domingo, 17 de marzo de 2013
1916
Rock 'N' Roll había significado quizá su punto más bajo, que no malo, así que tocaba mejorar en el siguiente álbum. 1916 se hizo esperar más de tres años, pero cuando vio la luz a principios de 1991 lo hizo con un material muy notable que no defraudó a (casi) ningún seguidor de Motörhead, y, lo que es más importante, sigue sonando bien dos décadas después. Abrasivo desde el primer momento —como siempre se espera del grupo de Lemmy Kilmister—, es en la calidad de las composiciones y en su variedad —sin perder energía— donde 1916 gana la partida a su antecesor.
The One To Sing The Blues y I'm So Bad (Baby I Don't Care) abren escoradas al heavy metal, antes de que No Voices In The Sky y su impagable y renegada letra giren hacia el hardcore melódico. Going To Brazil es el rock and roll que Lemmy mamó de Little Richard y Chuck Berry amplificado por mil y Nightmare/The Dreamtime, una canción de terror que parece hecha a medida para una de esas películas de adolescentes muertos a manos de macabros psicópatas o torturados espíritus, y una rareza que finaliza la primera cara a menor velocidad. Love Me Forever da comienzo a la siguiente con una power ballad que en manos del a la sazón todavía cuarteto se libra del ridículo y la vergüenza ajena que suelen provocar dichas canciones de amor ejecutadas por las bandas de rock duro. La estupenda y cachondísima Angel City —puro gozo y diversión— vuelve a los años cincuenta envuelta por piano y vientos antes de que Make My Day retome la pasión metálica. Y entonces llega el momento más emocionante del álbum: Ramones, minuto y medio dedicado al grupo hermano en el que Motörhead se encarna en la formación neoyorquina realizando el más hermoso (y contundente) de los homenajes. Siguen Lemmy y los suyos a todo trapo en Shut You Down, pero no va a acabar así 1916. No. Teclados y cuerdas respaldan a Lemmy en el tristísimo tema que cierra como un mazazo —sin que hagan falta guitarras— el elepé al que da título; la historia del soldado de "16 años cuando fui a la guerra / A luchar por un tierra digna de héroes", situada en la Primera Guerra Mundial, es la historia de los parias que luchan, sangran y mueren —como nos recuerda la letra— por decisiones que toman otros que, generalmente, ni luchan, ni sangran, ni mueren, para que, al final, "nadie recuerde nuestros nombres". Escéptico o meramente descriptivo, el último verso ("Y así son las cosas para un soldado") clava la desazón en el oyente que solo quería pasar un buen rato. Que no se preocupe: de sensaciones enfrentadas vive el hombre, más si ese hombre es tan inteligente y sensible como el líder de Motörhead. No hay sino que dar la vuelta al vinilo y pinchar de nuevo The One To Sing The Blues, que, junto a I'm So Bad (Baby I Don't Care), abre escorada al heavy metal, antes de que No Voices In The Sky y su impagable y renegada letra giren hacia el hardcore melódico. Ya saben lo que sigue.
jueves, 14 de marzo de 2013
Closer
Superados por el drama existencial —anulado el instinto de supervivencia por su sensibilidad—, son muchos los que deciden quitarse de en medio. Cuando lo hacen, las especulaciones acerca de los motivos se multiplican cual estúpida metástasis en busca de una razón única y definitiva, coyuntural para más males. Son ajenas, dichas especulaciones, a la triste realidad de que hay personas incapaces de arrostrar la vida, derrotadas de antemano, víctimas de la insoportable levedad del ser de la que hablaba Milan Kundera. Ian Curtis era una de ellas, y no solo lo demostró suicidándose, sino grabando semanas antes de su muerte junto a su grupo Closer (1980), segundo y último álbum de Joy Division, y uno de los más oscuros y desoladores que haya dado la música rock.

