miércoles, 17 de octubre de 2018

Yo no quiero matar a nadie (en la España franquista)


Luis García Berlanga ya había ironizado sobre la España cateta y atrasada en la que le había tocado vivir al rodar títulos como Bienvenido, Mister Marshall (1953) o Los jueves, milagro (1957), pero Plácido (1961) y El verdugo (1963) convirtieron el sainete en esperpento al acentuar el humor negro de los argumentos y aumentar la sátira y el absurdo con el uso de sus famosos planos secuencia en los que se agolpan los personajes. La realidad grotesca y agobiante de un país gobernado por la ignorancia y el sectarismo fue perfectamente retratada por la técnica cinematográfica de Berlanga en dos cintas antológicas que, partiendo de guiones del director y el impagable Rafael Azcona, multiplican con su puesta en escena las posibilidades del texto escrito mientras hacen comedia del drama más profundo.


El verdugo es en mi opinión la creación más redonda del autor de Calabuch (1956), a la altura de las obras maestras de Billy Wilder o Federico Fellini, bien por su implacable estructura narrativa, la riqueza inagotable de sus imágenes o el surrealismo injertado en la realidad castiza del Madrid de entonces. La historia de un tipo que no quiere ser verdugo pero que se ve arrastrado a serlo es, al mismo tiempo, un retrato de las mezquindades e hipocresías de la sociedad española bajo la dictadura, un alegato contra la pena de muerte y una descripción universal del monigote que, al no saber defender o imponer su criterio, acaba convertido en la más vil de las personas. Constantemente, el no de José Luis (Nino Manfredi) se convierte en un sí, mezcla de debilidad y estulticia que puede ser delirante (la escena en la que va con su yerno Amadeo —Pepe Isbert— a la firma de libros de un escritor para conseguir una recomendación) o aterradora (el momento perentorio, rodado en un impresionante plano general, en que es conducido a regañadientes a ajusticiar al condenado).


Sin embargo, la brillantez absoluta de la película se debe a que ninguno de sus fragmentos tiene desperdicio. Secuencias como la de la Guardia Civil buscando a José Luis en las cuevas del Drach, donde asiste a un espectáculo musical con su mujer Carmen (Emma Penella), o la visita de estos dos en compañía de Amadeo al piso en construcción que van a adquirir, amén de las mencionadas arriba, pueden quedar especialmente grabadas en la retina del espectador, pero es en el perfecto acabado de cada una de las partes, en la coherencia de la ilación de todas ellas y en la información que tácitamente dan las elipsis que produce dicha trabazón donde reside el secreto de uno de los mejores largometrajes españoles de todos los tiempos. La fotografía de Tonino Delli Colli y el reparto que completan secundarios de lujo como José Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Lola Gaos, Chus Lampreave, Saza o Agustín González ponen la guinda a El verdugo, a la que no faltan la habitual mención al Imperio austrohúngaro de Berlanga y la pelea, no menos corriente, con la censura franquista. Censura que nada pudo con la maestría del realizador valenciano y sus colaboradores.

