miércoles, 19 de junio de 2019

Mother Juno


A la sombra de su primera etapa y de tres discos como Fire Of Love, Miami y The Last Vegas Story, el segundo periodo de vida de The Gun Club dejará dos elepés consecutivos de menor agresividad sonora aunque igualmente necesarios, Mother Juno y Pastoral Hide & Seek, en especial el publicado en 1987. En compañía del gran Kid Congo Powers, Romi Mori y Nick Sanderson, Jeffrey Lee Pierce trae una colección de canciones espectacular ejecutada con sensibilidad pop y garra eléctrica, argumentos musicales que se funden o alternan pero que son evidentes. Que sea Robin Guthrie quien produce no es una anécdota, como no lo era que Chris Stein estuviera detrás de los controles en el mencionado Miami. Las palpitaciones góticas y post punk de Cocteau Twins se sienten en un material cuya textura, sin embargo, remite a Pierce y su grupo. Si es cierto que hay momentos como The Breaking Hands o Yellow Eyes que flirtean con el dream pop y el pop de raigambre soul, pero la energía power pop de la inicial Bill Baley y de Hearts, el asalto psychobilly de las tremendas Thunderhead y My Cousin Kim (imagino a Josetxo Ezponda escuchándolas mientras barruntaba el Color Hits de Los Bichos), la arrogancia de Lupita Screams y el rockabilly de adornos pop de Araby nos recuerdan y acercan a la distorsión y la potencia fundacionales de los autores de Lucky Jim. Port Of Souls pone fin solemne a Mother Juno como epítome (o como uno de los posibles epítomes) de lo que ha sido, imbricación de Yellow Eyes y Thunderhead, por ejemplo, o las tendencias dispares que ambas representan. Sea como fuere, parte de uno de los mejores y más olvidados álbumes de un año plagado de joyas.

lunes, 17 de junio de 2019

The One Before The Last


Encajonado entre Minor Chords And Major Themes y Pacific Ocean Blues, The One Before The Last (2000) es el álbum español de Gigolo Aunts por haber sido publicado a través del sello madrileño Bittersweet y por abrir con su mágica versión de Chica de ayer. Así es. The Girl From Yesterday traslada al inglés el original castellano de Nacha Pop —clásico incontestable del rock patrio—, manteniendo sus propiedades nostálgicas y románticas en el luminoso tratamiento power pop al que lo somete el grupo norteamericano. Los siguientes cinco cortes se nutren de material previamente grabado que no había visto la luz (a no ser que yo me equivoque). Kay And Michael vive entre MC5 y Big Star y The Shit To Superoverdrive mantiene inflamada la llama high energy con adornos pop. To Whoever echa el freno pero se aferra a la distorsión y la potencia mediante un espléndido trabajo de las guitarras de Dave Gibbs y Jon Skibic y la batería de Fred Eltringham. Sulk With Me es otro medio tiempo energético, si bien su estribillo ahorra en electricidad dejando el rock hueco para el soul. Como alt-country podemos definir lo que esconde Hey Lucky, una canción muy diferente al resto que ya solo por eso destaca.


La media docena de temas que completa el álbum es en realidad un epé de 1997 titulado Learn To Play Guitar y que tuvo escasa repercusión. Kinda Girl es una pieza de canónico power pop a la que se yuxtapone Wishing You The Worst (¡la revancha al poder!), donde el pop convive con el rock and roll de riff primigenio y sonido glam. Sway pasa de los cuatro minutos y medio convirtiéndose en la canción más larga del trabajo. Titulada en principio Slow Grunge, como nos recuerda el bajista Steve Hurley en las notas, Sloe podría pasar por lectura de un tema lento de Nirvana, viola de Jennifer Abel incluida, suavizado y embellecido por los Gigolo Aunts. Rockin' Chair se desarrolla en la línea de Kinda Girl a la espera de que The Sun Will Rise Again cierre en forma de balada para recordarnos una obviedad que a los depresivos cuesta ver: a los malos momentos suelen suceder los buenos. Que dicho aforismo tenga su reverso no es menos evidente, pero The One Before The Last concluye su recorrido abogando por la esperanza, así que con ella nos quedamos.