La belleza de su debut, Unknown Pleasures, se mantiene intacta, pero la desaparición de Curtis antes de su publicación convierte a Closer en un imposible y espeluznante réquiem cantado por el mismo a quien se llora. Da la impresión de que éste hubiera sabido en aquellas sesiones de marzo que el elepé vería la luz una vez llegado su fin, terrible y macabro presentimiento que acompaña la escucha desde que los redobles de Stephen Morris abren Atrocity Exhibition. Su batería repiquetea impasible la misma figura acompañada del bajo, mientras la guitarra (tocada por Peter Hook en este corte inicial) nos aturde mediante ruido eléctrico y desintegrador. Isolation introduce esos sintetizadores de Bernard Sumner que caracterizarán el sonido del álbum al igual que su guitarra y la voz ceremonialmente lúgubre de Curtis. Passover y Colony inciden en la mecánica frialdad que tan unida va a Closer, y de la que nacen las tristes emociones que transmite, pues no dejan de ser lágrimas las que enrojecen los ojos del robot. Así, cuando llegamos a A Means To An End, se ha instalado la consciencia de un mundo aparte, que viene del kraut, del punk, del high energy, pero que reacciona a estímulos ajenos a géneros o subgéneros (aunque de ellos se nutra). Heart And Soul sigue llevándonos por caminos arcanos e hipnóticos, la base rítmica repitiéndose insistentemente al tiempo que teclas y guitarra dibujan la caligrafía de la desesperación. En dicha caligrafía persiste Twenty Four Hours, cuya letra finaliza hablando de "encontrar mi destino antes de que sea demasiado tarde". Pero lo es: The Eternal es una balada abismal, tremenda; una caída de solemne cadencia por ese precipicio en el que solo queda ver "los arboles y las hojas que caen" asimismo. Para cuando Decades quiere decir adiós, pues, la sentencia está —ineluctablemente— firmada. "Abatidos por dentro, ahora nuestro corazón se ha perdido para siempre"; Ian Curtis queda condenado por sí mismo —corro a sabiendas el riesgo de unir vida y arte— tras haber hecho Joy Division este mortífero "retrato del trauma y la degeneración", capaz de hundir en la miseria a cualquiera que se lo tome al pie de la letra.
Ejemplo de que la constatación del dolor no sirve para paliarlo (o no tiene por qué servir), Closer lo utiliza para articular un trabajo extraordinario en el que el desasosiego es el fin y el rock es el medio. De ahí su personalidad y su fortísima atracción. Si solo miras fuera —parece decirnos— podrás lograr, a lo sumo, el más perfecto de los mimetismos. Si también lo haces dentro y sabes plasmarlo, aspirarás a la emoción estética plena y diferenciada, aun (o precisamente) imperfecta. No aspirarás, sin embargo, a la salvación. El suicidio de Curtis —volvemos a derribar la barrera que separa ficción y realidad— parece avalarlo. Quizá a él se refiriera el título del adiós de Joy Division: Closer, más cerca. Claro como el agua o conciso y criptográfico al mismo tiempo cual oxímoron. Más cerca, más cerca, más cerca…
lunes, 11 de marzo de 2013
Reseñas varias de En los antípodas del día
Desde que en junio del año pasado se publicara mi segunda novela, En los antípodas del día, han ido apareciendo algunas reseñas de ella. A sus autores estoy muy agradecido por haberse tomado la molestia de leerla y escribir unas palabras sobre la misma. Les dejo con los enlaces a dichas reseñas por si fueran de su interés, destacando una frase de cada una:- Johnny, del Espacio Woodyjaggeriano, lo recomendaba como libro del verano de 2012 antes incluso de haberlo leído. "Lo tengo claro —decía— después de que en su día disfrutara como un cosaco de Madrid 3, ópera prima de un tal Gonzalo Aróstegui (…)." Tres en uno: Valor, fe y amabilidad.
- Patxi Irurzun hacía un juego de palabras —todo un honor— con la magistral primera novela de Céline en el texto que publicaba Gara sobre la novela. Viaje al fin del turno de noche era el título de la reseña, que, ampliada, veía también la luz en su blog, Ajuste de cuentos. "Un trabajo mal pagado y precario (teleoperador en el turno de noche —el propio autor lo fue durante años—) que va engullendo al protagonista, apartándolo de su entorno social y de la tesis sobre el nacionalismo que pretende escribir (…)", escribía Patxi.
- Addison de Witt, de Rock And More By Addison de Witt, también daba su opinión. Dentro de ella estaba esta reflexión: "Una novela con los pies en el suelo, que habla de gente real, de la gente que nos rodea, seguramente de nosotros mismos, y que lo hace desde un prisma valeroso, irónico, frío y en ocasiones divertido, jocoso, casi humillantemente jocoso".
- Lu, de Lulu On The Bridge, recomendaba la lectura del libro, en el que "el protagonista tiene motivos para quejarse, pero se queja mojándose (como debe ser), y además se ríe, toma cervezas, va a conciertos y folla. Como la vida misma". Sí, aunque algunos follen más que otros.