lunes, 15 de octubre de 2018

Black Milk


Nunca perdieron los Beasts Of Bourbon su condición de grupo paralelo y secundario, cual bote a punto de ir a la deriva en cualquier momento al que un golpe de viento afortunado o un hábil giro de timón salvan de la zozobra. A merced de bandas como los Scientists o los Johnnys, el quinteto australiano encontró a finales de los ochenta y principios de los noventa el espacio suficiente para desarrollar el grueso de su obra. Hurgando en el mismo agujero cavado por su segundo, anterior y excelente elepé Sour Mash, Black Milk (1990) es un trabajo largo y sinuoso en el que siguen vivas la marca de Tom Waits (escuchen Finger Lickin' o las consecutivas A Fate Much Worse Than Life y El Beasto) y la intención constante de la banda de retorcer blues, garage rock, gospel, country y lo que se tercie para adaptarlo a la perdición (iba a decir negatividad, pero no) de su universo lírico. Las guitarras de Kim Salmon y Spencer P. Jones gimen procaces y adictivas, pero manejan con gusto la suavidad cuando hace falta (Cool Fire, Blue Stranger o I've Let You Down Again); Tex Perkins canta como el chuloputas refinado que es o interpreta ser; y Boris Sujdovic y James Baker son (por última vez) la buena base rítmica que necesita el grupo. Alguna voz, algún piano y algún acordeón prestados completan los sonidos —miento: Jones también toca ese instrumento que cruza banjo y mandolina— que dan vida a un disco variado, brillante en todo momento y que cuando se aplica al rock con origen en Keith Richards y Lou Reed de barrica (noise) aussie da con dos clásicos como Bad Revisited y Execution Day. Completen la panorámica con una lectura salvaje del Let's Get Funky de Hound Dog Taylor y la foto del quinteto que acompaña este texto y viene como póster en la funda del álbum, y sabrán que si son ustedes amantes de la buena música y el mejor rock and roll, Black Milk les espera. Prometido.

jueves, 11 de octubre de 2018

Ragged Glory cumple diez años (12). Las palabras de Luther Blues


Cuando comencé a desandar este camino blogueril, uno de mis pasatiempos preferidos era leer lo que mi columna derecha me ofertaba (como añoro esos tiempos en que uno se hacia el tiempo para ojear lo que los colegas posteaban) a pesar de no tener muchos amigos involucrados para tal fin.

Pero una cosa llevo a la otra y fui a dar con el Ragged Glory del camarada Gonzalo.

Primero como absoluto incógnito, husmeaba lo que este tío acercaba con su sabiduría a cuestas y que se palpaba de antemano, dejando en claro que sus horas de "escucha" no fueron en vano.

Aprendía como en otros tantos lugares, lo que el rock y sus derivados tenía para ofrendar a un ajeno al ambiente pero cuando se trataba de blues y jazz me prendía fuerte, disfrutando y discrepando siempre en mi impuesta clandestinidad.

Hasta que la vena jazzística del mandamás del sitio comenzó a meterse con subestimadas obras de grandes del género como la recordada "Duke Ellington Meets Coleman Hawkins", de las que se me vienen a la memoria, o la de "My Spanish Heart" de un tal Corea. Y así, muchas que recomiendo encarecidamente si sos afín a esta bitácora que en el trascurso del año cumplirá nada más y nada menos que una década; la primera de su seguro extenso derrotero.

Vaya mis cordiales felicitaciones don Gonzalo Aróstegui Lasarte por este logro y muchas gracias por tal honorable convite.

Un abrazo desde Bs As!!!

NOTA: Luther Blues es el autor del blog 101BluesLlegar II.

lunes, 8 de octubre de 2018

Screamin' The Blues


Por su título, su sonido, sus intérpretes y su perfecto acabado, el nombre de Oliver Nelson ha quedado unido eternamente al mayestático The Blues And The Abstract Truth. Sin embargo, el polifacético músico norteamericano tiene en su haber, en solitario o colaborando con otros, como intérprete o como director y arreglista, un montón de grabaciones de interés. Screamin' The Blues está registrado un año antes de su obra maestra, el 27 de mayo de 1960, y en él Nelson lidera un sexteto dedicado a lo que su título alerta —gemir el blues— de manera espléndida. De los cinco intérpretes que acompañan al autor de Straight Ahead y sus saxos tenor y alto son sin duda los más conocidos por el aficionado el genial Eric Dolphy (clarinete bajo y saxo alto) y el baterista Roy Haynes (ambos en The Blues…), pero el contrabajista George Duvivier, el pianista Richard Wyands y el trompetista Richard Williams, los tres de contrastada carrera, tratan a sus instrumentos con similar autoridad y temperamento.


