No creo que haya discusión acerca del hecho de que era sobre las tablas donde Led Zeppelin cobraba todo su sentido y explotaba todas sus virtudes y excesos. Las grabaciones en directo que han ido saliendo a la luz y los testimonios de la época lo atestiguan de manera tan contundente que parece difícil negar que el zepelín del escenario era, no sólo diferente, sino —directamente— mejor que el del estudio. Pero dejando a un lado esta controversia —aunque repita que me cuesta trabajo pensar que la haya—, salta a la luz que la mayor parte de los álbumes que nos legó el grupo inglés es de tal importancia y categoría —y, sobre todo, habla por sí sola— que, por muy sobresalientes que sean las capacidades de Led Zeppelin en vivo, no anulan el valor de una obra inmensa y crucial. Menos aún si hablamos de su primer y homónimo elepé.
Exuberante mixtura de hard rock, garage, blues, folk y rock progresivo, Led Zeppelin es, ante todo, la plasmación de las ideas de Jimmy Page, que toman vida mediante su guitarra y los instrumentos de tres colaboradores que se anuncian desde el primer momento como perfectos e insustituibles. Extensión de los Yardbirds del propio Page, Led Zeppelin se mueve en territorios ya visitados por Cream, la Jimi Hendrix Experience y el Jeff Beck Group, pero obteniendo resultados particulares de los que nacerá el heavy metal y toda su parafernalia.
Versionando vigorosamente a Willie Dixon por partida doble (You Shook Me, I Can't Quit You Baby); apropiándose (de nuevo, ya lo había hecho Page con los Yardbirds) de un tema de Jake Holmes que debería haber figurado como tal y no como composición del guitarrista (Dazed And Confused); añadiendo rock al folk de Anne Bredon (Babe I'm Gonna Leave You); explicitando su naturaleza pesada en originales tan diferentes como Good Times Bad Times, Communication Breakdown y How Many More Times; y mostrando sus caras acústica (Black Mountain Side) y pop (Your Time Is Gonna Come, de soberbia introducción organística), Jimmy Page, Robert Plant, John Bonham y John Paul Jones accedían a una nueva dimensión de la que muchos aprenderán, pero en la que nadie podrá penetrar, siquiera con permiso. Tan privilegiado y rotundo será el universo Zeppelin.
Versionando vigorosamente a Willie Dixon por partida doble (You Shook Me, I Can't Quit You Baby); apropiándose (de nuevo, ya lo había hecho Page con los Yardbirds) de un tema de Jake Holmes que debería haber figurado como tal y no como composición del guitarrista (Dazed And Confused); añadiendo rock al folk de Anne Bredon (Babe I'm Gonna Leave You); explicitando su naturaleza pesada en originales tan diferentes como Good Times Bad Times, Communication Breakdown y How Many More Times; y mostrando sus caras acústica (Black Mountain Side) y pop (Your Time Is Gonna Come, de soberbia introducción organística), Jimmy Page, Robert Plant, John Bonham y John Paul Jones accedían a una nueva dimensión de la que muchos aprenderán, pero en la que nadie podrá penetrar, siquiera con permiso. Tan privilegiado y rotundo será el universo Zeppelin.
"Fue tremendamente emocionante grabar ese disco. Habían ensayado en condiciones antes de venir al estudio. Nunca antes había escuchado unos arreglos de ese tipo, ni había visto a una banda tocar de ese modo. Sencillamente era increíble, y cuando estás en el estudio con una banda tan creativa, no puedes evitar nutrirte de ello." Son palabras de Glyn Johns (coproductor en la práctica, junto a Jimmy Page, de Led Zeppelin), que trascribe Stephen Davis en su libro acerca del dirigible por antonomasia de la historía del rock. Y si para Johns fue emocionante grabarla, para cientos de miles de personas lo fue el descubrir aquella obra maestra y deslumbrante con la que en 1969 hacían su debut discográfico cuatro músicos que dejarían huella como pocos en la música pop. Más de cuarenta años después, la emoción sigue intacta.