- La Pecera del Caimán, de El caimán sincopado, se expresó así acerca de el protagonista de En los antípodas del día: "Su corazón de las tinieblas fue darse cuenta de que sus pilares: el rock, los libros, el amor, la familia, los amigos (la fraternidad), los bares, nada valía, nada permanecía, sino todo lo contrario, se desmoronaba en sus manos, quedando la lógica del explotador y el explotado, la bajeza del sálvese quien pueda, ese mundo neoliberal que por mucho que combatamos con guitarrazos, arrojo y dignidad, siempre nos pasa por encima".
- Por último, este mismo mes, Alfred Crespo ha ofrecido su visión en Ruta 66, la revista que codirige. Con estas palabras termina su reseña y esta entrada: "Logra que el mal rollo de su oficina sea tu mal rollo, que la claustrofobia que Rafa, su Rafa, quiere aniquilar a golpes también la sientas tú al leer su cada vez mayor aislamiento. No es un libro amable, pero la vida no siempre lo es…".
jueves, 7 de marzo de 2013
Back In The USA
Oscurecido por la luz cegadora que emiten su ígneo debut en directo, Kick Out The Jams, y su magistral despedida en estudio, High Time, el segundo de los tres elepés que MC5 publicó durante su crucial existencia (Back In The USA, 1970) es también un trabajo excelente, si bien deja a un lado la electricidad desaforada para atenerse principalmente al, ni más ni menos, rock and roll. Once canciones que no llegan en total a la media hora —dos de las cuales, las que abren y cierran el álbum respectivamente, son versiones de Little Richard (Tutti-Frutti, así transcrita) y Chuck Berry (el tema que daba título a la grabación)— y ofrecen una inmediatez que no está reñida con la crítica política y la llama revolucionaria que el grupo intenta mantener viva.
Producido por su mentor Jon Landau, que se ponía por primera vez a los controles, Back In The USA invita a mover los pies, pero no reduce totalmente el poder sónico de la banda y las guitarras de Wayne Kramer y Fred "Sonic" Smith, que se desbocan por momentos en Tonight, Looking At You, The American Ruse, The Human Being Lawnmower (donde los Cinco se acercan a los Who) y la amplificación del original de Berry. Let Me Try, sin embargo, es una hermosa balada adornada con los teclados de Danny Jordan y Shakin' Street, cantada por Smith, power pop de cadencia deliciosa.
Presidida por la inconfundible e inmortal voz de Rob Tyner, la colección que canciones que entregaba MC5 hace ahora cuarenta y tres años, más allá de valoraciones estéticas, ha ejercido su influencia, al igual que el resto de su obra, en cientos de grupos de todo el mundo y época. No es por otra razón que hayamos escuchado interpretadas por los Dictators, los Damned, Michael Monroe o los Hellacopters, entre otros, algunas de las composiciones que la mítica formación de Detroit incluyó en Back In The USA. Sus ilustres antecedente y consecuente no son óbice —acabo— para que sea obligatorio poseer una copia de aquél en las estanterías.
lunes, 4 de marzo de 2013
The Axeman's Jazz
The Beasts Of Bourbon es el nombre de uno de los grupos de rock más apetitosos nacidos en los años ochenta, a pesar de ser un proyecto paralelo y secundario para sus miembros. Añadan a estos dos adjetivos los de underground y australiano y tendrán el porqué de su escasa difusión entre el aficionado medio, si bien siempre se han movido las bandas de nuestros antípodas en un terreno minoritario —contradicho por AC/DC y algún otro— y su estatus, por lo general, ha sido el de la precariedad.
Registrado en directo en el estudio en un sola, eufórica y alcohólica tarde de octubre de 1983, The Axeman's Jazz (1984) fue el primero de los discos de un quinteto formado por Kim Salmon y Spencer P. Jones a las guitarras, Boris Sujdovic al bajo, James Baker, a la batería y un jovencísimo Tex Perkins poniendo su voz a las canciones. Nombres conspicuos para algunos, totalmente desconocidos para la mayoría, que manejan referencias similares a las de los Scientists de Salmon y Sujdovic o Birthday Party (Stooges, Velvet, MC5, Bo Diddley, Link Wray, Stones, Creedence, etc.) a la hora de parir unos sonidos crudos que les acercan a coetáneos como Dream Syndicate o Cramps. Swamp blues, high energy, rockabilly y noise son recogidos por los Beasts Of Bourbon, a su manera pletóricos, para amamantarlos y devolverlos reconocibles pero retorcidos. Sin trampa ni cartón, las bestias pasean por el lado escabroso de la vida mediante siete temas escritos por ellas y dos versiones, una de las mismas, Graveyard Train, precisamente del grupo de John Fogerty.
