domingo, 11 de septiembre de 2011

Complete Live In Paris 1965


Si alguien quiere disfrutar del arte de tocar la guitarra eléctrica en su máxima expresión —ése en el que la técnica es sublime sin caer en el onanismo—, no tiene sino que escuchar la edición completa del Live In Paris 1965 de Wes Montgomery, publicada en suculento doble compacto por Definitive Records en 2003. Respaldado por Jimmy Lovelace a la batería, Arthur Harper al contrabajo y un espectacular Harold Mabern al piano, Montgomery desarrolla su estilo —hard bop de aromas funk y personalísimo sello en el que guitarra rítmica y solista, acordes y punteos, tienen la misma importancia— a lo largo de diez cortes entre los que hay composiciones de nuestro protagonista mezcladas con temas de John Coltrane, Thelonious Monk y Dizzy Gillespie, es decir, algunas de las más conspicuas figuras de la historia del jazz. Por si con esto no hubiera suficiente, Johnny Griffin colabora en los tres últimos temas del segundo disco con su saxo, yendo de lo sensual a lo arrogante en 'Round Midnight y haciendo dos largas y espléndidas improvisaciones en Full House y en el medley de Blue And Boogie y West Coast Blues, que le convierten en centro de atención por encima del guitarrista y culminan de manera inmejorable este The Complete Live In Paris 1965. No se lo pierdan bajo ningún concepto, se lo dice un amigo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Rock & Roll Is Dead y Head Off

No parece la de los Hellacopters esa Suecia de "Personas calladas, inclinadas sobre diarios y tazas de café, cada uno con sus pensamientos y sus destinos" que se describe en la ambiciosa aunque desigual novela de Henning Mankell El chino. Pero el crujiente y electrizante rock and roll practicado por el grupo escandinavo a lo largo de su excelente carrera no significa que sus componentes no tengan ese carácter frío y reservado que, al menos en teoría, caracteriza a los suecos. El escenario y los discos son una cosa, probable fachada o excusa para ocultar miedos, complejos y dudas varias; la vida, otra.

Vintage por definición, defensores a ultranza del vinilo, los Hellacopters fueron virando —como tantos otros— del punk rock de sus dos primeros trabajos a un rock clásico menos agresivo, más accesible, en el que cada vez se advierten mayores matizaciones pop (o power pop si se quiere), matizaciones que Nick Royale, cantante, vocalista y cabeza visible, llevará hasta el merseybeat en uno de los temas del proyecto que lidera tras la separación del grupo, Imperial State Electric. Rock & Roll Is Dead (2005) y Head Off (2008) son los dos últimos capítulos de la trayectoria de una de las bandas que con mayor fe y gallardía practicó y defendió la música del diablo. El primero de ellos está compuesto por material propio; el segundo, por versiones de grupos contemporáneos que, básicamente, se mueven o movieron en el underground con una visión de la música similar, en términos generales, a la de los suecos pero sin su relativo éxito. Rock & Roll Is Dead, en honor a su irónico (o no) título, descubre a unos Hellacopters más cercanos que nunca a los años cincuenta sin perder ese sonido marca de la casa que tuvieron el mérito de encontrar desde el principio y que les hace tan fácilmente reconocibles a pesar de su evolución. Un álbum lleno de melodías irresistibles, que escuchado del tirón deja una sensación de plenitud y alegría tan rotunda como la de sus antecesores, High Visibility y By The Grace Of God.

Head Off, punto y final, supone el homenaje de los Hellacopters a tantos grupos minoritarios que en los últimos veinte años han dignificado el rock and roll mientras que auténtica bazofia parapetada en la tan a veces demasiado genérica denominación se llevaba elogios injustos e inconcebibles en los que la ignorancia del pasado y la estulticia van alegremente de la mano. Royale y los suyos se muestran respetuosos con los originales que versionan, pero los reconvierten con sutileza, adaptando las canciones a coordenadas sonoras propias. Peepshows, New Bomb Turks, Asteroid B-612, Dead Moon, BellRays, Gazza Strippers o Powder Monkeys pasan a formar parte del grupo sueco —como si en él se materializaran de nuevo—, que hace aquí una trabajo de arqueología de su tiempo impagable. Quizá sin saberlo, los Hellacopters homenajeaban también así su tenacidad y coherencia. Un compromiso que mantuvieron inquebrantable para poner colofón a su existencia, y que probablemente sea su mayor legado.

