Porque, aunque nada tuviera que demostrar Lou Reed en el último año del siglo XX, los casi ochenta minutos de Ecstasy arrojan un balance positivo. Como es habitual en el músico neoyorquino, temas rápidos y lentos se alternan conteniendo hermosos poemas en los que imágenes brutales conviven con descripciones de lo cotidiano y reflexiones (a las que repugna la demagogia) acerca de la condición humana y las difíciles relaciones de pareja . ¿Canciones? Paranoia Key Of E, con un riff de ésos que Reed aprendió de Keith Richards y que empapan todo el álbum; Ecstasy, espléndida balada (o similar) de iridiscente percusión de Don Alias; Tatters, extraordinaria descripción de una convivencia que se arruina con bebé de fondo, en la que un Reed relajado durante la mayor parte del corte acaba cantando lleno de dolor —como si quisiera implorar pero estuviera prohibido por el orgullo—: "Es triste irse así, dejarlo todo hecho unos zorros"; Baton Rouge, o Lou Reed íntimo y acústico; Like A Possum, en los antípodas, dieciocho minutos de hipnótica electricidad que a más de uno espantará; y Big Sky, que echa un cierre lleno de emoción:"Grandes grandes grandes noticias en vez de eso vamos a joderles
Es una gran broma, ¿es que pensaban que éramos monjes?
Pero a nosotros ya no pueden contenernos más".
Cada uno que lo aplique a lo que quiera mientras un feedback digno de Neil Young nos dice adiós; el mejor arte siempre deja abierta la puerta a cuantas interpretaciones pueda hacer cada receptor. Y el del fundador de la Velvet Underground es de los mejores.