Cuatro años tardarán —con la banda en standby y sus integrantes dedicados a otros menesteres musicales— en retorcer aún más sus influencias para crear su segundo y mejor elepé, Sour Mash, que no les servirá para alcanzar la popularidad de Bon Jovi, pero aumentará su prestigio al haber construido un álbum tan excelente. The Axeman's Jazz no llega a los niveles de su sucesor, pero gustará (y mucho) a los amantes del rock más grasiento que todavía no lo conozcan. Ya tardan.
viernes, 1 de marzo de 2013
Caliente Caliente
Él no parece creérselo demasiado, pero Fernando Pardo es probablemente el más importante de los músicos que en España se dedican al rock and roll a día de hoy. Sus casi treinta años tocando la guitarra, componiendo y produciendo no han mermado un ápice la calidad de sus proyectos, sino que la han aumentado; rara avis Pardo, pues, en una actividad en la que no muchos aguantan el tipo con dignidad durante tanto tiempo. Miembro fundador de Sex Museum, lo es también de su proyección instrumental, Los Coronas, que durante los últimos años ha crecido hasta situarse por encima de la banda madre en popularidad y por igual en calidad. De éstos últimos vamos a hablar, sin olvidar que también existen los Thunderbolts, los Corizonas, o espléndidas delicatessen (The Truth Is Out There, de RIP KC, verbigracia) en las que encontramos al maestro de Malasaña a los controles.
La incorporación de Roberto Lozano, Loza, tras hacerlo a Sex Museum, al grupo de Fernando Pardo y David Krahe y la publicación de Caliente Caliente (2004) —primer disco del sobresaliente baterista con Los Coronas— serán los puntos de partida del ascenso imparable de una banda que a la sazón se encontraba estancada. Loza trae consigo un dinamismo que se cuela a lo largo de toda la grabación y empuja a la pareja de guitarristas a explorar sus límites. Siempre dentro de lo cánones del surf rock, el trío —Pardo también toca el bajo— se entrega con la misma pasión y entereza a las composiciones de su cosecha que a la versiones de los Beatles (Day Tripper), Bill Doggett (Honky Tonk), Dick Dale (The Wedge) y del delicioso Secret Agent Man que hiciera popular Johnny Rivers, forjando una obra que hace exégesis propia de tan característico estilo gracias a la ejecución inmejorable de los temas. La mano que echan Marta Ruiz con el órgano y Óscar Ybarra con la trompeta y el fiscorno termina de redondear un disco al que pocas pegas se le pueden poner.
Desde la publicación de Caliente Caliente, Los Coronas —que tienen recientísimo su nuevo trabajo, Adiós Sancho— han ido adquiriendo una reputación que rebasa nuestras fronteras, debida especialmente a un directo espectacular del que un servidor ha disfrutado en varias ocasiones, y que nadie debería perderse. Pero si el grupo no se acerca a su ciudad, no se preocupen; escuchen el álbum del que hoy les hemos hablado y repitan conmigo (sin que se enfade el resto de sus compañeros) mientras su cuerpo, inevitablemente, se mueve: qué grande eres, Fernando Pardo.
