temptations, y I'm A Man (Mannish Boy), una de los Stones (la sorprendente lectura de Let's Spend The Night Together), una de Sidney Barnes y Robert Thurston (Herbert Harper's Free Press) y otra de Charles Williams (Tom Cat) sirven de base al caudal lisérgico que sale de los instrumentos, encargados de modificar, distorsionar y, en última instancia, rasar temas nuevos y antiguos mediante su apabullante apuesta por la psicodelia más corrosiva. Un discurso musical coherente de principio a fin que sigue generando controversia hoy en día, pero cuya cruda belleza es una de las cimas, aun apareciéndosenos aislada, de la obra de Muddy Waters. Es lo que tienen las bombas de relojería, que ni sus mismos creadores son capaces —a veces— de valorarlas o defenderlas.

jueves, 16 de agosto de 2018

Good God's Urge


Lejos de la magia y la creatividad de Jane's Addiction, Porno For Pyros fue el proyecto escogido por Perry Farrell y Stephen Perkins para seguir adelante tras la ruptura de una de las bandas más tremendas nacidas en los años ochenta. Ninguno de sus dos discos aguantaba el cotejo con Nothing's Shocking o Ritual de lo Habitual, ni incluso con el único álbum que publicaría la otra mitad del grupo bajo el nombre de Deconstruction, pero una escucha calmada del segundo plástico de Porno For Pyros (Good God's Urge, 1996) permite disfrutar de una música ecléctica que, en su conjunto, supera la de su homónimo debut.


A pesar de no contar con un single tan especial como Pets —canción que destacaba sobremanera en Porno For Pyros—, hay en Good God's Urge un intento de abarcar terrenos diferentes y de no ser una prolongación innecesaria y algo fofa de lo que con tanta originalidad y potencia había desarrollado Jane's Addiction. Con la presencia de Daniel Ash, David J. y Kevin Haskins (Bauhaus y Love And Rockets), Porpoise Head inaugura el álbum cual soul industrial de fin de siglo. 100 Ways cruza rock, música electrónica y folclore fronterizo mexicano, conviviendo el violín y la trompeta con los samples, los teclados, la guitarra, el bajo y la percusión. En Tahitian Moon la psicodelia eléctrica y desbocada se alterna con la acústica y pausada, mixtura extraña pero atractiva que antecede a la desnudez de Kimberly Austin, en la línea de la gloriosa Jane Says y con solo de armónica de Farrell. Sigue atado a la guitarra acústica Peter DiStefano en Thick Of It All, prolongado mantra que es a su vez la pieza más extensa del trabajo. Good God's://Urge! es un tema dividido en dos: Good God's, de emocionantes acordes y suaves sonidos entre los que sobresale el bajo de Mike Watt jugando a ser Eric Avery, y Urge!, balazo rocker que busca el contraste ex profeso. También lo hace Wishing Well, cuya calma inicial no impide que la furia se apodere en determinados momentos de la canción, aquellos en los que Leo Chelyapov colabora con su clarinete. Comandado por la imponente batería de Perkins, Dogs Rule The Night es el corte más salvaje de los diez que nos encontramos, allí donde DiStefano desata una tormenta guitarrera digna de Dave Navarro. Es precisamente el antiguo compañero de Farrell y Perkins —visita obligada— quien se encarga de las seis cuerdas en la introducción de Freeway, aunque los verdaderos protagonistas sean Flea y las filigranas de su bajo. El miembro de Red Hot Chili Peppers, que se había hecho con el instrumento de Martyn Le Noble, se lo devuelve para que lo toque en Bali Eyes, final relajado y hermoso de un trabajo digamos que notable que cerraba una carrera corta y digna. Aunque siempre a la sombra de la de la banda madre, quizá hagamos mejor en olvidarnos de tan injusta comparación y disfrutar en la intimidad de las virtudes de Porno For Pyros y su Good God's Urge.

martes, 14 de agosto de 2018

Ragged Glory cumple diez años (9). Las palabras de Sara Rosales Fernández


Diez años de blog, que grande eres Aróstegui, humildemente voy a dedicarte unas palabras, mi pluma no es de escritora, bloguera, etc., yo te escribo desde el corazón y con mucho pudor si cabe, también he de decirte que la música no es mi fuerte, por lo que me voy a abstener de hacerte una crítica musical.

Lo que yo sé es admirarte, es verte día a día como dedicas parte de tu tiempo a que Ragged Glory siga en pie, a que ese espacio al que dedicas parte de tu vida y esfuerzo se vea reflejado en cada entrada que haces. No escribes de un disco porque sí, escribes porque lo conoces, te documentas, no dejas un cabo suelto para que todo salga bien, al igual que un director su obra de teatro.