"La primera cosa que captas en el corte de apertura es la plenitud del sonido, casi como el de una big band, incluso aunque el grupo sea solo un sexteto. Éste es uno de los sellos distintivos del Nelson arreglista." Lo escribía Joe Goldberg en las notas para la reedición que New Jazz hiciera del álbum en 2006, y así es. Remasterizado por el propio Rudy Van Gelder —ingeniero de la sesión—, Screamin' The Blues tiene en la pieza que lo inicia y nombra todo lo que el resto del elepé nos va a ofrecer. Sus once minutos de blues hecho jazz suponen un viaje a Nueva Orleans, pasando por el St. Louis natal de Oliver Nelson, para recoger la tradición y regurgitarla en forma de hard bop de primerísima categoría, cuya abundancia acústica, como señala Goldberg, hace pasar por orquesta lo que es un grupo. Esta sensación se traslada a los cinco temas que, más breves y comedidos, completan el trabajo. Las improvisaciones de Nelson y Dolphy gobiernan por su calidad, aunque el tercer viento en discordia, la trompeta de Williams, enfrente el caudal de saxos y clarinete con una potencia y una claridad incontestables. Wyands, Duvivier y Haynes son la base rítmica perfecta para defender y hacer crecer lo que la otra mitad sopla por sus boquillas, consiguiendo entre unos y otros cuarenta minutos de música magnífica a la que pone fin Alto-Itis homenajeando al bebop y al swing de una sola tacada. No será el mencionado y alabado The Blues And The Abstract Truth, pero Screamin' The Blues dignifica igualmente los ancestros de los que, cual semillas en lugar de cadáveres, crecerá —infinito y exquisito— el jazz durante el siglo XX.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Financially Dissatisfied Philosophically Trying


El nivel compositivo y energético de su debut, In The Air Tonite, ponía difíciles las cosas al segundo plástico de Union Carbide Productions, pero Financially Dissatisfied Philosophically Trying (1989) iba a probar —cual martillo escandinavo en misión regeneradora— que el quinteto sueco había tomado el relevo de los Stooges con todas las consecuencias. Rock and roll extremadamente agresivo —en la senda de su predecesor— aprendido de escuchas compulsivas de Fun House, Raw Power y epígonos, y vomitado con la facilidad de quien se entrega a la causa en cuerpo y alma, aunque en las extensas Down On The Farm y Career Opportunities asome por primera vez —dramática y muy hermosa— la sensibilidad pop que el quinteto desarrollará algo más en siguientes entregas y de la que surgirá —brillando en su pureza— The Soundtrack Of Our Lives. Guitarras, bajo, batería y la voz de cazalla de Ebbot Lundberg rugen guiados por la distorsión made in Detroit, uniéndose puntualmente sitar, piano, violín y tumbadoras al discurso high energy de UCP. El elepé es excelente de arriba abajo, ya sea por la calidad de las composiciones o la intensidad de unas interpretaciones completamente dignas del grupo de Iggy Pop, sin que ello signifique copia pueril o inútil. Modelo admirado pero no anulatorio, el de los Stooges para UCP es estímulo creativo y no pereza mental, como unas cuantas escuchas de Financially Dissatisfied Philosophically Trying establecen sin duda alguna. From Influence To Ignorance y Swing permitirán que la banda siga creciendo hasta convertirse en una de las mejores de su tiempo, si bien parte de la potencia de sus dos primeros álbumes se perderá en el camino. Sea como fuere, cualquiera de los cuatro que publicó Union Carbide Productions se me antoja imprescindible y perfecto para huir de esas ñoñerías que tantas veces hacen pasar por música rock.



lunes, 1 de octubre de 2018

Les sables magiques


Aunque el arte y las matemáticas no casen bien en principio, los números pueden alertar de un cambio en la orientación de la obra de un creador. Si un director pasa de hacer películas de ochenta minutos a largometrajes de tres horas; si un pintor deja las miniaturas que realizaba y se atreve con lienzos de dos metros de alto y tres de ancho; si un escritor que publicaba novelas de cien páginas, edita una de quinientas; o sí —es nuestro caso— un grupo de rock and roll dobla la duración de su anterior disco ¡con una canción menos en su interior! no es demasiado arriesgado afirmar, antes incluso de haber catado el producto ofrecido, que nos vamos a encontrar con un giro importante en la carrera del artista en cuestión.


