jueves, 1 de enero de 2026

Coltrane

¡Alabado sea Trane, alabados sean asimismo Tyner, Garrison y Jones! Son las palabras que se escapan de mi boca tras escuchar los catorce minutos del Out Of This World que ha abierto Coltrane. El primer elepé en estudio que registra el mejor cuarteto de la historia del jazz (¿alguien que piense diferente?) no debe confundirse con el que también lleva el apellido del saxofonista de 1957 para Prestige, sino que sale de cuatro sesiones en abril y junio de 1962 que publicará Impulse! Y demuestra que el grupo formado por el autor de Giant Steps suena asombrosamente bien y conjuntado desde el principio, si bien ya había debutado en vivo a finales del año anterior, como capturaba el directo en el Village Vanguard. La tensión de los solos de saxo y piano y la constancia de la base rítmica son ya las que irán radicalizándose hasta la disolución del cuarteto en 1965 y, posteriormente, la muerte de John Coltrane en 1967. El segundo tema de la primera cara es una balada, Soul Eyes, que relaja la virulencia de Out Of This World y nos recuerda la maestría con la que nuestros hombres se movían igualmente por las sendas sentimentales, tal y como Ballads y John Coltrane And Johnny Hartman iban a corroborar al año siguiente.

La única pieza que sale de abril es The Inch Worm, en la que Coltrane se pasa al saxo soprano en sustitución del tenor desgranando notas más agudas pero no menos incisivas. Los dos cortes que completan la segunda mitad del disco nos devuelven a junio y al saxo tenor y son sendos homenajes a Michael Babatunde Olatunji y Miles Davis (y las dos únicas composiciones originales). Tunji (Toon-Gee) me recuerda en su solemnidad a la que está por venir de Alabama y cuenta con el primer solo de Jimmy Garrison, exquisito al contrabajo. Miles' Mode rinde tributo al genial trompetista, tan ligado a Trane, adentrándose en el jazz modal a la manera de este último en un tema en el que, si el saxo coltraniano y las teclas de McCoy Tyner realizan improvisaciones espléndidas, no se quedan atrás las cuerdas de Garrison. Todo ello sostenido, claro, por las explosivas baquetas de Elvin Jones. Aquí y en el resto de Coltrane, otro de los plásticos imprescindibles de una obra que uno no acaba nunca de asimilar. Tal es su grandeza y nuestra pequeñez.

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