jueves, 1 de septiembre de 2011

You're Never Alone With A Schizophrenic

Con Mick Ronson de vuelta y media E Street Band en la base rítmica y el piano (Gary Tallent, Max Weinberg y Roy Bittan), sólo Ian Hunter podía haber arruinado su cuarto disco. Pero no lo hizo, claro, y escogió una excelente colección de canciones que estuviera al nivel de los protagonistas para conformar la que generalmente suele ser reconocida como su obra maestra, You're Never Alone With A Schizophrenic (1979), título que Ronson sacó de un grafiti callejero y sustituyó al inicial The Outsider.

Son precisamente los socios de Bruce Springsteen quienes acompañan a Hunter durante el primer tramo de Just Another Night antes de que la guitarra de Ronson engrandezca tan delicioso medio tiempo, al que se encadena la feliz cadencia de Wild East, o como sonar al Boss sin dejar de ser uno mismo. El ambiente se caldea con el tercer corte, Cleveland Rocks, uno de los himnos definitivos de Hunter aunque ya lo hubiera grabado dos años antes como England Rocks. (Lo que no ha sido óbice para que los habitantes de la ciudad de Ohio la hayan convertido en himno extraoficial de su población.) Ships es la primera balada del disco (nunca faltan en los álbumes del que fuera líder de Mott The Hoople), con los coros tan característicos de su autor y los sentimientos a flor de piel. When The Daylight Comes trae inevitablemente a la cabeza a Bob Dylan y su Street Legal, publicado el año anterior. Life After Death va en la línea de Cleveland Rocks, los dos únicos momentos del elepé en los que que Hunter, Ronson y demás pisan el acelerador. Tremenda. Standin' In The Light es otra balada, quizá la menos brillante con la que nos encontramos, pero aun así disfrutable. Bastard, un poderoso medio tiempo de reminiscencias psicodélicas que resulta la canción más larga del redondo y cuenta con el piano de John Cale, da paso a la tercera y —esta vez sí— mejor balada del álbum y quizá de toda la carrera de Ian Hunter, The Outsider, llamada a titular el disco completo con todo derecho —de no haber sido por la mentada intervención de Mick Ronson—, pues le pone espléndido broche.

Desluce un poco el conjunto, para mi gusto, una producción algo rimbombante que anuncia la que triunfará en la década siguiente, hinchando donde no hace ninguna falta. Lo cual no significa que You're Never Alone With A Schizophrenic no sea un trabajo de sólidas hechuras cimentado por grandes músicos en el que la personal voz de Hunter suena mejor que nunca. La calidad lograda en el estudio no la perderán Hunter y Ronson en directo durante la gira consecuente —como dejó constancia el doble elepé Welcome To The Club— a pesar de que Tallent, Weinberg y Bittan ya no estaban. Pero, como se suele decir, ésa es otra historia cuya enjundia merece capítulo aparte. Quizá en otra ocasión lo escribamos.

domingo, 28 de agosto de 2011

1984


No, no es Jean-Michael Jarre quien se esconde detrás de los sintetizadores que nos dan la bienvenida durante el minuto largo de 1984, corte instrumental que intitula todo lo que sigue. Es Eddie Van Halen, el maestro de las seis cuerdas, quien ya había introducido teclados en anteriores elepés de la banda, pero que en esta miniatura son protagonistas absolutos. No dejan la línea del frente en la archiconocida Jump, pegadizo tema que da paso a las guitarras, las cuales ya no pierden protagonismo con la excepción de I'll Wait, o el peor corte del álbum, demasiado cerca Van Halen de (no echen a correr) Genesis y Phil Collins. Por fortuna, canciones como Panama, Top JimmyHot For Teacher (con un riff que recuerda a ZZ Top), Girl Gone Bad y House Of Pain tienen la suficiente enjundia para restañar pequeñas heridas y conseguir que el balance del disco sea positivo.