lunes, 25 de febrero de 2013
El siglo XX en imágenes robadas a los fotogramas y a los sueños. Veinticinco obras maestras de la historia del cine
Amanecer (Friedrich Wilhelm Murnau, 1927)
El viento (Victor Sjöström, 1928)
… Y el mundo marcha (King Vidor, 1928)
El cuarto mandamiento (Orson Welles, 1942)
Ser o no ser (Ernst Lubistch, 1942)
Casablanca (Michael Curtiz, 1943)
Stromboli (Roberto Rossellini, 1949)
El río (Jean Renoir, 1950)
Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952)
La palabra (Carl Theodor Dreyer, 1954)
La noche del cazador (Charles Laughton, 1955)
Centauros del desierto (John Ford, 1956)
Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1956)
Río Bravo (Howard Hawks, 1959)
Viridiana (Luis Buñuel, 1962)
El sabor del sake (Yasujiro Ozu, 1962)
Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963)
Pierrot le fou (Jean-Luc Godard, 1965)
Blow-up (Michelangelo Antonioni, 1966)
La rodilla de Clara (Eric Rohmer, 1970)
El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)
El viaje de los comediantes (Theo Angelopoulos, 1975)
Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)
Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980)
Sacrificio (Andrei Tarkovski, 1986)
El viento (Victor Sjöström, 1928)
… Y el mundo marcha (King Vidor, 1928)
Ser o no ser (Ernst Lubistch, 1942)
Casablanca (Michael Curtiz, 1943)
Stromboli (Roberto Rossellini, 1949)
Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952)
La palabra (Carl Theodor Dreyer, 1954)
La noche del cazador (Charles Laughton, 1955)
Centauros del desierto (John Ford, 1956)
Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1956)
Río Bravo (Howard Hawks, 1959)
Viridiana (Luis Buñuel, 1962)
El sabor del sake (Yasujiro Ozu, 1962)
Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963)
Pierrot le fou (Jean-Luc Godard, 1965)
Blow-up (Michelangelo Antonioni, 1966)
La rodilla de Clara (Eric Rohmer, 1970)
El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)
El viaje de los comediantes (Theo Angelopoulos, 1975)
Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)
Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980)
Sacrificio (Andrei Tarkovski, 1986)
viernes, 22 de febrero de 2013
Swing Low, Sweet Cadillac
Quien espere aquí al Gillespie más álgido de los años cuarenta y cincuenta puede verse algo decepcionado; quien, sin embargo, se conforme con un muy buen disco en directo de uno de los mejores trompetistas de todos los tiempos, que no se lo piense dos veces si tropieza en alguna tienda de música —espacios en extinción, por desgracia— con Swing Low, Sweet Cadillac, que selecciona en su media hora larga cinco temas de las dos actuaciones que Dizzy Gillespie y su quinteto llevaron a cabo en el Memory Lane de Los Ángeles el 25 y 26 de mayo de 1967.
El elepé se abre con el tema que le da título, escrito por Gillespie a partir de Swing Low, Sweet Chariot, un clásico espiritual del siglo XIX. Los tres primeros minutos del mismo son utilizados por Gillespie y James Moody —cubiertos por el bajo de Frank Schifano y la batería de Candy Finch— para realizar una especie de parodia simpática de los cantos rituales. Terminada ésta, se hace el primero con su trompeta y el segundo con su saxo tenor —el piano de Mike Longo ya se ha colado entretanto— para que el quinteto retoce con moderación antes de que Moody y Gillespie vuelvan a usar sus cuerdas vocales al final del corte. Continúa la alegría a ritmo de samba con la versión de la archifamosa Mas que nada de Jorge Ben. Bye (Gillespie) y Something In Your Smile (Leslie Bricuse) son dos miniaturas que escasamente superan los cuatro minutos entrambas, y cuyo máximo atractivo es escuchar a Dizzy cantando la segunda con una, llamémosla así, seriedad burlona.
Queda reservado para el final el cuarto de hora de Kush, el momento más brillante de la grabación, y que como tal merece párrafo aparte. Gillespie dedica su composición a la "Madre África", dando paso a una obertura protagonizada por la flauta de James Moody. Terminada ésta, Schifano y su bajo marcan el ritmo que seguirá el tema mediante un sencillo ostinato sobre el que improvisarán Gillespie, Moody (ahora al saxo alto) y un Longo particularmente expresivo pulsando las teclas, aun cuando sus compañeros también se luzcan.
Uno de los primeros discos de Dizzy Gillespie en los que encontramos el bajo eléctrico entre los instrumentos incluidos, Swing Low, Sweet Cadillac no es una obra maestra del genial músico —ya lo hemos advertido—, pero garantiza entretenimiento y calidad mientras lo reproducimos. Cualidades suficientes para que tenga sitio en Ragged Glory.
martes, 19 de febrero de 2013
Tender Is The Savage
Alimentados sin prejuicios pero con contundencia, la dieta que seguían los miembros de Gluecifer se componía tanto de AC/DC, Judas Priest y Kiss como de Sex Pistols o UK Subs, y era regurgitada manteniendo intacto el impulso puro y primerizo que Little Richard tradujo en rock and roll. Riffs, ritmos y estribillos tenían un único objetivo: demostrar que la energía sí se crea y sí se destruye. Cuando Gluecifer toca y cuando deja de hacerlo.