miércoles, 12 de junio de 2019

Coda


No fue un grupo que se anduviera por las ramas. Poco dejó fuera Led Zeppelin de sus elepés de estudio, pero alguna cosa había, como demostraba Coda, publicación póstuma de 1982. La explosiva versión del We're Gonna Groove de Ben E. King que inicia el álbum es un híbrido de la registrada en directo en enero de 1970 en el Robert Albert Hall —apertura de un impresionante concierto que se puede ver entero en el doble Led Zeppelin DVD— y los posteriores retoques a los que la guitarra de Jimmy Page, regrabada totalmente, será sometida. Los créditos del disco aseguraban que la canción correspondía a una sesión londinense del 25 de junio de 1969, un día después de que el cuarteto inglés hubiera grabado su mítica lectura del Travelling Riverside Blues de Robert Johnson, pero aquellos datos no se ajustaban a la realidad. Poor Toom es un descarte de Led Zeppelin III que tiene el aire folk de aquel trabajo y es un buen tema, aunque se comprende que quedara fuera pues no hubiera estado a la altura del soberbio material que conformaba el tercer paso del dirigible. De la misma función de la que sale We're Gonna Groove es un magnífico I Can't Quit You Baby que se asegura en los créditos procede de los ensayos previos, si bien, podado por delante y por detrás, el blues que escribiera Willie Dixon recoge a la banda en vivo sobre las tablas eliminado el sonido ambiente. Walter's Walk no entró en Houses Of The Holy a pesar de que hubiera encajado muy bien —funk rock pesado— en la quinta obra maestra consecutiva de Led Zeppelin.


La segunda cara de Coda la componen tres cortes salidos de las sesiones de su último y peor elepé, In Through The Out Door, y un instrumental escrito y grabado en Suiza en 1976 por John Bonhamn. Sin ocultar que cualquier comparación con el pasado puede causar sonrojo, Ozone Baby y Darlene son composiciones que no están mal, lo que no es suficiente para los autores de Physical Graffiti. Bonzo's Montreux es una especie de segunda parte de Moby Dick (con añadidos electrónicos de Page) que a mí no me dice nada. Intento del grupo de sonar tan agresivo como los punk rockers que de él habían hecho carne de cañón, Wearing And Tearing demuestra que Led Zeppelín no perdió nunca el orgullo ni el brío que hicieron de Page, Plant, Bonham y Jones nombres básicos en la historia del rock and roll. Que Coda no brille como sus extraordinarios logros del periodo 1969-1975 no les quita un ápice de mérito e importancia. Al fin y al cabo, hablamos de un remate para hacer caja.

lunes, 10 de junio de 2019

Suck It


Convertidos en trío desde hace cuatro años y superado el cáncer por su bajista, cantante y líder, los Supersuckers siguen facturando rock and roll de notable nivel, si bien parece difícil que un nuevo La mano cornuda o The Evil Powers Of Rock 'N' Roll vaya a salir de sus manos. El tiempo nos dará o nos robará la razón, mientras tanto hoy vamos a hablar de Suck It (2018), su último plástico cuando esto escribo. Lo abre, con la potencia habitual de la banda, All Of The Time, canción que una vez acabada se repite completita, sin que uno atisbe la razón y sin que desagrade escucharla una vez más, la verdad sea dicha. Citando a buena parte de lo más ilustre que el rock ha dado en los últimos treinta y tantos años (Rocket From The Crypt, New Bomb Turks, Dwarves, BellRays, Dirtbombs, Mudhoney, Hellacopters, Cosmic Psychos, Lazy Cowgirls, Nashville Pussy, Zen Guerrilla o los propios Supersuckers), The History Of Rock And Roll ofrece una defensa firme de la vertiente underground de la música del diablo como única capaz de mantener las esencias de un arte condenado a ser pasto de minorías. Parida a la sombra de AC/DC, esta larga y vibrante composición no oculta en su título, en su melodía, en su letra y en su interpretación cierto desencanto por esa escasa repercusión, pero, asimismo, lleva en su interior la destrucción ineluctable a la que se dirige un género que, digámoslo abiertamente, no da más de sí, descontando el jugo que —como media naranja girando en el exprimidor con la esperanza de que todavía caiga una gota en el vaso que contiene el zumo— le sacamos los interesados en mantenerlo vivo. Dead Inside y The Worst Thing Ever, contradiciendo su enunciado, enseñan el lado pop del grupo de Eddie Spaghetti, hermosos temas entre los que se ha colado Breaking My Balls, high energy que se remonta a los Stooges, MC5, Union Carbide Productions y Bored! What's Up (With This Motherfucking Thing) es otro trallazo donde rockabilly, punk y heavy metal se dan de tortas en menos de dos minutos. La deliciosa Cold Wet Wind se decanta por el country (coros de Jesse Dayton) antes de que los hermanos Asheton y epígonos vuelva a mandar en (I'm Gonna Choke Myself And Masturbate) 'Til I Die. No nos movemos de Detroit en Private Parking Lot, si bien es el de Bob Seger el que nos trae sus clásicos riff y cadencia. Una bestial, desfasada versión del Beer Drinkers & Hell Raisers de ZZ Top, con Dayton haciendo un dueto con Spaghetti y tocando la guitarra, pone fin a un disco que se disfruta mucho de "la más grande banda de rock and roll del planeta", como los Supersuckers gustan de denominarse. Olvídense si quieren de mis reflexiones sobre el presente y futuro de los sonidos que practican y denle duro a este Suck It. (Y que me perdonen "Metal" Marty Chandler y Chris "Chango" Von Streicher" si he tenido que esperar a este último paréntesis para halagar, respectivamente, su guitarra y su batería. Sin ellos, dichos sonidos no existirían.)