Ejemplar como pocas, la discografía de Van Halen con David Lee Roth al frente no conoce grabación mediocre, y la sexta y última no podía ser menos. Superventas absoluto, no siento yo tanta estima por 1984 (1984) como por los tres primeros álbumes del grupo —para mí su máxima expresión—, pero es un trabajo que mantiene alto el listón que hizo de Van Halen uno de los mejores grupos de rock duro de todos los tiempos, incluso si quitamos el calificativo y dejamos el rock a secas. Con Sammy Hagar en la formación sustituyendo a Lee Roth la cosa será otro cantar. ¿O no? Tienen ustedes la palabra.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Popular, democrático y científico

Hace mucho que Siniestro Total dejó de ser ese grupo de éxito que sonaba en todos los garitos de dudosa reputación del país. Sin embargo, la banda liderada por Julián Hernández ha ido creciendo musicalmente al margen del gran público sin perder su sentido del humor. Producido por Joe Hardy (al igual que el anterior La historia del blues), Popular, democrático y científico (2005) es perfecto ejemplo de lo que hablamos. Sonido excelente, composiciones notables y brillantes ejecuciones en un paseo por el rock, derivados y antecedentes enriquecido por arreglos de diferentes instrumentos (trompetas, saxos, órganos, pianos y más), aunque guitarra, bajo y batería lleven la voz cantante. Pero si por algo destaca el redondo es por el esfuerzo que hacen Siniestro Total y Joe Hardy —esfuerzo que se ve compensado— por conseguir que cada canción, sin ocultar sus referencias ni el estilo que la alimenta, esté dotada de una personalidad muy concreta que no altere la unidad del álbum. No peca éste en ningún momento de monótono, pero todos los cortes encajan y hacen coherente el trabajo manteniendo unas señas de identidad comunes. Difícil y meritorio.

¿Y las letras? Pues para ser tan amigas del absurdo como siempre, encontramos en ellas verdades como puños (es decir, dudas) que no vendrían mal a esos telepredicadores y locutores de la (extrema) derecha e iluminados de la (extrema) izquierda que tan seguros parecen de todo:

"Sabemos cómo, cuándo,
Quién y dónde y poco más
De las cosas que acontecen
A nuestro alrededor".

O:

"Demasiadas hostias al aire
Las apuestas han sido en balde
Demasiadas hostias al aire
No está amañado este combate
Y estás KO antes de empezar
Estás KO antes de empezar".

Para poner punto y final, esa orgía sonora que clausura Popular, democrático y científico y su último corte, Cerrado por cansancio, remitiendo a los Stooges de Fun House con Jorge Beltrán ejerciendo a las mil maravillas de Steven Mackay hispano. Ya conocen mi opinión: no hay mejor manera de despedirse.

sábado, 20 de agosto de 2011

Ben Webster And Associates

Sobrevuela inevitable el espíritu de Lester Young en este comité de sabios del saxo tenor reunido el 9 de abril de 1959. Juntos Ben Webster, Coleman Hawkins y Budd Johnson, y muerto Young el mes anterior, es lógico que el nombre de éste venga inmediatamente a la cabeza. Pero si ese trío de monstruos no les ha quitado el hipo, añadiremos a Roy Eldridge a la trompeta, Jimmy Jones al piano, Les Spann a la guitarra, Ray Brown al contrabajo y Jo Jones a la batería. A nadie podrá sorprender, entonces, que lo que dicho octeto deje registrado en Ben Webster And Associates sea sencillamente espléndido.

Al contrario de otros músicos más o menos coetáneos, caso de Louis Armstrong, Webster no fue reluctante al bebop, y aun habiéndose curtido en las orquestas de swing, la libertad armónica que el nuevo jazz de Parker, Roach, Gillespie y compañía ofrece está reflejada en su obra en general y en este disco en particular. In A Mellow Tone es una versión del tema de Duke Ellington, en cuya big band estuvo integrado Webster a principios de los años cuarenta dotándola de nuevos bríos.* Durante veinte minutos, guiados por un tempo comedido, los ochos intérpretes dan una clase magistral de improvisación, relajados pero finos, disfrutando (todo un privilegio) de su trabajo. De-Dar está compuesto por Webster, y sus menos de cinco minutos, en contraposición al corte que les precede, son frenético swing protagonizado por los tres saxofonistas, la trompeta de Eldridge y el piano de Jimmy Jones. También de Webster, Young Bean mantiene el brío y la acción, esta vez con intervenciones solistas de todo el octeto. Time After Time es una balada escrita por Jule Styne y Sammy Cahn en la que el saxo de Webster parece secretar feromonas masculinas atraído por alguna mujer maravillosa. La quinta y última pieza, Budd Johnson, vuelve a ser de Ben Webster, e incide en la línea y el ritmo desarrollados en In A Mellow Tone, manteniendo la categoría demostrada en toda el elepé. Más de cincuenta años después, esa categoría de Ben Webster And Associates se mantiene incólume. No hay mejor elogio para una obra y los artistas que la crearon. No pudo tener Lester Young mejor réquiem.

