como un extraño me marcho";
con estos dos versos tan concluyentemente tristes de Wilhelm Müller se abre el mítico ciclo de canciones que Franz Schubert compuso al final de su corta vida sobre la obra del poeta alemán. No era la primera vez que el genio austríaco se valía de su trabajo, pues antes de Viaje de invierno había utilizado los poemas de La bella molinera. Pero es cierto que la entidad artística del Viaje es tal que los veinticuatros lieder de Schubert se elevan por encima de los del anterior ciclo e incluso de la mayoría de composiciones, bien sinfónicas, bien de cámara, de su autor.
Un hombre es abandonado por la mujer que ama, que ha encontrado el amor en otro. El hombre echa a andar por la ciudad hasta que, en el octavo lied, la abandona y sigue caminado por el campo y los montes. Observa y reflexiona en soledad, sin cruzarse con nadie, abrumado por la ruptura sentimental, admirando la belleza de los paisajes y de la naturaleza sumido en la depresión y el sinsentido. En el último poema, la última canción, se encuentra con el organillero que le da título y la historia queda suspendida en un interrogante, el mismo que acompaña al caminante durante su apesadumbrado paseo.
Mínimo argumento, pues, del que bien podrían haber bebido Melville, Kafka o Beckett, el de Müller sirve para que el autor de La muerte y la doncella cree una de las músicas más hermosas jamás escritas, compuesta para piano y tenor originalmente, si bien hay versiones llevadas a cabo por un barítono, como la de 1979 que yo tengo, registrada por el cantante alemán Dietrich Fischer-Dieskau y el pianista multipátrida Daniel Barenboim, más famoso por ser director de orquesta. Al conocer la segunda mitad de los poemas más tarde, Schubert escribió las doce primeras canciones a principio de 1827 y las doce siguientes a finales de ese año, con una salud muy dañada por la sífilis que acabaría matándole en 1828. El fatalismo que transmite el Viaje de invierno aparece ineluctablemente ligado a las dramáticas circunstancias de su creador, muerto con solo treinta y un años, si bien sus cualidades estéticas, sus graves sonidos, se sostienen sin necesidad de justificaciones externas que las mejoren, sinónimo de ese "fetiche de la profundidad" que denunciaba Rafael Sánchez Ferlosio. Un año antes y un año mayor había fallecido Wilhelm Müller, anticipando el destino trágico de Franz Schubert y ligando al escritor y al músico definitivamente.
Termino diciendo, como curiosidad extramusical, que Juan Benet escribió una variación literaria titulada Un viaje de invierno, en la que el artículo indeterminado que añade al principio anuncia dicho carácter de variación que va dar con una de las novelas más oscuras e impenetrables del ya por sí hermético hacedor de la extraordinaria Volverás a región. Artistas mayores ambos, Schubert y Benet, citados juntos para concluir este texto.


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