Rocket From The Crypt, New Bomb Turks, the Hangmen, the Dwarves, L7, Nashville Pussy, the Hellacopters, Mudhoney, Zen Guerrilla, BellRays, Lazy Cowgirls, Cosmic Psychos, the Dirtbombs, Danko Jones o the Didjits entre ot...

Leer más en https://www.rockandrollarmy.com/magazine/2018/09/11/la-cancion-del-dia-history-of-rock-n-roll-de-the-supersuckers-estreno/ © https://www.rockandrollarmy.com/magazine
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miércoles, 5 de junio de 2019

Goodbye Yellow Brick Road


No puede ser: el mismo hortera insufrible que en los ochenta cantaba I'm Still Standing, I Don't Wanna Go On With You Like That y Sacrifice es quien en 1973 había publicado un doble elepé tan excitante y creativo como Goodbye Yellow Brick Road. Es lo primero que se me vino a la cabeza cuando, tras años ahuyentándolo por los prejuicios, me enfrenté a la que aquí y allá se considera la obra maestra de Elton John. Y con toda la razón, digo ahora que la calidad de su música me ha hecho renegar de un pensamiento construido a base de suposiciones que adjudicaban al trabajo pretérito del autor de Madman Across The Water las cualidades infames de sus éxitos de los ochenta.


Producción y sonido netamente setenteros, los del séptimo de John —grabado en Francia tras desistir de hacerlo en Jamaica— se me antojan ideales para el turgente caudal de melodías que el cantante y pianista compone con las letras de Bernie Taupin en mente. Las baladas (y derivados) elegantemente construidas ocupan la mitad de la hora y cuarto del álbum (orquesta incluida en varias), pero también hay sitio para el rock progresivo (Funeral For A Friend/Love Lies Bleeding); los intensos medios tiempos (Dirty Little Girl); el pop de aroma a R&B (Grey Seal y la triste All The Girls Love Alice); el reggae y el soft rock a pachas (la cachonda y procaz Jamaica Jerk-Off); el rock and roll —yuxtaponiéndose Your Sister Can't Twist (But She Can Rock 'N Roll) y la maravillosa Saturday Night's Alright For Fighting para viajar del primer latido de la música del diablo al periodo, actualidad entonces, glam—; y el bluegrass y el honky tonk de colores (Social Disease).


Utilizada un cuarto de siglo después para despedir a Diana de Gales —muerta junto con su amante y su chófer en un túnel parisino—, Candle In The Wind estaba cantada originalmente en recuerdo de Marilyn Monroe, es la pieza más conocida, que no la mejor, de Goodbye Yellow Brick Road y es posible que su vomitiva sobrexposición en honor de una privilegiada sin valor o interés algunos haga a muchos huir de un trabajo tan excelente y de su autor. Se equivocarán, como yo, pero no soy quien para dar consejos. Adiós, en todo caso, a El mago de Oz, bienvenidos al mundo de los adultos, del que ya no hay escape por mucho que se quiera.

lunes, 3 de junio de 2019

A Date With Elvis


Los cinco años que pasan entre el segundo y el tercer elepé de estudio de los Cramps no son de inactividad para la banda, sino de problemas legales con Miles Copeland, abandono de Kid Congo Powers para volver a The Gun Club (con quien grabará los excelentes The Last Vegas Story y Mother Juno) y ajustes en la formación hasta incorporar una bajista estable (Candy del Mar) en sustitución de la segunda guitarra. A pesar de todo ello, entre Psychedelic Jungle y A Date With Elvis (publicado en 1986) los fans del grupo saciarán su hambre de psychobilly californiano con dos recopilatorios de singles, un disco en vivo y algún que otro sencillo.