Comencé leyendo tu blog como "anónimo", creo que la vergüenza de que supieses que era yo era mayor de lo que creía, terminaba mi crítica escribiendo "tienes magia en tus manos", a día de hoy lo sigo pensando. La magia está presente en cada cosa que haces, cada palabra que sale de tu boca o incluso en cada rareza que voy conociendo día a día en ti.

Estoy orgullosa de ser quien comparte tu vida, camina a tu lado y duerme en tu cama. Juntos hemos formado una familia preciosa a la par que alocada.

Eres grande Aróstegui, palabras que no me canso de decir ni escribir, sigue escribiendo como lo haces y conseguirás, no diez, sino cien años más de Ragged Glory.

El día que ya no estés en este mundo, dejarás huella, dejarás olor a triunfo.

TE ASMO.

NOTA: Sara Rosales es dinamizadora social de Carabanchel y mi compañera.

domingo, 5 de agosto de 2018

Funkadelic


La materia ácida y expansiva de la que se nutrirá el colosal Free Your Mind And Your Ass Will Follow —ontología para seres desviados y friquis varios— ya conformaba cinco meses atrás el también imprescindible debut de Funkadelic. Era el año 1970 y el funk, la psicodelia, el gospel y la distorsión made in Hendrix se aliaban en Detroit para parir unos sonidos tan poderosos como los de MC5 y Stooges de groove afroamericano y delirantes letras. El grupo dirigido por George Clinton nos entrega siete temas extensos (el más corto roza los cuatro minutos) que muestran su propensión a volar, esparcimiento lisérgico que la caleidoscópica portada advierte al oyente previamente. Música carnal y exploratoria que navega a partir de excelentes composiciones que no son meros vehículos para la experimentación, pero que en las que ésta juega un papel importante. Voces, guitarras (la solista, la del genial Eddie Hazel), bases rítmicas y órganos se conjuran —producidos y guiados por Clinton— en busca de una personalidad artística estentórea y comunal que desde su primera andanada deje claros sus motivos e intenciones. Los de una banda portentosa que durante la década de los setenta desarrollará un trabajo cuyas semillas —bien plantadas y abriéndose— contiene por completo Funkadelic, y que sobre sus fundamentos crecerá exuberante y espléndido.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Holland


En los Países Bajos y con un Brian Wilson que solo hará puntuales aportaciones, los Beach Boys van a grabar un disco tan olvidado y sobresaliente como Holland (1973), que conecta con el anterior Carl And The Passions "So Tough", publicado solo siete meses atrás. Los nuevos aires traídos por Blondie Chaplin y Ricky Fataar, los dos exquisitos y personales temas de Dennis Wilson, la mínima presencia de Brian y la ambición artística de un grupo en plena forma a pesar de no contar con su líder (sin el cual no hubiera existido el giro dado a mediados de los sesenta en busca de una nueva y compleja mirada a la música pop) son elementos de coincidencia que hacen del elepé una especie de segunda parte de su predecesor, sin que esto le reste un ápice de belleza.


Sail On, Sailor no iba a formar parte del trabajo, pero la falta de una canción que sirviera de single, en opinión de la compañía discográfica, hizo retomar y completar una composición de Brian Wilson que, cantada por Chaplin y registrada en California, abre con plenitud el plástico. La primera de las mencionadas aportaciones de Dennis, Steamboat, es una inclasificable y poética ensoñación —"El río es un sueño en tiempo de vals"— que corrobora las mágicas capacidades creativas del autor de Pacific Ocean Blue. Delicado country cantado y escrito por Mick Love, Big Sur es la primera de las tres piezas que conforman California Saga. Le sigue The Beaks Of Eagles, que, musicada por Al Jardine, alterna el recitado de un poema de Robinson Jeffers —fantasmagóricos flauta, teclado y voces de fondo— con las tradicionales y entregadas armonías vocales de los Beach Boys. También compuesta por Jardine, Californía cierra la trilogía acercándose a la primera etapa del grupo desde un punto de vista, digamos, adulto.


La segunda mitad del álbum la inician los dos temas más largos del mismo (ambos por encima de los cinco minutos), The Trader y Leaving This Town. El primero de ellos fabricado con gloriosas notas salidas de la cabeza de Carl Wilson; el segundo, construido por Fataar, Chaplin y Carl, haciendo que el soft rock aparente mute en progresivo dirigido por un magistral solo del sintetizador de Fataar. La letra de Love y la melodía de Dennis hacen de Only With You una balada elegante y precisa con el sello del mediano de los hermanos Wilson. Es el mayor, Brian, quien vuelve al disco para regalarnos una canción nacida de su imaginario más experimental, Funky Pretty, que no solo coescribe, sino en la que toca todos los instrumentos que escuchamos (batería, percusión, piano, sintetizador) excepto las voces.


