Qué aparente calma, qué tensión anunciada la de los instrumentos de cuerda en el primer movimiento de la extraordinaria Música para cuerda, percusión y celesta, compuesta en 1936 por Béla Bartók. El Andante tranquilo es una fuga que pone en alerta al oyente, que va a chocar contra un Allegro donde la percusión, además del piano, reclama la posición que le da el título de la obra. Los sonidos escritos por el creador húngaro no solo son embriagadores y avanzados, sino de una originalidad extrema, pues el tratamiento sinfónico suma a la disonancia su enorme conocimiento del folclore húngaro, que utiliza para enriquecer su propuesta. Famoso por haber sido incluido por Stanley Kubrick en su cinta de culto El resplandor, el Adagio es absolutamente asombroso: los timbales, el xilófono, las cuerdas aluden al primer movimiento pero dan con una sonoridad fantasmagórica e intransferible que el director de Barry Lyndon supo sumar con precisión a sus terroríficas imágenes. El Alllegro molto que cierra la partitura hace honor a su nombre, folclore y danza al servicio de la música culta y sinfónica que ponen el broche a una obra maestra de un artista en su apogeo, pues tras la Música para cuerda, percusión y celesta vendría la no menos sobresaliente Sonata para dos pianos y percusión. Béla Bartók, a citar como parte de la vanguardia del siglo XX pero solamente si se añade y acentúa su personalidad específica y no hay miedo a mencionar su apellido junto con los de Strauss, Mahler, Schubert, Beethoven, Mozart, Haydn o Bach.

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