Aunque la obra posterior de los Cramps no es desdeñable, su tercer plástico es el último, a mi juicio, realmente imprescindible. Tomando prestado el título al rey del rock, los autores de …Off The Bone nos entregan una colección de canciones fabulosa en la que el pop gana cierto terreno a la electricidad y la psicodelia sin que las señas básicas de la banda (rockabilly + garage rock + punk + serie B) se vean afectadas. La sombra alargada de Link Wray, Johnny Burnette, Bo Diddley, los Trashmen o los Sonics no se ha esfumado y las premisas sonoras y su desarrollo coinciden con las que han hecho de los Cramps una institución rocker sin parangón, pero hay una querencia melódica mayor y una distorsión más leve en el transcurrir de un trabajo hecho de nueve originales y dos versiones. Quizá tenga algo que ver que todas las guitarras y los bajos que escuchamos sean tocados por Poison Ivy, si bien esa sencillez a la vez barroca y primitiva que guía al grupo —tan nítidos los referentes, tan particulares los resultados— se mantiene en sus cuerdas, en la voz alucinada de Lux Interior y en la percusión elemental de Nick Knox. El barniz de fuzz, el histrionismo y las historias peculiares continúan bañando unas composiciones hechas con las estructuras de siempre, las que se erigen con la vista puesta en el rock and roll original. Los matices pop los hallamos aquí y allá, pero es en Kizmiaz donde se manifiestan absolutamente, tanto que pareciera que Cornfed Dames —cinco minutos y medio de virulencia noise que suponen la pieza más extensa del álbum— se yuxtapone para pedir perdón o reivindicar gallardía, dureza y poderío.


No hay segundo sobrante o tema menor en el elepé, lo que no es óbice para destacar la tríada que lo abre: How Far Can Too Far Go, The Hot Pearl Snatch y People Ain't No Good (con su coro infantil) son para gritar de lo exageradamente buenas que son, y no digamos una detrás de otra. En fin, y dicho lo anterior, A Date With Elvis no debe faltar en su colección en compañía, como mínimo, de Songs The Lord Taught Us y Psychedelic Jungle. Bien sea en vinilo negro o naranja, CD o casete, ahí ya no me meto.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El silencio del asesino


La puesta en escena de El americano (2010) emparenta la segunda película de Anton Corjbin con el biopic sobre Ian Curtis (Control, 2007) que nos daba a conocer la labor del fotógrafo y realizador de videoclips holandés como (muy notable) autor cinematográfico. Sin embargo, que la contenida y tersa planificación corrobore el estilo y la personalidad de Corjbin al cambiar el blanco y negro por el color y rodar un thriller protagonizado por una estrella de la talla de George Clooney, no oculta la influencia, o fascinación, que la obra maestra de Jean Pierre Melville (El silencio de un hombre, 1967) y su trasfondo ejercen sobre las imágenes del largometraje y el argumento del guion de Rowan Joffé del que parte. Imágenes y guion que también llevan, aunque menos, la marca del minucioso relato que de un asesino profesional hiciera Fred Zinnemann en 1973 a partir de la absorbente novela de Frederick Forsyth El día del Chacal. Ejerce Clooney de Alain Delon y Edward Fox en versión norteamericana, un criminal solitario oculto en un pueblo italiano tras librarse por los pelos de la muerte en Suecia. La película gira básicamente en torno a tres ejes argumentales: la construcción de un fusil de máxima precisión (encargo que le hace una mujer que conoce por su contacto), la relación con una prostituta de la que progresivamente se enamora y las conversaciones que mantiene con el cura de la localidad. Si bien narrativamente el trato del personaje interpretado por George Clooney con ambos no tiene la credibilidad de la parte técnica vinculada al ensamblaje del arma, rodada con un exquisito gusto por el detalle, la cámara de Anton Corjbin y la actuación fría y minimalista del protagonista de Ocean's Eleven (Steven Soderbergh, 2001) dotan a la cinta de una unidad estética incuestionable que le concede la verdad necesaria desde el prólogo escandinavo hasta su trágica conclusión. La de un film admirable y valiente en un siglo, el XXI, en que la acción y la velocidad se comen sin piedad la coherencia de unas historias sometidas sin ambages a la dictadura de su necedad.