Holland acaba así —un trabajo totalmente satisfactorio—, pero además del elepé convencional la edición añadía un EP titulado Mount Vernon And Fairway (A Fairy Tale), donde Brian Wilson nos trasladaba a sus "noches adolescentes en la casa de la familia Love (en la intersección de Mount Vernon y Fairway), escuchando en la oscuridad un transistor. Brian lo escribió en Holanda en un estado casi de ensueño", en palabras de Scott McCaughey, quien añade: "mientras escuchaba continuamente el Sail Away de Randy Newman". Ensimismado y volcado en este moderno cuento de hadas, Brian se olvidó prácticamente del disco que los Beach Boys habían venido a grabar a Europa y compuso un curioso EP que McCaughey emparenta de alguna manera con Smile (y Smiley Smile, añado yo). Me sumo y me sirvo de ello —esperando reparar parcialmente la injusticia— para cerrar este texto sobre un álbum del que poco se habla a pesar de sus muchas bondades.

lunes, 30 de julio de 2018

Electric Sweat


Si con People Get Ready The Mooney Suzuki había debutado en formato largo demostrando que de garage, high energy y R&B sabía un rato, su segundo álbum (Electric Sweat, 2002) iba a confirmar que la banda de Sammy James Junior pisaba fuerte y no se había tirado ningún farol, colocándose en lo más alto de una hipotética liga que The Cherry Valence o Zen Guerrila también aspiraban a ganar.


El corte homónimo que encabeza la colección de diez canciones entregada es pura energía made in Detroit, allí adonde el grupo ha ido a ponerse a las órdenes de Jim Diamond. Y se nota. Rock and roll básico y salvaje, el sudor eléctrico que predica su título y enseña la portada marca territorio y tiene su continuación en In A Young Man's Mind, tema que transpira MC5 desde la base rítmica a los punteos de las guitarras. Un riff básico de los que Stones y Faces aprendieron de Chuck Berry sostiene Oh Sweet Susana, mientras que A Little Love conjuga protopunk y power pop. It's Not Easy repite fórmula, escorándose incluso hacia el merseybeat durante la primera mitad. Sigue The Mooney Suzuki sin renunciar a su cara pop (que en el futuro se adueñará del último trabajo en estudio del cuarteto, Have Mercy) en Natural Fact. It's Showtime Pt. II es un excitante instrumental R&B que cuenta con un delicioso órgano en su interior. I Woke Up This Mornig retoma la potencia high energy en una composición que tiene mucho de hard soul y de los Rolling Stones más crudos y directos. Soul en forma de balada clásica es lo que nos ofrece The Broken Heart (pasado por el filtro garage rock de unos Lyres), penúltimo paso de un elepé excelente que cierra Electrocuted Blues como lo había abierto Electric Sweat pero sin letras: convocando a los Sonics, a Jimi Hendrix, a los Stooges, a Barrence Whitfield y sus Savages y a fieras similares maestras de la distorsión. Es decir, celebrando el rock and roll como ya casi nadie sabe en el siglo XXI.

miércoles, 25 de julio de 2018

A Thousand Leaves


La sobreabundancia noise del final de Washing Machine —esa extensísima y colosal pieza llamada The Diamond Sea— y los primeros volúmenes de las Sonic Youth Recordings hacían predecible un álbum de canciones largas como A Thousand Leaves (1998), aunque no la rebaja de agresividad en alguno de los pasajes del mismo. Sea como fuere, y antes de pasar al análisis detallado, diré que a mí es un disco que me gusta mucho, y que, en lo básico, los axiomas estéticos de Sonic Youth se mantienen intactos.

Pura vanguardia enrocada y altiva, Contre le sexisme es una orgullosa declaración de principios artísticos y políticos a la que sigue Sunday, espléndida canción pop para describir el séptimo día de la semana (aquél en el que según la mitología bíblica Dios descansó) a la que no falta el clásico (y fulgurante) injerto atonal de la banda. El minimalismo hipnótico y poético de Female Mechanic Now On Duty se dispara hasta los casi ocho minutos, si bien Wildflower Soul supera los nueve en su bella recopilación de leitmotivs sonoros del cuarteto neoyorquino. Hoarfrost y French Tickler rebajan duración y electricidad (aunque el segundo de los temas tenga accesos de furia muy de la casa), calma tensa que asimismo se traspasa a la majestuosa Hits Of Sunshine (For Allen Ginsgberg), once minutos en recuerdo del mítico poeta Beat, y, en parte, a Karen Koltrane, si bien sus imprescindibles nueve minutos contengan mayores distorsión y disonancias. Irónica, mordaz, hiriente: así se me aparece la Kim Gordon que impreca al oyente en The Inefable Me. Snare, Girl apuesta por la laxitud antes de que Heather Angel —endureciéndose conforme avanza— concluya un álbum cercano a la hora y cuarto en el que Sonic Youth reflejaba los inevitables cambios que traen la madurez y la paternidad. O las ganas de investigar y avanzar de un grupo que con A Thousand Leaves demostraba que se puede crecer y matizar sin perturbar en lo más mínimo tu (radical) enfoque fundacional.