*Así lo atestiguan, al menos, las grabaciones que yo conozco, que van de febrero de 1940 a julio de 1942. Escuchen, por ejemplo, la espectacular intervención de Ben Webster en Cotton Tail, tema registrado en Hollywood el 4 de mayo de 1940, y no les quedará duda alguna.

lunes, 8 de agosto de 2011

Tiger By The Tail

Podría poner el grito en el cielo, pero ni tengo la edad, ni serviría de nada, ni, en el fondo, sería justo. ¿Quién soy yo para criticar los gustos de cada cual? Negative Waves es, en mi opinión, uno de los mejores discos de rock de los años ochenta. El grupo que lo grabó, Bored!, supo combinar como nadie metal, high energy, punk y noise en aquel impresionante elepé que venía a ser la puesta al día de Raw Power. Sí, lo sé, nadie conoce Negative Waves. A Dave Thomas, cantante y guitarrista de Bored!, le debemos además la producción de los dos primeros y extraordinarios discos de Asteroid B-612, otra esencial banda australiana cuya obra, mayormente cocinada en los años noventa, se come con patatas todo el grunge de Seattle. Pues bien, este necesario sujeto (más Thomas y menos Bonos y Coverdales, por favor) dio a luz hace unos años a un grupo al que puso por nombre Tiger By The Tail, y que autoeditó un álbum homónimo en 2005. No les suena, ¿verdad? Bang! Records —discográfica española especializada en electricidad antípoda a la que habría que poner un monumento— lo publicó en 2006 en compacto y vinilo para los amantes del mejor rock and roll underground (pero ¿lo hay mainstream últimamente?) que todavía adquieren música en formatos físicos. ¿Y qué tenemos? Tenemos una obra maestra de la misma intensidad que Negative Waves, pero que mama de fuentes más amplias para expandir el espectro en el que se movía Bored! Son aquí las guitarras saturadas igualmente protagonistas, pero el peso del kraut, el after punk y el indie se hace notar en las composiciones y el sonido. Hay retazos de Neu!, Joy Division, Sonic Youth, Pixies, Dinosaur Jr., Cramps, etc., pero son sólo eso, ya que Tiger By The Tail exhibe una personalidad avasalladora, una agresividad tajante cuando toca y once canciones sobresalientes que no dan tregua. Ya que he quedado en no quejarme, no lo haré. Espero que al menos algún lector de Ragged Glory se anime a escuchar el disco reseñado y descubra que todavía en el siglo XXI se hace rock excitante e indagador. Los responsables de Bang! lo saben de sobra.

jueves, 4 de agosto de 2011

Time Out Of Mind

Todavía no era el fin, no del todo.

(Bajo el volcán, Malcolm Lowry)


De necios sería igualarla a aquella trilogía seminal que a mediados de los sesenta modificaba los códigos del rock and roll y establecía los del rock; no podía tener la obra de Bob Dylan a finales del siglo pasado la misma influencia y trascendencia que treinta años atrás. Pero sí que afirmo que la tríada que inaugura Time Out Of Mind en 1997 —y que completan ya en el siglo XXI Love And Theft y Modern Times— es de lo mejor que ha grabado Dylan, y demuestra que los años no siempre son antónimo de calidad en algo tan asociado a la juventud como es el rock.