Más cercanos al punk que al hard rock —inversamente a su anterior y excelente Soaring With Eagles At Night To Rise With The Pigs In The Morning—, Biff Malibu, Captain Poon y compañía perseguían con su tercer álbum y último para White Jazz, Tender Is The Savage (2000), dar a los oyentes la misma bofetada sonora que se habían llevado con el segundo. El grupo noruego se llena del espíritu de los Dead Boys o los Ramones —nada extraño siendo Daniel Rey el productor— para escupirnos himnos como I Got A War, Ducktail Heat, Red Noses, Shit Poses o Sputnik Monroe, que absorben la inmediatez del 77 sin dejar atrás el sello de la banda, tan reconocible aquí como en anteriores episodios. Sigue siendo, pues, Gluecifer un misil lanzado con fuerza y precisión cuyo máximo exponente es la fantástica y varonil voz de Malibu, pero cuyos valores multiplican los glúcidos aportados por las guitarras y la base rítmica.
La llama seguirá viva en Basement Apes y Automatic Thrill, sus dos siguientes y último discos, si bien la aspereza, que no la calidad, de Tender Is The Savage quedará algo limada en las producciones para SPV. Nosotros volvemos al tercer disco de Glucifer para gritar junto al quinteto: "I'm the General baby callin' it rock'n'roll". No se nos ocurre manera más adecuada y definitoria de terminar.
viernes, 15 de febrero de 2013
Californication
Los hay que los odian a tiempo completo, los que veneran una etapa y detestan las demás (aunque éstas varíen en su composición) y los que defendemos que nunca han dejado de ser un muy buen grupo, con o sin éxito masivo (que en esto hay mucha tontería, como comentábamos hace bien poco en una entrada dedicada a Sam Cooke). Hablamos, claro, de los Red Hot Chili Peppers. Lo que para unos en los ochenta es caviar con denominación de origen, convertido en basura la década siguiente, para otros se alarga hasta el comienzo de la misma y la publicación de Blood Sugar Sex Magik, pero pasa igualmente al cubo de los desperdicios con la aparición de One Hot Minute, interludio maltratado por una mayoría en el que el gran Dave Navarro cubre el hiato producido por la marcha de John Frusciante. La vuelta de éste no cura la herida abierta entre los seguidores de la banda, pues Californication (1999) profundiza en la vía pop y comercial, lo que significa que ya no hay vuelta atrás. Blando y anodino en lo musical, pretencioso en lo lírico, según quienes reivindican el funk pasado de rosca y la diversión de Freaky Styley y The Uplift Mofo Party Plan, Californication es, en opinión de los que lo defendemos, la excelente plasmación de la madurez (bien entendida) de un grupo que tiene otros intereses y busca nuevas maneras de darles forma. Que dichas maneras hicieran que el álbum se vendiera (y se siga vendiendo) por millones solo puede ser motivo de queja para aquellos majaderos que siguen atribuyendo las bondades creativas de una obra al (escaso) número de copias despachado de la misma. Los Red Hot Chili Peppers se habían convertido en una de las bandas más famosas del universo, de acuerdo, pero las canciones que brotaban de Californication —radiadas y televisadas (clip incluido) algunas hasta el agotamiento— eran de una hermosura desarmante que jamás llegaba a la afectación.
La colisión entre la estrofa rapeada y el melódico estribillo de Around The World, primero de los temas, unido a su último e instrumental tramo, deja marcada la senda a seguir, refinando y personalizando ideas que ya aparecían en los dos anteriores y mencionados discos. Pero cuando el álbum llega a Otherside y Californication (y sus respectivas esperanza y tristeza) sabemos que ha hallado un sonido que le es propio e intransferible, guste más o menos. La energía de Easily, la delicadeza de Porcelain y Road Trippin' o la maleabilidad de This Velvet Glove y Savior no hacen sino confirmar la firme individualidad de un trabajo magistral que, de vez en cuando, nos recuerda que los Chili Peppers no se han olvidado de sus orígenes (Get On Top, I Like Dirt o Right On Time, con su explosiva yuxtaposición de funk enloquecido y música disco).
Una vez finalizado, el camino hollado hará que millones de personas se sumen a los fans que no han desertado. Los que ya lo han hecho no verán en Californication ningún motivo para subirse a un barco que para ellos es como si hubiese naufragado, más aún si consideramos que el retorno de Frusciante hacía imposible que Dave Navarro asumiera todas las culpas e invalidaba las cautelas que algunos habían mantenido. Es así que casi tres lustros después las cosas no han cambiado, y lo que unos entienden una porquería de un grupo vendido y perdido, otros lo catalogamos como una grabación espléndida. La tensión de la vida, me dirán. Si, respondo, aunque aquí llevada a su paroxismo. A él me uno para gritar y provocar: ¡Viva Californication!
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