Así es. Tricky Woo, la banda canadiense, había noqueado en 1999 al oyente que a él se hubiera acercado con Sometimes I Cry, soberbio ejemplar de rock salvaje e inmediato que bebía de garage, high energy y hard para articular sus maneras amplificadas. Sin embargo, dos años más tarde, las doce canciones flamígeras culpables de que su receptor deflagrara se convertían en once loas al blues rock progresivo y psicodélico, siete de ellas por encima de los cinco minutos, que escenificaban una nueva forma de asumir influencias y sonidos pretéritos que no habían variado sustancialmente. Nombres como el de Cream, Jimi Hendrix, Fleetwood Mac, Led Zeppelin, Ten Years After, ZZ Top, Black Crowes u otros de galaxias comunes asaltarán al escuchador instruido en la materia, pero, aun siendo a veces obvias estas influencias (véase, verbigracia, la estupenda 6 Cats And A Podium y la música del mencionado Hendrix), no hay en el grupo de Andrew Jackson afán de imitación gratuita, sino la utilización de un legado universal e insuperable para forjar un camino particular. Es por ello que a lo largo de su hora de duración, hallamos en Les sables magiques (Tricky Woo es de Montreal) hermosas melodías, riffs y punteos regocijadores, oníricos instrumentales y magníficas percusiones que hablan de cosas hechas con pasión y personalidad, nunca rutinaria o espuriamente. A pesar de que no considero que el álbum tenga la fuerza y perfección de Sometimes I Cry, sí que me parece un trabajo muy notable que mantiene íntegra su dignidad si lo cotejamos con los discos tan espectaculares que aquel 2001 dio a conocer: Grand Fury, Readin' Between The Lines, The No. 6 Dance, Behind The Music, Make Yer Own Fun, Rodeo Tandem Beat Specter, Lions, Death Alley, Hallelujah Rock'n'rollah, Shadows On The Sun, No Mört, Speedkings, Up-Tight, Scarred For Life, Lend You A Hand, D.F.F.D., Chasin' The Onagro, The Cherry Valence o Soft Porn Engine. Lo cual no es leve argumento, además del riesgo asumido por sus hacedores, para defender Les sables magiques. Den una oportunidad al cambio.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

25 & Alive. "Boneshaker"

"En caso de que os hayáis equivocado de concierto por error, somos Motörhead." Siempre irónico y desmitificador, con estas palabras da Lemmy Kilmister el pistoletazo de salida al bestial concierto que en octubre de 2000 ofrecía el trío británico en el Brixton Academy londinense para celebrar en casa sus veinticinco años rompiendo tímpanos y alegrando vidas. Inmortalizado un año más tarde bajo el título de 25 & Alive. "Boneshaker", el DVD muestra a una banda pletórica e insuperable interpretando canciones de todas sus épocas y dejando que en alguna de ellas se suban al escenario familiares, amigos y exmiembros del grupo, invitados entre los que hay que destacar sí o sí a Brian May y Eddie Clarke. Lemmy, Phil Campbell y Mikkey Dee dan una aplastante lección de rock and roll, tres personas contra el mundo haciendo más ruido y provocando más emociones que una orquesta de cien músicos. Técnicamente impecables sin perder una gota de salvajismo por el camino de los acordes tocados con precisión, el tempo exacto y el ritmo ajustado al milímetro, los autores de Overnight Sensation corroboran aquí su capacidad hercúlea en directo (quien les ha visto sobre las tablas lo sabe), informan de la importancia de su legado histórico y se dan un merecido homenaje tras cinco lustros jugando a ser los tipos más duros del planeta. El DVD añade extras que enriquecen el producto, además de un CD con la mayoría de los temas del show, pero es en la hora y cuarenta y cinco minutos de filmación en el Brixton Academy donde está el meollo —allí donde observamos, escuchamos, sentimos, somos Motörhead— de este posavasos audiovisual que certifica para siempre la enormidad de la banda.