Producido por Daniel Lanois y Dylan con seudónimo (Jack Frost) —producción controvertida que no satisfizo al de Duluth—, Time Out Of Mind puede ser considerado como el reverso de Highway 61 Revisited y Blonde On Blonde. Donde en éstos hay expansión, en aquél hay contracción. Si entonces cantaba a la vida con la energía que da la juventud, ahora canta a la muerte con el arrullo de la senectud a la que arrastra el final de la madurez. No es esto ni mejor ni peor, cambia la forma de canalizar la energía, pero el resultado es igualmente excelente. Se beneficia el conjunto del redondo del ambiente creado por la producción de Lanois —exquisita y minuciosa en mi opinión, que contradice la de Zimmerman—, ambiente mágico que envuelve unas canciones pausadas y recogidas. El sonido que logra Lanois puede ser atípico en Dylan —cosa que no tiene nada de negativo—, pero su carácter espectral se aviene perfectamente a la naturaleza del álbum. De generoso minutaje, la fertilidad de Time Out Of Mind, por si fuera poco, se revela corta al descubrir en Tale Tell Signs (The Bootleg Series Vol. 8), publicado en 2008, descartes de la categoría de Mississippi (que verá la luz más vestido en Love And Theft), Red River Shore o Marchin' To The City, todos ellos registrados en las sesiones de enero de 1997 en las que el disco se hará realidad.

De párrafo aparte es digna la ristra de músicos —trece si contamos a Lanois— que acompaña a Dylan en la grabación, de esa clase que destaca tanto por las notas y acordes que toca como por los que deja de tocar. Músicos sobrios y elegantes —Jim Dickinson y Jim Keltner por ejemplo— que garantizan el acabado perfecto de una obra cuyo espíritu queda descrito en la penúltima estrofa del larguísimo tema (si no me equivoco, el más largo escrito por Dylan) que bajo el título de Highlands la da por finiquitada:

"El sol empieza a brillar sobre mí
Pero no es el mismo sol de siempre
La fiesta ha terminado y cada vez hay menos que decir
Tengo nuevos ojos
Todo parece lejano".

O como canta en la escalofriante Not Dark Yet: "No ha oscurecido todavía, pero lo va a hacer".  La vejez y la muerte se funden con el tiempo inmemorial del que habla el título para dar lugar a un trabajo concreto datado en un momento igual de concreto. Un gesto estético que se releva inútil contra la vastedad cronológica y perdido ante la inmensidad del universo, pero cuya hondura debería conmover a cualquiera con un mínimo de sensibilidad.

lunes, 1 de agosto de 2011

D.F.F.D.

Pizza, hamburguesas, tías, broncas… y la antorcha de la Estatua de la Libertad. ¡Sí! Los Dictators estaban de vuelta tras veintitrés años de sequía discográfica, y la portada de D.F.F.D. (2001) no engañaba. Si bien para cualquier fan de la banda el único y sensacional álbum de Manitoba's Wild Kingdom —publicado en 1990 bajo el título de …And You?— es un disco más de los únicos dictadores que sólo ejercen como tales sobre las tablas; si bien el grupo nunca se disolvió, llevando a cabo numerosas giras (con España como destino preferente en los años noventa y principios de siglo) cuando los proyectos paralelos dejaban tiempo; y si bien tres de los doce cortes de D.F.F.D. ya habían visto la luz en formato single, no es menos cierto que, objetivamente, desde Bloodbrothers y 1978 no había nuevo elepé en estudio de los Dictators. Y si el dibujo de la cubierta hablaba claro, el contenido del trabajo apabullaba, y era dueño de una calidad que rivalizaba sin problema alguno con la obra clásica del grupo neoyorquino.

Who Will Save Rock And Roll? es, quizá, el mejor tema de los Dictators, una soberbia composición de Andy Shernoff de emocionante y adictiva melodía y excepcional letra que mira con preocupación el futuro de una música a la que le cuesta dar más de sí y huir de caminos trillados. Caminos que con los Dictators fuera de de juego pocos parecen conocer.

"En mi generación no está la salvación
Así que, ¿quién salvará el rock and roll?

Vi a los Stooges llenos de magulladuras
¿Quién salvará el rock and roll?",

canta clarividente y poético Manitoba respaldado por las voces de Shernoff y Thunderbolt Patterson y protegido por cuatro músicos que suenan como un cañón, tanto el bajista y el baterista como las guitarras de Top Ten y Ross The Boss, quien ejecuta para la ocasión un solo memorable. I Am Right transita veloz emparentada con el material más contundente de Manitoba's Wild Kingdom. Pussy And Money reflexiona acerca de lo que mueve el mundo a ritmo de punk rock clásico. Moronic Inferno es un inmejorable pezado de hard con sección de vientos que para sí quisiera Aerosmith. It's Alright ahonda en el lado metálico de los Dictators en base a un obsesivo riff a lo AC/DC. What's Up With That es un fabuloso rock and roll, de ésos que es posible que no sepan hacer las generaciones venideras. Se suceden así irrefutables los temas, y si los seis primeros son espléndidos, la media docena que sigue no lo es menos. The Savage Beat se desliza hacia el garage haciendo una mención específica al maestro Bo Diddley. In The Pressence Of A New God y Avenue A son dos cargas de profundidad para no parar de saltar y gritar mientras suenan. Channel Surfing, un corte instrumental que en su título lleva su descripción, y Jim Gordon Blues, acerca del mítico baterista de Pet Sounds que mató a su madre, dan variedad al trabajo antes de que la dinamita explote de nuevo con Burn, Baby, Burn!! para poner punto y final a esta joya discográfica de los Dictators. Escúchenla entra Rocket To Russia y Highway To Hell, no sólo para ubicar con exactitud el álbum, que también, sino para comprobar que ante ninguno de los dos le tiembla el pulso.

Dictators Forever Forever Dictators, como esconden la siglas del título, porque en ellos prende una llama que puede apagarse (ya lo intuye un Andy Shernoff desde hace tiempo metido a enólogo). Pocos discos de rock en lo que va de siglo rayan al nivel que raya el retorno dictatorial, y difícil parece coger el relevo en su terreno. Terminemos pues: la felicidad es una quimera, de acuerdo, pero qué placebo tan perfecto es D.F.F.D. para que —al menos mientras suena en el reproductor— lo pongamos en duda. E incluso mientras su recuerdo, minutos después, pugna por no echarse a dormir en algún recoveco de nuestro cerebro. Haya o no sustituto, conformémonos con ello.


martes, 26 de julio de 2011

The Clown


¿Un quinteto o una big band?, se pregunta el oyente al sentir, más que escuchar, el estrépito que sigue a la introducción del contrabajo en Haitian Fight Song, el tema que abre The Clown. Ambas cosas: un quinteto que suena como una big band. Y es que ésa es una de las características de la música de Charles Mingus: el cruce del sonido atronador de la fanfarria con las vanguardias del jazz que se desarrollan desde los años cuarenta. Continúa Haitian Fight Song con los líricos y extensos solos de Jimmy Knepper (trombón), Wade Legge (piano), Shafi Hadi (muy parkeriana su intervención al saxo) y Mingus, hasta que retoman el motivo principal para despedirse como habían comenzado: haciendo ruido. Blue Cee respira bebop por los cuatro costados, destacando las filigranas del contrabajo de Mingus. Reincarnation Of A Lovebird es un homenaje a Charlie Parker (a quien también recordará en Mingus Ah Um), principal referente musical de Charles Mingus si exceptuamos a Duke Ellington. Una pieza exquisita resuelta con finura por el quinteto. The Clown, cuarto y último corte del elepé de mismo nombre, contiene una narración de Jean Shepperd —a la que se tiende a dar demasiada importancia, por muy brillante que sea, cuando se habla de este disco— en su primer y último tercio punteada por unos interpretes que improvisan en el segundo sin voz alguna de fondo.

Registrado en febrero y marzo de 1957 en Nueva York, The Clown es posterior a Pithecanthropus Erectus y anterior a Mingus Ah Um, pero, a pesar de no gozar de su fama, está a la altura de las dos obras maestras que Mingus grabó en los años cincuenta, y, junto a The Black Saint And The Sinner Lady y Oh Yeah, sus inmortales grabaciones de la década posterior, podría conformar sin duda el Pentateuco particular de Charles Mingus, contrabajo y pianista de legado imprescindible, personalísima visión estética y, me atrevería a decir, obligado conocimiento para cualquiera interesado en el jazz.